Diferencia entre revisiones de «Testimonios sobre la vida y obra del Padre Domingo de Tacuarembó»

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==TESTIMONIOS SOBRE LA VIDA Y OBRA DEL PADRE DOMINGO EN CONCORDIA, ARGENTINA==
  
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'''Compilación cortesía de Alejandro Jorge Casañas, Mayo de 2020'''
  
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A - Testimonio de '''Elsa Hebe Rossi de Mainez''', nacida el 14 de mayo de 1926, identificada con el DNI Nº 5.043.105, esposa de quien fuera en vida Don Elbio José Celestino Mainez, primer presidente de la Junta de Gobierno de Estancia Grande, propietarios del establecimiento ganadero “Los Álamos” en Colonia Yeruá, donde se domicilia. Brinda su testimonio con plena lucidez, a la edad de 92 años, sobre el Padre Fray Domingo de Tacuarembó (Umberto Domingo Orsetti) en relación a su estadía en la ciudad de Concordia.
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“Fue el autor, el que dijo de iniciar las obras para agrandar el templo principal, o sea llevar el altar más al oeste, digamos extenderlo más al fondo. Trabajó mucho juntando fondos para ello. Predicaba en la misa y pedía además en particular, pedía limosna, visitando a las personas, a las familias de Concordia. Para juntar esos fondos, y siguiendo el pedido del Padre Domingo, a mi (Elsa Mainez) se me ocurrió juntar oro, para ello junté cuarenta anillos de oro de compromiso, de mis amistades y parientes. Lo recibió otra persona distinta a Domingo, el director de Capuchinos”.
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“Padre Domingo siempre visitaba enfermos y los confortaba, sean de la religión que sean, crean o no” “Y era muy esperada su visita pues reconfortaba y él era muy agradable y simpático”. “Así también visitaba el Hospital Público de Concordia, que estaba alejado de la Iglesia y convento de Capuchinos. A unas veinte o más cuadras” El Hospital de Concordia se llama Hospital Felipe Heras y esta ubicado en calle Entre Ríos Nº 135. Domingo hacía dos cuadras desde Capuchinos por Veles Sarsfield y luego doblaba a su derecha para tomar Entre Ríos, hasta el Hospital.
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“De esas visitas al hospital, había una nota graciosa, el concurría, con su flaca estampa en su bicicleta y tomaba la calle principal de Concordia que se sigue llamando Entre Ríos (el Hospital queda en la misma al Sur de la ciudad), pero lo hacía en contramano. Era famoso por venir contramano, la gente le festejaba, era muy simpático. Le gritaban "Padre, va contramano" y él siempre con una sonrisa contestaba "No se aflijan que el de arriba me cuida". “Era un sacerdote que demostraba su sincera vocación en todo momento. Lo veían rezar mucho en la Iglesia”. “Era muy querido y respetado por todos”. “Era muy de confesar. Horas y horas confesando. La gente lo buscaba para confesarse. Escuchaba con mucha atención. Daba muy buenos consejos.”
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“Sus Misas eran muy concurridas, se llenaba de gente hasta en la puerta. Por ello buscó agrandarla, ampliarla. Eran Misas, diría normales, que no duraban mucho tiempo. Los sermones eran cortos, pero muy profundos." “Siempre me llamó la atención que era muy prolijo y cuidadoso al limpiar la patena y el cáliz”. “Él siempre repartía estampas del Padre Pío que llegaban directo por correo desde San Giovanni Rotondo. Eran estampas pidiendo la canonización del Padre Pío, con una novena y oración por los enfermos”. “Andaba por todos lados, se lo veía por toda la ciudad, en cualquier lado. No lo veías nunca quieto. No solo estaba en el templo. Era andariego. El Padre tenía mucha llegada a la gente en particular. Muy conocido. Decías Padre Domingo y todos lo conocían y muchos valoraban el hecho de que visitaba enfermos y ancianos cualquiera sea la creencia. Los consolaba.”
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“El Padre Domingo era muy humilde, pero muy humilde, con su estampa flaca, siempre de hábito capuchino. Yo digo que hasta en su hábito era humilde, porque más que raído, era de pobreza extremada, miserable."
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Testimonio brindado el 14 de Abril de 2018, en el Establecimiento “Los Álamos”, Colonia Yeruá, Estancia Grande, Concordia, Provincia de Entre Ríos.
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Elsa Hebe Rossi de Mainez
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B - Testimonio de '''María Magdalena Mainez''', DNI Nº 6.426.324, nacida en Concordia el 11 de Julio de 1950, domiciliada en Concordia, calle B. de Irigoyen Nº 133, sobre el Padre DOMINGO DE TACUAREMBO en la ciudad de Concordia.
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Era chica tenía 9 o 10 años cuando conocí al Padre Domingo. Recuerdo como se dedicaba a los enfermos y a los moribundos sin importarle de que religión eran. En particular a mi abuelo, que no era practicante, pero solo escuchaba al Padre Domingo, ante quien se confesó antes de morir por el inmenso afecto y confianza que le había despertado.
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También lo recuerdo en el MES DE MARIA. Él nos esperaba en los escalones de la Iglesia. Allí jugábamos, a la ronda, estatua, etc., bajo su mirada afectuosa, o conversábamos con él. Nos despertaba una gran simpatía. Concurríamos con flores. Él se vestía con la vestimenta ornamental tradicional, para esta ocasión. La Iglesia siempre estaba impecable, bien arreglada con flores, para nosotros era increíble como estaba. Mi papá le llevaba y mucha gente también las flores de acacia o aromito de jardín, que también traían los vecinos pues florecían en esa época. Fray Crispín de Chajarí era el encargado de arreglar la Iglesia. Se hacían dos filas, una de varones y otra de mujeres. Y así ingresábamos a la Iglesia, en procesión, cada uno con la flor que traíamos de nuestras casas (era época de hortensias y jazmines). El encabezaba muy solemne la procesión cantando “Venid y vamos todos con flores a María…” y depositábamos las flores, cada ramito ante la Virgen, ante la estatua de Nuestra Señora de los Ángeles que en ese entonces estaba al centro del Altar presidiendo la Iglesia, luego el Padre Pedro o Marcos la sacan, la colocan en una capilla lateral y en su lugar ponen un crucifijo con la imagen de Jesús con su cabeza erguida, triunfante. Luego nos sentábamos, de un lado los varones y del otro las mujeres.
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Éramos muchos, pero muchos los niños y niñas. Era un ambiente sagrado, el Padre Domingo rezaba con nosotros, nos hablaba desde el púlpito que estaba a la izquierda en una columna, de madera, muy, pero muy sencillo; y luego una bendición inolvidable. La ceremonia era corta, de media o tres cuarto de hora, pero muy profunda. Sus palabras eran sencillas pero muy sentidas y todos le prestábamos atención.¡Cómo esperábamos ese mes de María! Y al final de la ceremonia como en la de las Misas nos bendecía con el Santísimo en un momento de respeto y profunda religiosidad. Él se envolvía en la túnica o capa especial y tomaba con gran unción el Santísimo y nos bendecía con gran veneración y especial cuidado y solemnidad. Y todos parecíamos elevados con él.
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En todos los chicos despertaba un fervor muy especial, y éramos muchos que íbamos atraídos por el Padre Domingo y su religiosidad. Yo lo veía como un viejito siempre vestido con su habito y sandalias sin medias. De aspecto muy frágil, flaco, pero muy vivaz, muy inquieto. Trabajaba mucho, lo vi subido al techo de la iglesia, a gran altura, allá arriba mientras se hacía la ampliación a la misma, mientras trabajaban los obreros
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techistas, conversaba con ellos y los controlaba. Allá arriba se distinguía su habito capuchino arremangado a tanta altura.
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Visitaba a las personas ancianas, enfermos, se acercaba a las casas, de pasada, y saludaba y preguntaba cosas de la familia, se interesaba por la gente. Visitaba sin horario. A cualquier hora. Si lo llamaban del hospital, a la hora que sea él iba. Me quedó grabada, aun siendo pequeña, su imagen de buena persona de trato muy amable, afable, agradable y que siempre tenía una palabra calurosa, afectuosa. Acompañaba a os moribundos, como lo hizo con mi abuelo. Con paciencia se sentaba con ellos, aun con los más alejados o no practicantes y les hablaba, los consolaba, los preparaba y los escuchaba con mucha atención. Y ellos se
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sentían muy cómodos con él, y lo repito, sean o no practicantes, o creyentes. Él les despertaba gran confianza y fe.
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Y lo veía pasar por calle Sarmiento, que su mano era distinta a la de ahora, cuando pasaba en bicicleta, una bicicleta pesada, él se afirmaba, se enrollaba la sotana y pedaleaba con fuerza, a pesar de su físico que parecía endeble.
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Él usaba toda la simbología de la Iglesia. En las misas que eran en latín también se notaba una gran religiosidad, en las de él concurría mucha gente. Muchos sabíamos de memoria las oraciones en latín, aunque no sabíamos que decíamos sentíamos la religiosidad, lo sagrado, eso es, lo sagrado. En la consagración el Padre Domingo transmitía esa gran religiosidad, él se abstraía. Además, todo era solemne, religioso, santo; su propia figura frágil, sus gestos transmitían solemne sacralidad. Él con su voz o sus silencios que les daba sus tiempos para llegarnos a lo más profundo y para ubicarnos en presencia de Dios, muy solemne, muy sagrado, como esa bendición inolvidable, una gran ceremonia para nosotros los chicos, cómo nos deslumbraba, especialmente en el mes de María, ese hombre con tanta pompa y unción bendiciéndonos con el Santísimo, nos hacía importantes, dignos ante Dios.
