Las Turberas de Maldonado

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Cantera de turba en Maldonado.


El 19 de Junio de 1890, Joaquín F. Sánchez, solicitó la libre introducción de los materiales necesarios para una línea férrea sistema Decauville, destinados al servicio de explotación de una mina de carbón turba en Maldonado; pero ignoramos el resultado que tuvo.

Habiendo pasado 7 años, aparece Silvestre Umerez, presentándose ante el Juzgado Nacional de Hacienda, con una nueva denuncia para ratificar sus legítimos derechos sobre esa misma mina de turba “San Fernando”; que había sido anteriormente descubierta y registrada por él.

Comprendía una extensión de 180 hectáreas y se hallaba ubicada en la costa, a corta distancia de los muelles de Gómez y Cavallo.

Los trabajos en ella practicados la pusieron en condiciones de muy fácil explotación, dejando al descubierto una barranca de grandes bancos de turba, de más de doce metros de altura.

Para llegar a este resultado, dedicóse desde el primer momento a fomentar el arbolado, con el objeto de impedir que las arenas voladoras cegasen las zanjas y pozos de los trabajos de extracción de aquella. Año tras año luchó con el formidable enemigo. Pero al fin triunfa y aparecen, en lo que antes era un desierto, corpulentos eucaliptus que ahogaron los vientos sirviendo de valla; no solo protegiendo la turbera “San Fernando”, sino a Maldonado.

Umerez, por otra parte, además del mérito de ser el primer denunciante, tiene en su favor el asiduo empeño con que se había dedicado a infundir en el país y el extranjero, el conocimiento de ese combustible, cuyos efectos sólo él diera a conocer en la práctica, empleándolo con buen éxito en la calcinación de la piedra cal, tal como lo utilizara en un horno de su propiedad. En un plano de Maldonado del año 1888, este aún figuraba.

Según “El Conciliador” de Maldonado del año 1897, Umerez para completar su obra de propaganda en beneficio de esa riqueza nacional, hizo practicar análisis en la Universidad de Madrid; y también remitió a Londres muestras de todas las turbas y arcillas que constituían las capas descubiertas, manteniéndose dispuesto siempre a comunicar a los que le solicitaran datos sobre la materia.

Habiéndose desencadenado en 1914 la gran guerra en Europa, el carbón y el “fuel-oil” escaseaban; así que al año siguiente fueron contratados los precitados yacimientos turberos – que Umerez tenía entonces en sociedad con Durá y Novoa – a la empresa representada por el ingeniero Duque.

Se tiraron líneas de “Decauville” para el pasaje de las vagonetas, se construyeron grandes lavaderos de turba y se trajo una poderosa perforadora.

Estuvieron tres ingenieros que formaban parte del sindicato argentino y otro país.

Montadas importantes maquinarias continuó la explotación, descubriéndose merced a la labor de un centenar de obreros, enormes bancos de ese mismo combustible. El buque argentino “Colomba” cargó 200 toneladas para Buenos Aires.

La referida turba daba el siguiente resultado: calorías, 4.500; peso específico, de 900 a 1.000; cenizas, de 20 a 28 por ciento; carbono, de 45 a 50 por ciento. No tenía azufre y daba 350 m3 de gas por cada 1.000 kilos.

Ahora bien, en 1917 la citada empresa debió haber pasado a otras manos por la llegada a Maldonado del ingeniero Bovet, que se decía estaba activando los preparativos para la nueva explotación de las turberas.

Con ese motivo “La Mañana” de Montevideo daba cuenta “que la empresa del gas de Buenos Aires, previendo las serias dificultades con que tendría que luchar para poder atender el suministro de aquel, se resolvía a explotar el subsuelo de dicha región”.

Al hallarse – próximo a la bahía cerca del balneario de Punta del Este – grandes yacimientos de turba, se encontró que podrían dar alrededor de un millón de toneladas de combustible. Habiéndose hecho serios ensayos con 600 toneladas, que fueron transportadas a la usina bonaerense, pudo constatarse que producía gas de excelente calidad, en virtud de lo cual decidióse hacer la explotación en gran escala. Por el momento, la empresa tenía la intención de llevar la cantidad de 6.000 toneladas mensuales.

Según los experimentos ya hechos, su calidad era excelente, pues no segregaba ninguna clase de ácidos nocivos que perjudicarían, como sucede con el gas que se extrae del carbón de leña, los calentadores, cocinas, etc.; que funcionan con él.

“La turba produce mucho más calorías que cualquier clase de leña; pero su aplicación en los grandes hornos industriales ofrece la dificultad de que, debido a que no tiene solidez, ni la consistencia de la hulla, el tiraje de las altas chimeneas la absorbe y la arroja al exterior.”

A principios del año 1918 la sociedad antes citada, desistió de su propósito, porque los capitalistas argentinos Marcelino y Rafael Herrera Vega figuraban vendiendo con todos sus materiales, la concesión que explotaban a un importante sindicato con capitales uruguayos, representado por León Muñoz, Isidoro Lestrade, Juan Barbadora y Luis Valls.

Esta empresa se denominó: “Turberas Carboníferas de Maldonado”.

En fin, terminada la guerra el trabajo se paralizó, quedando abandonado todo cuanto encerraba; hasta que tiempo después fue vendido su material.


Texto tomado del libro “Maldonado y su región”, de Carlos Seijo.




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