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Él allí en esas circunstancias era siempre solemne, respetuoso de Dios y nos indicaba respeto y trascendencia más allá de lo humano. Por su aspecto y por sus acciones era como verlo a San Francisco de Asís.
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En Concordia a los 5 días del mes de Mayo de 2020.
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MARIA MAGDALENA MAINEZ
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C - Testimonio de '''Luis Mainez'''
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Por especial favor de mi querido pariente Alejandro Jorge Casañas, que con su pedido me permite rememorar mi niñez y disminuir en algo la deuda de gratitud que, en lo personal y como habitante de esta ciudad de Concordia en esa época tengo con el muy querido Padre Domingo, doy testimonio de todo lo que recuerdo de este ser excepcional.
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Estuvo siempre en mi vida, y la de los míos: primero a través de las charlas familiares que lo reconocían como un sacrificado, pero siempre alegre, sostén y apoyo de cuanto afligido, triste o desesperado necesitaba de ayuda, comprensión o simplemente un oído atento que lo escuchara, y luego personalmente, principiando 1958, al comenzar a cursar el “Primero Inferior” – como se conocía en esa época al primer grado de la escuela primaria -, en el Colegio regenteado por los Padres Capuchinos de Concordia, importante congregación Franciscana de nuestra ciudad de mitad de siglo.
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Forzosamente los recuerdos son borrosos (la mayoría) y algunos muy vívidos, curiosamente. Debería achacar esta peculiaridad al tiempo y a mí mismo, pero prefiero creer que sólo contaré lo que el Padre Domingo quiere que se diga. Lo conocí en persona, como digo, en la escuela donde lo veo moviéndose entre los niños, en las filas formadas, riéndose con alguno, señalando algo a otro, pellizcando mejillas y azotando suavemente al pasar a un distraído con su cíngulo de tres nudos. Todo muy velozmente, siempre en movimiento. Me dejó la imagen de un pequeño –porque no tenía gran estatura- y gentil remolino repartiendo alegría por donde pasaba, muy a la manera de otro integrante de la orden, Fray Crispín de Chajarí, que se le parecía bastante en la levedad en su presencia, la alegría y el trato cariñoso con sus pares y la gente.
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No recuerdo enojos, retos o imposiciones en el trato que, como educador, tuvo conmigo pero sí tengo la sensación de firmeza al señalar cosas que consideraba importantes, mucho tacto y ninguna confrontación. Nunca lo vi quieto, cansado o reposando; no transmitía esfuerzo o cansancio en lo que hacía y siempre utilizaba muy bien su tiempo. Estaba constantemente yendo a hacer algo pero no por ello descuidaba lo que estaba atendiendo en ese momento; simplemente no usaba más tiempo del necesario. Más crecido comprendí que tenía muchos compromisos con la gente, cosas que hacer, situaciones que atender, y no podía, y probablemente no quería, darse el lujo de desperdiciarlo.
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Su carácter completa y eternamente afable, su andar nervioso y movedizo, su ejecutividad y eficiencia en todo lo que emprendía, su atención total al escuchar lo que cualquiera le decía, su fervor al, por ejemplo, bendecir por pedido algún rosario que le habían llevado, contrastaban en un primer momento con su voz que recuerdo aguda, a veces atiplada, pero se acostumbraba uno ante la suavidad y firmeza que imponía a lo que decía. Tenía una voluntad de hierro y una constancia a toda prueba, como demostró en la ampliación de lo que fue hasta su intervención la Capilla de la Escuela y que luego de su trabajo se transformó en el Templo actual de los Padres Capuchinos. Para ello recaudó fondos arengando con su voz en incontables homilías que derivaban de la explicación del Evangelio del día al pedido de apoyo para la obra, ”porque no veo el día en que podamos tirar abajo esa pared” (señalando el muro final de la capilla, detrás del cual estaba en construcción la ampliación del templo) y visitando personalmente, montado en su bicicleta, a la feligresía para que no quedara todo en buenas intenciones. Y lo logró, como lograba la ayuda para personas necesitadas bicicleteando incansablemente las calles de Concordia, de uno a otro, uniendo voluntades y a veces recursos humildes –porque pedía lo que cada uno podía dar y, entonces, por su intercesión, cada uno daba lo que podía.
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La estampa de este Siervo de Dios que guardo en la parte niña de mi corazón, se conforma también de esa bicicleta que he nombrado (de mujer, decíamos los chicos, porque tenía rayos de protección en las ruedas traseras para la sotana –vestido- y porque el travesaño que todo vehículo de varón tiene, de modo que debe montarse, no existía en ésta). Con ella se lo veía por todas las calles de la ciudad, impulsada siempre por sus pies con sandalias –como conviene a un franciscano-, el cabello tonsurado alborotado por el viento, nunca peinado, y la barba, luenga, ambos completamente canos, sonriente la cara, marrón y basto el eterno hábito, y siempre con rumbo a un necesitado, a un enfermo, a un moribundo, a un desconsolado…, a un muerto con sus deudos, que esperaban un rosario, unas palabras y sus bendiciones.
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Sus misas, para nada espectaculares, eran muy sentidas. El clima que trasuntaban hacía comprender que eran una parte importante de su vida y las volvía importantes también para el asistente. Apreciaba, y fue el único al que vi agradecerle a Fray Crispín, ya nombrado, la decoración de los altares con palmas que eran la especialidad de este último. Pero no lo recuerdo, y valoro ese costado, apelando a la emoción o al sentimentalismo, ni en ceremonias ni en tratos personales. No permitía que la gente hablara de lo que por ella había hecho. Aceptaba sonriente y con mucha humildad los agradecimientos, pero no la descripción ni
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el recuerdo de la ayuda.
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Era simple, directo y sencillo, y muy humano y compañero en el apoyo a los tristes. Lo he visto tomar la mano de alguien apesadumbrado, escucharlo atentamente mientras acariciaba con suavidad esa mano, consolarlo con palabras que se adivinaban tiernas y tersas y despedirlo viéndolo irse con esperanza y alivio en la cara. Lo digo por haberlo presenciado y porque el Padre Domingo me consoló a mis ocho años, cuando también me acompañó, escuchó y habló, junto a mi familia, al cementerio donde sepultamos a mi abuelo paterno, mi pariente más querido. Tal vez se note en el cariño con el que lo evoco, que fue para mí la mejor personificación
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que tengo del Santo de Asís.
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Forzosamente, a mis años, no podía saber de sus obras salvo lo que veía y recuerdo y lo que en casa podía comentarse. Pero su nervio y su sentido del servicio debe haberlo llevado a ejecutar muchas.
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Para la gente era un santo, pero no un santo de estampita –por así decir- sino un patrono más cercano, más práctico, admirado y mirado como cercano a Dios. Vivía aconsejando y apoyando, aunque, no tengo registro de la índole de esos consejos y ese apoyo, a punto tal de que, si debiera contar cuáles eran los consejos que yo recibía, no recordaría lo dicho, pero sí el efecto sanador, que de hecho aún conservo. Salvo lo descrito –que entiendo como una gracia muy grande y especial-, no conocí ningún carisma personal evidente salvo su poder de sanar espíritus dolientes.
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Se contaba, y aún hoy se recuerda, que una vez fue sorprendido en bilocación (o ubicuidad, como se decía) ya que, a la misma hora que auxiliaba a un enfermo con la Sagrada Extremaunción, estaba celebrando misa en su templo de Capuchinos. Pero, no fui testigo de ello; sólo transmito la conseja que no me sorprende como improbable.
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En esa época, aún en la escuela de los Padres Capuchinos –o de la Congregación al público- no se hablaba mucho del Padre Pío. Al punto que personalmente supe del Padre Pío más adelante, en mi juventud, y más por mi
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familia que por la Orden. Parecía haber una especie de autocensura de origen desconocido, por lo menos para mí.
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Dos han sido a mi juicio los Hombres de Dios que convivieron en ese tiempo mío de niño, en mi comunidad. Y los dos han sido muy responsables del inicio de la poca o mucha espiritualidad con que cuento. Ellos son: El Padre Domingo de Tacuarembó y Fray Crispín de Chajarí (junto al Padre Pío de Pietrelcina, mis ángeles Franciscanos más queridos). Lo mejor que he podido, he resumido más sentimientos y sensaciones de hechos comprobables o avatares históricos. Pero puedo afirmar que en mis recuerdos (muy difuminados) los sentimientos, las sensaciones, los climas sí los he conservado porque han formado mi niñez y en ella los del Siervo de Dios Padre Domingo de Tacuarembó ocupan un lugar importante y preferencial, como ya he dicho. Y en esos intangibles, tal vez demasiado sentidos, he basado estos recuerdos.
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Gracias a quienes lo han permitido.
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LUIS MAINEZ
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OBSERVACIONES DEL COMPILADOR: A su vez el Señor Mainez manifiesta que el Padre Domingo inicia las obras de ampliación del Templo y que era su sueño ver demoler la pared que separaba a la nueva obra y que era la antigua pared del altar, pero fue trasladado y le correspondió al Padre. Marcos unos 10 años más tarde demolerla.
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D - Testimonio sobre el Padre Domingo de Tacuarembó de '''Mario Antonio Pisani'''
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Testimonio de Mario Antonio Pisani, de 68 años de edad, DNI Nº 10.198.690, domiciliado en Concordia, calle Pirovano.
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Conocí al Padre Domingo de Tacuarembó, porque sin ser alumno me preparé y tomé la comunión en la Iglesia Nuestra Señora de los Ángeles de los Padres Capuchinos, donde asistí también a los Boy Scouts, que dirigía Fray Crispín Todone de Chajarí, que funcionaban en el mismo, en el edificio del colegio, en el ala que da a calle Güemes a un entrepiso al que se accedía por una escalera que daba a la galería del patio principal del mástil. Las clases de catequesis las daba una señora de apellido Cortesía (o algo así), digamos a la parte práctica, pero el Padre Domingo también nos hablaba, y lo hacía de una forma única, era un genio, como un cuento, como una fábula en la que nos involucraba a nosotros dentro del relato y nos hacía muy llevadero el relato y las ganas de escucharlo.
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Después en la Misa de 9 de los domingos. Eran misas en latín, y él hablaba desde el púlpito, su sermón que era muy ameno, no largo, al contrario, pero muy sustancioso, muy atractivo. Corto y muy bueno, te quedaba para siempre. Luego nos daba la bendición con el Santísimo. El en la misa se colocaba ricas vestimentas litúrgicas, tradicionales. Pero en la vida diaria el andaba con sandalias sin medias, y con el habito marrón capuchino, bastante viejito o raído. Era de una gran humildad. Las misas eran muy llevaderas, participabas porque él te atraía, éramos una multitud, todos atraídos por él. En particular los gurises (chicos) lo seguían mucho. Él jugaba con los niños. Los cuales teníamos una gran admiración y cariño por su simpatía y buen trato. Si jugábamos con una pelota de trapo, él lo hacia también, siempre con una gran sonrisa, siempre con palabras muy afectuosas, muy cariñosas y siempre relacionadas con la religión. No solo nos daba catecismos, sino que nos hacía visitar en grupo la Iglesia, el colegio y el convento. Nos contaba el estilo de vida capuchina y como vivía, de una pobreza absoluta, nosotros lo veíamos, nos contaba que comían, nos mostraba la cocina y el comedor. Su celda muy humilde, y dormía casi sin colchón. Su vida era muy sacrificada, la de los capuchinos allí era una vida muy sacrificada, de pobreza, así nos hablaban de San Francisco y nos entusiasmábamos, recorríamos todos juntos, todas las instalaciones, nos mostraba como era la vida de un capuchino, austera, humildísima y entregada a Dios. ¡Era un santo!
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Siempre nos hablaba con mucha devoción de San Francisco de Asís y del Padre Pío. Nos iba entusiasmando con anécdotas de la vida de ellos. Nos iba atrapando de a poco. Si hacíamos alguna macana no nos retaba, nos hablaba, e marcaba la falta con firmeza, pero con palabras sabias y tranquilas, nos aconsejaba y nos convencía de arrepentirnos y de obrar bien. Con su palabra suave y moderada, pero a su vez firme y con gran autoridad, valía más que un reto. Inculcaba la caridad con el prójimo, con el humilde, con el enfermo, con todos. Él era la caridad. Él era capaz hasta de regalarte el habito, se despojaba de todo y todos queríamos confesarnos con el Padre Domingo. Él era de confesar mucho. Porque él nos hablaba, nos aconsejaba con gran sabiduría, se preocupaba por la persona, nos hablaba de Dios, del bien y nos daba penitencias moderadas, pero más que nada nos pedía que tratáramos de portarnos bien de agradar a Dios, de ayudar al prójimo, de no volver a cometer errores. Él te convencía siempre en la confesión, en la misa o cuando te hablaba.
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Él andaba en una bicicleta, que si mal no recuerdo era de color amarillo. Era de mujer porque de esa manera no se le enredaba el habito en los rayos de las ruedas y podía subirse y bajarse cómodamente. La del hombre con un hierro recto entre él apoya manubrio y el asiento. En la de mujer este hierro se curvaba hasta tocar el hierro donde tenía los pedales y las rueda trasera, el guardabarros y el eje tenía unas cuerdas que formaban como una red o protección para que el habito no se le enredara en los rayos de la rueda. Era de freno a varillas. Se ve que era pesada, pero el pedaleaba muy firme y andaba por todos lados, lo encontrabas por todos lados, a cualquier hora y con su hábito. También estaba el Padre Alejandro que tenía una bici moto. A él lo llamaban, lo solicitaban por los auxilios de la Iglesia y el salía en su bicicleta, repito, no importaba la hora, él estaba al servicio de la gente.
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Él me dio la primera comunión, y me presentó al Padre Pío de Pietrelcina. Nunca jamás me olvidé de Padre Domingo, aun hoy lo extraño y lo recuerdo con muchísimo afecto.
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Lo llamaban a cualquier hora por una persona enferma o que se estaba muriendo y el salía enseguida. Había pocas calles pavimentadas, incluso 25 de Mayo de la manzana de Capuchinos era de tierra, arenales, y el pedaleaba igual. Con fuerza. Y visitaba a todos sean o no católicos, sean o no practicantes. Hablaba y escuchaba mucho a la gente. Lo quería todo el mundo. Jamás escuche a nadie hablar mal de él o una sola queja, al contrario era devoción que tenían con él. La gurisada (los niños) lo seguían como cachorritos. Era increíble, como atraía por su forma de ser y siempre nos conducía a la religión. Él era pura religiosidad. El tenía una apertura a todo el mundo. No todos los frailes tenían ese carácter, él era especial. Todos lo querían. Transmitía paz. Eso es. Transmitía paz.
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El siempre pedía y juntaba plata para la iglesia. ¡No se salvaba nadie!
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Cuando nos enteramos que se lo llevaban de Concordia, sufrimos mucho. Nunca jamás lo vimos de mal humor, al contrario y siempre nos contaba historias religiosas, todo de religión. Él hablaba pausado, sumamente tranquilo. Pura dulzura. Era menudo, era flaquito no más de un metro sesenta, o sea como decimos “petiso”, muy delgado, pelo canoso, una gran barba, nos parecía un viejito, pero con una gran fuerza, con una gran vitalidad, y así andariego, andaba por todos lados. Tranquilo, él era tranquilo, pero de andar rápido. Hablaba con todo el mundo, conocía a todo el mundo y sus historias y todos los conocían. Inolvidable su
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forma de enseñar En entraba a todos lados, a todos los hogares llevando su palabra de consuelo, pero siempre su religiosidad. Llevaba a Dios. Él era el amor personificado.
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Concordia, 5 de Mayo de 2020
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MARIO ANTONIO PISANI
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E - Testimonio de '''Juan Vicente Ponce''' sobre el Padre Domingo de Tacuarembó
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1 – Conocí al Padre Domingo María de Tacuarembo en el año 1959, posterior a la gran creciente del río Uruguay de ese año, cuando los Padres Capuchinos se hicieron cargo de la reconstrucción de la Capilla de ese entonces de la Gruta de Lourdes. El Padre Martín María de Bs. As. se hizo cargo de esa tarea y se pasaba todo el día en la Capilla. Él era el Director de la Congregación Mariana de Jóvenes de los Padres Capuchinos, de las dos ramas masculina y femenina y me invitó a ir a Capuchinos a participar de esa Congregación. Seria Junio - Julio de ese año cuando conocí al Padre Domingo.
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2- El Padre Domingo fue un tiempo confesor mío, después que lo desplazaron hacia el Convento de Santa María de los Ángeles de la Capital Federal al Padre Martín, que era mi confesor. Participaba yo de una experiencia de los Capuchinos que la llamaban Seminario abierto, en el que trabajábamos y a la noche estudiábamos, lo que serian las materias de primer año me imagino, y Domingo era el Director.
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3- Era un cura de una paciencia infinita. El conducía también la Congregación de las Hermanas Terciarias de Capuchinos, muchas mujeres de edad bastante avanzada y él las contenía a todas y ellas lo
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adoraban.
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4- Domingo era de apariencia frágil, pequeño, pero los que lo conocíamos y frecuentábamos, conocimos que era de una firmeza inclaudicable, como quien tiene claro su objetivo, tal vez su destino. Cuando nos reprochaba algo, mostraba un carácter fuerte.
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5- Cuando se dirigía a nosotros, en la reuniones, tenia una forma convincente de expresarse; en las confesiones era suave, no lo recuerdo nunca gritando y sí su carcajada, que evocaba campanitas. Era un cura alegre.
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6 – Lo que conocí yo: Domingo era el Capellán del Hospital Felipe Heras en esa época en que Martín estaba trabajando en la reconstrucción en Lourdes y además era el Director de Convento. No recuerdo si también era el Director del Colegio, que era exclusivo para varones con internado. También funcionaba en esos años el Club de Basquetbol Capuchinos, competíamos en la liga de Concordia. Tengo el recuerdo de Domingo en algunas noches verlo sentado en la tribuna del mismo, porque era indudable que el Club funcionaba con la autorización de Domingo. Teníamos muy buenas instalaciones de vestuarios con agua hasta caliente que no todos los
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clubes tenían. Era todo azulejado con mas de 15 duchas individuales de primera calidad y eso seguro que autorizado por el Director del Convento.
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7 – Yo no fui alumno del Colegio. No tengo idea que papel jugaba en el Colegio en sí, sí que su presencia era permanente en el mismo. Recuerdo que allí nació el Coro Estable de Concordia que lo dirigía el Padre Alejando María de Rosario y que lo autorizó Domingo, coro que tiene una larga trayectoria en todo el País. Y lo integrábamos, al principio, muchachos y chicas de Capuchinos hasta que comenzó a ampliarse. Ensayábamos en el comedor de los curas y Domingo infinitas veces se sentaba a escuchar los mismos. Se ve que le agradaba el arte.
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8 – Con el templo, trabajo en la continuación de la nave en donde está actualmente el altar, con un constructor italiano que, según recuerdo, era muy amigo de Domingo. La ampliación es la que está actualmente hacia el oeste del templo. También Domingo era medio constructor y no le mezquinaba a la cuchara de albañil.-
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9 – Salvo que era el Capellán del Hospital Heras, que era el único en esos años, no recuerdo otra actividad de él. Salvo las que llevaba a cabo en el Convento del que era el Director. Pero yo no conocí, no quiere decir que no realizaba otras actividades.
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10 – Su bicicleta era su vehículo predilecto para trasladarse. Aunque también, seguro que donada, el Convento tenia una bicimoto que si no me equivoco era una Siambretta, pero esa la usaban los otros curas, Alejandro, Vito y Martín, aunque algunas veces se lo vio a Fray Crispin también, Cuando Domingo encaraba la subida de calle Sarmiento, que en esa época corría de sur a norte, la subía en zig-zag, porque, según decía él, era mas liviano.
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11 – Con la Congregación Mariana comenzamos la construcción de la Capilla de Lourdes -en la que puso al frente al Padre Martín- que luego se transformó en la Parroquia de Itati, no recuerdo si en ese lugar en el que está ahora, pero sí que nosotros íbamos todos los domingos después de la Misa de las 8 de la mañana a enseñar el Catecismo hasta que los chicos tomaban la primera Comunión. Al año siguiente se comenzaba otra vez. Recuerdo que hacíamos campañas para recolectar ropa, alimentos no perecederos que almacenábamos al lado de la Sacristía, y seguro que Domingo controlaba todo porque Fray Crispín nos controlaba y nos ayudaba a preparar los paquetes para entregar y después le informaba a él.
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12- Domingo era un motivador de los fieles. Su manera tan humilde pero a la vez firme de conducir el Convento te hacia sentir que estabas en “buenas
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manos”.
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13 - Domingo nunca tenía problemas de horarios ni días para visitar a sus enfermos, confesarlos y llevarle la sagrada comunión.
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14 - Debo reconocer que le “disparábamos” a ayudar las misas de Domingo porque eran, para nosotros jóvenes, interminables. Era indudable para nosotros que Domingo entraba en trance cuando celebraba y veía y
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conversaba con Jesús y con el Padre. Se olvidaba que estaba celebrando y que estaban los fieles. Y cuando llegaba el momento de la Consagración, se poseía totalmente y cuando elevaba el Cuerpo y la Sangre de Jesús era impresionante, a mí, a la distancia en el tiempo, era como que un halo de luz lo envolvía. Esa es la impresión que me quedo de aquellos años y que me parece aún verlo.
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17- No recuerdo que alguna vez halla tratado mal a la gente que concurría al Convento, ni haber escuchado nunca algún reproche en contra de Domingo.
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18 – Salvo nosotros, los jóvenes que en esos años militábamos en Capuchinos y le disparábamos a la disciplina necesaria, creo que la inmensa mayoría de la gente que conocía a Domingo, lo creía un santo. Nosotros
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estábamos en la Congregación, por lo tanto, nos exigía un mejor comportamiento frente a la sociedad, pero él era bondadoso, cordial y siempre tenia una sonrisa a flor de labios.
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20 – Siempre lo conocí con el hábito de capuchinos. Era sencillo y cuando estaba trabajando en algo manual, se ponía uno medio raído, que lo tenia manchado de pintura, cal y otros elementos. Siempre fue sencillo para andar.
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23 – Con respecto al Padre Pío, lo que tengo como un recuerdo es que estaba yo en la cabina telefónica que se ubicaba al principio de un largo pasillo que culminaba en la puerta de acceso al Templo, frente a la sacristía, frente a la entrada al templo estaba Pío con dos o mas frailes, pero fue muy fugaz porque no sabia que era Pío sino que después me comentaron que era él, y lo que me parece que se comentó, fue que estuvo poquitos días y que estaba castigado el Padre Pío. En aquel tiempo, no le dí importancia a ese hecho y por eso es un recuerdo muy borroso.
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24 – Domingo tenia fama de santo. Nunca conocí si tenia dotes de sanador ni nada por el estilo. Si que era muy querido en la Comunidad.
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Juan Vicente Ponce
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NOTAS DEL COMPILADOR CON RELACIÓN A ESTE TESTIMONIO:
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OBSERVACIÓN 1, CON RESPECTO AL PUNTO 23 - PADRE PÍO
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Dadas las características del tema se le repreguntó si no se podía tratar de otro Pío. En esa época había dos capuchinos uno en Corrientes y otro en Buenos Aires que se llamaban Pío. Pío de Rosario (nació el 9/7/1909 y fallece el 1/8/73) y Pío de Oricaín (nació el 18 de Octubre de 1879 y fallece el 28 de Octubre de 1963), a lo que manifestó que había sido el Padre Querubín Giménez quien le manifestó que era el Padre Pio de Pietrelcina, pero que Querubín era un hombre muy particular. En esas circunstancia el menor, no guardó mayores recuerdos mas que ver ese fraile anciano, a la lejanía y acompañado de otros frailes y lo que se acordaba era de la observación y advertencia del padre Querubín. Ello fue acompañado de su hermano.
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OBSERVACIÓN 2, ALGUNOS APUNTES TOMADOS POR EL COMPILADOR de la conversación telefónica con el señor Ponce previa a su testimonio por escrito:
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El Padre Domingo subía la cuesta de calle Sarmiento que (circulación era de sur a norte) porque iba a la capilla del Hospital donde era capellán. LA capilla era para todo público con misas muy concurridas por él. La misa era a las 6 y se quedaba hasta las ocho y media que volvía luego de visitar enfermos. Siempre iba y volvía en su bicicleta. El tenía una bicicleta amarilla de mujer para poder subir y andar con el habito, que se lo enrollaba en el cíngulo. Además las rueda trasera tenía protección de piolas para que no se le enrede el habito. Las subidas las subía haciendo eses, zigzagueando. Yo le pregunté ¿por qué? Y me respondió que era para hacer menos esfuerzo. "Nosotros teníamos una Confederación Mariana de Jóvenes” que dirigía el P. Martín María de Buenos Aires, que era un fraile muy joven. Teníamos algunos discos de pasta. Si en la portaba había una mujer, en ese entonces de pollera, venia el P. Domingo con un papel blanco y calladito se lo pegaba con goma de pegar.
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Era un Santo en su forma de vida. Era bueno, muy bueno, un pedazo de pan. A veces bendecía con el Santísimo, en esa época no era frecuente. Pero lo hacía con una gran ceremonia, él se transformaba. Sentías que allí estaba Jesús. Cuando estaba en el Altar dando Misa sentías su respeto y adoración que le prodigaba a ese lugar. Miraba la Hostia como contemplando, como viendo a Jesús allí. A las 5 de la mañana el daba la primer misa de los domingos en Capuchinos.
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Nunca me voy a olvidar el silencio, el respeto del Padre Domingo, parecía que se iluminaba. Sentías como el adoraba al Santísimo Sacramento. Era un Santo. Una vez se dijo que mientras Domingo estaba en Concordia, Padre Pío estaba como escondido por unos pocos días. Yo lo vi… era muy parecido. Yo y mi hermano lo vimos, al costadito del Altar, donde estaban los frailes.
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'''Compilación de testimonios cortesía de Alejandro Jorge Casañas, Mayo de 2020'''
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Última revisión de 13:49 18 may 2020

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Fernando Edye recuerda al Padre Domingo

Me considero una persona agnóstica, no soy ateo, me considero agnóstico en el sentido de que coincido con que la capacidad humana de entendimiento no es lo suficientemente amplia como para comprender la existencia de Dios, y mucho menos para negarla. Pero me pasó particularmente, que las seis o siete veces que estuve en contacto con el Padre Domingo, por distintas circunstancias, se me hizo patente que Dios era una posibilidad. Me parece que es un hombre que, es lo más cerca que uno puede estar de la Santidad, es haber conocido personalmente al Padre Domingo, y sigo siendo agnóstico.

Te transmitía tanta fe, tanta, tanta fe, y tanta honestidad de fe, que te hacía entender que no había mentira en aquella fe, que era una fe tan verdadera, que de alguna manera él había llegado a conocer, a comprender misterios que los demás no estamos capacitados para entender. Han pasado 40 años, yo era un poco más que un adolescente, la última vez que tuve contacto con él yo tendría unos 25 años, lo llevé al Hospital Marítimo a dar una extremaunción a un moribundo, y siempre a lo largo de los años he guardado un enorme afecto por ese viejito. Ese viejito que uno lo veía andar en bicicleta por Maldonado, yendo a jugar al volleyball con 80 años, con los gurises de la capilla que él había construido por la Laguna del Sauce.


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El Padre Domingo aparece en el sueño de Ladis De La Puente



I

Testimonio de la Sra. Ladis De La Puente desde Colonia, 1994: el Padre Domingo me guía en un sueño.


Después de que falleció el Padre Domingo me preguntaba ¿con quién me voy a confesar?

En un sueño, el Padre se ubica a mi izquierda, camina conmigo y me indica: “busca al Padre Gerónimo”. Yo no conozco ningún Gerónimo. Él insistió: “busca a Gerónimo, que él tiene una deuda conmigo, yo le mando decir que él te confiese” y luego se despide apurado porque tiene otro asunto.

Yo me dispongo a buscar al Padre Gerónimo, comienzo en una casa de frailes Capuchinos de la calle Canelones o Maldonado, no recuerdo bien, y había un Gerónimo pero no era un sacerdote, era un señor mayor que repartía el pan en bicicleta. Sigo buscando, le pregunto a unas hermanas Capuchinas, “sí hay un Gerónimo que está por Sayago”, allí lo encontré, y me confesé con él.

Tiempo después lo encontré en Maldonado, él ya no me recordaba. Me fui a confesar con él y le dije “en realidad me mandó el Padre Domingo” y él me respondió “Ah, ¿es Usted?”, como si mi visita hubiera sido anunciada. No sé qué le transmitió el Padre Domingo, pero entendí que el Padre Gerónimo me estaba esperando.


II

Testimonio de la Sra. Ladis De La Puente desde Colonia, 2017: una vidente supo que yo conocía al Padre Domingo.


Yo tenía una Señora conocida, que iba a la iglesia, vidente, siempre me estaba diciendo cosas. Un día me dijo: “Vos conocés a una persona, una persona chiquita, que está al servicio del Señor y corre para acá, y corre para allá porque quiere adelantarse a las cosas que el Señor tiene que hacer o decidir para servirlo lo mejor posible. Una persona bajita, que no va a ser Santo por ahora, el Señor no tiene ningún apuro porque él sea Santo, lo aprecia mucho y lo sirve tan bien que por ahora lo tiene como su amigo.”

Yo pensé que no quiere que esté en un altar para que la gente venga a pedirle, me parece que por ahora no va a ser posible que tengamos al Padre Domingo como Santo.



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Tita Cairo recuerda al Padre Domingo



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Me han pedido que escriba algo sobre el Padre Domingo, ¡qué compromiso!

Este franciscano auténtico sembró con tanta bondad en todos los que como yo hemos tenido el privilegio de conocerlo y haber aprendido de él lo que es la humildad, la caridad y la esperanza de un mundo lleno de Dios. ¡Padre Domingo!, ¡qué maestro Maestro en la Fé y el amor a Dios! Allanando caminos para que todos pudieran entrar en la Ley del Señor.

Anécdota: Una tarde llegué a la Iglesia a rezar por el alma de una Sra. que había fallecido y encuentro a Padre Domingo conversando con tres pequeños morochitos, y me dijo: "Ven, tita, que voy a bautizar a estos niños" y yo le respondí: ¿Cómo, Padre, si creo que no están preparados? - "Calla, que tú serás la madrina, y llama a García que será el padrino". García era el encargado de abrir y cerrar las puertas de la Igleesia. Y poniéndose el alba y la estola los bautizó. Esos niños todos los días iban a mi casa, hasta que la madre me dijo que se iban a Buenos Aires y nunca más los vi, pero siempre los recuerdo con cariño.

¡Gracias Padre Domingo por todo lo que nos enseñaste!


Tita Cairo de Castagnet

Septiembre de 2018


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Extracto del texto redactado por el Maestro Juan Ramón Suárez



Durante muchos años compartí, como Maestro de Su colegio Parroquial, horas inolvidables y profundas, en sus visitas a su amado Colegio, para conversar con los niños, los maestros o su Hermana en Francisco, Sor Adriana, Maestra y Directora llamada por él en 1949; compartir sus Misas, con esas homilías sencillas, pero con una profundidad que podían conmover hasta las lágrimas, llamándonos a ser todos los días "un poquito más cristianos, más parecidos a Jesús"; sus charlas, sus anécdotas, eran una lección continua de de vida misionera.


Siendo ya muy anciano, con más de 80 años, los niños asombrados, lo veían en pleno invierno, con los obreros, en lo alto de la cúpula mayor de la Catedral de San Fernando, supervisando como obrero práctico los arreglos de la misma. Llegados los recreos, algunos días, aparecía por el patio de su Colegio, envuelto en su capa marrón, paralizando los juegos y los gritos de los niños que salían a su encuentro con el afán de besarlo, de tocarlo, de acariciar sus frágiles manos o su barba blanca y sedosa como el algodón. Él siempre traía caramelos o galletitas para compartir con los pequeños y recordando sus años jóvenes, le pegaba a la pelota con su pie, ante la mirada cómplice de sus "hermanitos pequeños".


Cuando llegaba el cuatro de Mayo, día de su cumpleaños, íbamos con una delegación de niños a llevarle regalos, que con tanto amor se habían preparado: bufandas abrigadas, pantuflas, buzos, frazadas y ¡siempre muchas golosinas!. Poco o nada usaba él de lo regalado; siempre alguien tan pobre como él recibía esos abrigos, aunque él estuviera calado por el frío.


Llegar a su "celda", a su dormitorio, nos llenaba de una profunda emoción: la pobreza, su hermana pobreza era extrema; una camita de hierro, con un colchón viejo y finito, sábanas limpitas y blancas y unas mantas grises de lana, eran todas sus galas; una mesa mediana de madera era su escritorio y el lugar donde se amontonaban sus libros, revistas de su congregación, cartas y apuntes. Un ropero pequeño, de dos puertas, viejo y marrón, mostraba su poca ropa y algún hábito raído y remendado con sus propias manos. Un sostén de oratorio, daba al patio interno del Convento; allí él recibía de Dios su mayor riqueza, el sol que entibiaba el aire frío de la mañana, o el canto de la lluvia vivificante, el trinar de los pájaros o el maravilloso arcoiris de sus plantas y flores.


Era inmensamente feliz, porque se sentía amado por Dios y eso lo percibía en el inmenso amor que todos le teníamos; inmensamente rico, en la única fortuna que cuanto más se entrega y se da a corazón pleno más se acrecienta: en el amor.


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Testimonio de Cecilia Della Mea Haita



Celia Della Mea Haita, hija adoptiva de María Eshter Bonilla Curbelo, nos narra la vivencia de su madre adoptiva, quien fuera en vida, catequista, cursillista, legionaria y colaboradora del despacho de la parroquia de la Catedral de San Fernando de Maldonado.

En el año 1987, María Esther Bonilla Curbelo, se ve obligada a apartarse de las tareas de la Iglesia, dando previo aviso pero sin dar detalles, por motivo de una enfermedad que le ocuparía mucho tiempo, por los estudios que debía realizarse en la capital del país.

En primera instancia se le descubre un nódulo en un seno. El Doctor Salgado le da pase al Doctor Leborgne en la ciudad de Montevideo como especialista oncológico. El mismo le hace los estudios puntuales referentes a su estado, entre ellos un centellograma, exámenes éstos que fueron remitidos al Sanatorio Cantegril, institución de la cual María Esther era socia.

En esta historia clínica, se constata que la señora María no sólo tenía un nódulo, sino que tenía metástasis en los huesos.

El médico tratante en Maldonado - Moisés Salgado - en comunicación con el Doctor Leborgne, recibió de éste último el informe de que sus huesos también estaban integrados en esta enfermedad.

La Sra. Esther es operada en invierno, en dicha intervención se le extirpa todo el seno y ganglios, pero se descubre durante el trabajo quirúrgico que no había metástasis. La señora sale del quirófano sin dolor y con una recuperación muy rápida.

El Dr. Salgado da fe de que tenía un nódulo pero sin ramificaciones y que sus huesos estaban sanos.

A la semana es dada de alta y continúa la recuperación en su domicilio.

Una semana más tarde, María Esther asiste el día Domingo a la Catedral, donde se encuentra su amigo, el Padre Domingo, a quien no veía desde que se retiró para hacerse los estudios antes mencionados, y el sacerdote no había podido visitarla debido a su edad y problemas de salud.

María en su retiro no había querido hacer partícipe de la realidad de su enfermedad, para no preocuparlo.

Domingo al verla le dice:

- ¿Cómo está mi amiga María Esther?

- Acá, recuperándome, Padre. Como usted sabe, me he operado.

- María Esther, si sabré lo que hubo en ti. Yo ví las plaquitas (haciendo referencia al centellograma) e intercedí por ti ante Dios nuestro Señor. Yo sé que estás bien. He estado orando por ti...

María Esther, no pudiendo dar crédito a lo que escuchaba, ya que nadie excepto sus médicos y ella misma habían visto sus estudios, se sentó y lloró pronunciando su nombre: "Domingo... Domingo...".

Su hija adoptiva Cecilia, entonces de 16 años y actualmente 36 años, fue el más fiel testigo de tan hermoso milagro, que por intervención Divina y a través del padre Domingo tuvo obra.


Entrevista realizada por Yanett Guerra De León, 2007


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Testimonio de Evaristo Pellegrino Pérez Núñez



La gran estatua de San Francisco de Asís erigida sobre el cerro del Abra de Perdomo, fue realizada por el Padre Domingo con sus propias manos. La Llevó a su dimensión de cinco metros de altura, más otro cinco metros de base, luego de proyectarla a partir de una pequeña imagen.


En el año 1944-45, el Padre Domningo se dispuso a trasladar la escultura de San Francisco, que había comenzado a modelar en la ciudad de Maldonado, para poderla finalizar en el cerro que luego llevaría el nombre del Santo.

Dicho cerro está ubicado en la Ruta 9, zona de Abra de Perdomo, sobre la Sierra de la Ballena. Una elevación que curiosamente consta de muy poca vegetación. Desde allí se divisa el arroyo San Carlos y la Laguna del Diario... unas cuarenta cuadras distan la falda y la cima del cerro.

Evaristo Pérez, en ese entonces de tan sólo 19 años, fue una de las personas que ayudaría desde el principio hasta el fin de la obra. Cuenta que la imagen del santo, para poder ser trasladada hasta Abra de Perdomo en tren, tuvo que ser dividida en dos partes.

Debido a las piedras, el terreno del cerro hasta la cubre era totalmente inaccesible. Fue contratado por esto un picapedrero de oficio, de origen español, quien residía en la zona, llamado Cohello gonzález. Remover dichas piedras para hacer un camino fue una tarea extremadamente difícil, dado su tamaño y debido al chorro de agua, que en ese entonces corría cerro abajo; hoy día pueden visualizarse las grietas impresas sobre las rocas por donde corría el agua y por donde en la actualidad corre un escaso hilo.

El entonces Intendente de Maldonado, Sr. Roque Massetti, les había prestado una mula, para el traslado de los materiales, que llegaban a la estación Abra de Perdomo y debían ser trasladados a la cumbre. Se exigía que la mula fuera entregada en las mismas condiciones en que había sido prestada. Sobre este animal eran cargadas 2 bolsas de Portland de 50 kilos. Debido a la ardua labor de trasladar con una sola mula dicho material, el trabajo se hacía lento. Fue entonces que un Sr. Muzzio les dio en calidad de préstamo 3 caballos que facilitaron la tarea.

El Padre Domingo iba y venía en bicicleta o en tren y trabajaba a la par de los peones; a veces bajando y subiendo 2 y 3 veces al día debido a los servicios que debía prestar y a su deber como sacerdote; calzado tan sólo con sus franciscanas, corriendo sobre las piedras filosas.

Para poder subir la escultura, se armó una rastra con 8 yuntas de bueyes. Primero fue construida una base de 3 metros de altura, con un altar frontal de 1.10 m de alto, hechos con las mismas piedras del lugar. Luego fue trasladada en el mencionado transporte la parte inferior de la escultura y colocada con un guinche prestado sobre la base. Se construyeron andamios con palos y tablones. Sólo entonces se subió la parte superior y unida a la inferior con material.

Trepado en los andamios, el Padre Domingo revistió con sus propias manos, con marmolina más precisamente, la estatua del Santo, para que pudiera verse desde muy lejos. Las uñas, de los pies y las manos las moldeó con cinco cucharas de diferente tamaño. Delineó la expresión de la cara y el cordón de la túnica, con utensilios caseros, cuenta el Sr. Pérez: "... con su pequeño tamaño, su larga sotana y sus precarias sandalias, era increíble verlo trepar por los palos hasta los andamios...", "...jamás se le escuchó quejarse...".

Al pie del Santo, sobre un pergamino hecho en hormigón y con 3 puntas de piedras clavadas a los lados, semejantes en un todo a clavos, el Padre Domingo escribió: "EL SEÑOR TE BENDIGA Y TE GUARDE, TE MANIFIESTE SU DIVINA GRACIA Y TENGA MISERICORDIA DE TI, VUELVA A TI SU DIVINO ROSTRO Y TE DE PAZ. EL SEÑOR BENDIGA A ESTE SU SIERVO. AMÉN". Sobre esta inscripción, el Sr. Evaristo Pérez, escribió la fecha de finalizada la obra: XXV-II-1945. P. Domingo.".

Fue inaugurado con el madrinazgo de la Señora del Presidente Waldomir, con la presencia de autoridades y vecinos de la zona.


Janett Guerra De León


Nota: Cabe destacar, que las rocas de este cerro, tienen una inusual cantidad de cuarcita, constituida por una intercalación de cataclasitas (desde ultraminolitas a prominolitas), miradas al microscopio abundan las cuarcitas desarrolladas, especialmente sobre piedra granítica. Además es de destacar la densidad de algunas de estas piedras de pirita. Dejo constancia de esta observación a los 16 días del mes de Marzo de 2009. Javier Pereira Báez.



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Gracia concedida a Reina Soria



Transcripción de manuscrito sin fecha de la Sra. Reina Soria de Moyano


Bueno yo quiero acá como me dijo el Sr. Ricardo que podía pasar a explicar lo que había hecho en mí el Padrecito Domingo, que fue quien me dio la Comunión por primera vez, a quien recuerdo con un cariño imponente y tengo muchas historias de él como que estando enfermo de pulmonía el doctor le dijo: "Padre, Usted tiene que hacer reposo por lo menos por un mes" y ese mismo médico a la semana lo encuentra al Padrecito en la bicicleta con un baldecito, como andaba siempre para ir a hacer la capilla, y le contestó al médico: "Pero doctor, si yo no trabajo para hacer la capillita ¿quién va a ir? Esta es una de las anécdotas que tengo del Padre Domingo, que era laborioso y trabajador y estaba siempre al alcance del pueblo. Siempre al alcance de los niños también. Yo me acuerdo de ver al Padre Domingo jugar a la pelota con los chiquilines, con la sotana y la pierna extendida, lo veo como si fuera una foto hoy.

Pasaron los años y pasó lo que pasó; la última cosa que me dijo (tendría unos 85 años) fue: "Tu sabes, Reina, lo que me está pasando, que ahora tengo que escribir lo que hablo en la iglesia, yo todo me lo sabía de memoria". Le digo yo: "Ay Padrecito, Usted ¿no le estará pidiendo demasiado a Dios? y me dice "Sí, tienes razón, tienes razón. Esa fue la última vez que hablé con el Padre Domingo. Después pasaron los años, tuve hijos, 3 varones y 1 mujer. La mujer no había conseguido novio y ella estaba muy preocupada, decía que se hacía vieja y no tendría niños y ella quería tener un hijito; entonces yo vine un 31 de Diciembre y le dije: "Padrecito por favor pídele a Diosito y a la Virgen que le den una persona, un compañero a mi hija, para que pueda tener su hijito, está sufriendo mucho por eso". El 1ero de Enero veo llegar a un señor de tarde a conversar con ella, creí que era un vecino. El marido de una señora le preguntó: "¿Estabas con el vecino?" "No, es un señor que conocí anoche, muy bien"; ese señor era divorciado, ¿qué te parece? Tú piensa bien lo que vas a hacer, muchacha. Pero también había conocido a un solterito, a los pocos días se casó y ahora tengo un nietito de 9 años.

Gracias a Dios ella pudo ser madre y eso se lo agradezco al Padrecito que siempre me dirige a donde tengo que ir. ¡Ahora voy al encuentro de los viejitos y de los jóvenes!



Reina Soria de Moyano




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El Padre Domingo, el Padre Celestino, feligreses, diáconos, sacerdotes y acólitos que los acompañaban. Foto en el archivo de Ricardo Biurrun.


"Sepa que está en La tierra del queridísimo Padre Domingo", Gabriel Freitas



Transcripción de manuscrito sin fecha del Sr. Gabriel Freitas


Nació muriéndose. Gran parte de su infancia estuvo en cama porque se moría, tan débil su físico. Niño débil, puso toda su fe en Jesús, que se hizo su amigo. Un día lo invita a ser sacerdote y él elige ser Fraile Franciscano. Hace sus estudios muriéndose. Muy débil viaja a Roma donde por su estado físico le dejan más tiempo en Italia, que aprovecha para seguir sus estudios y conocer al Padre Pío. Se hicieron amigos. Desde que vuelve es un temporal. Chiquitito, pero pura fibra de Dios, aquel pequeño ser barbado va a provocar una catarata de trabajos, proyectos, reclamos, ayudas, construcciones de capillas, de viviendas y hasta esculturas. Estará en todas partes. Desde 1941 llega a San Fernando de Maldonado y no hay rincón de todo el departamento que no se vea afectado por el efecto Padre Domingo.

Solidario, compañía de 24 horas de los más necesitados, viviendo siempre enfermo y siempre solícito para estar donde lo llamaban. Bicicleta mediante, no solo fue un peligro en el tránsito sino además la mano de Jesús ante los que lo necesitaran. Se habla de milagros, de multiplicaciones del chocolate y de una olla benéfica prevista para cierta cantidad de personas que dio y sobró para el triple.

Se sabe de una delegación fernandina que cruzó el océano para ver al Padre Pío y que éste, preguntando de dónde eran, al enterarse que venían de Maldonado les reclamó con voz de pocos amigos, "pero tienen al Padre Domingo y vienen a verme a mi".

Se cuenta que muriéndose, lo internaron en el sanatorio local y fueron a buscar de urgencia al médico de guardia, cuando llegaron, Domingo no estaba en su cama. Apenas caminaba pero, con el soporte del suero de tiro, andaba visitando la cama de otros enfermos, dándoles la paz.

Con su oración y determinación pudo mover montañas, aguijoneando a quien fuere para lograr los grandes objetivos sociales y espirituales. Lo consiguió con su inmensa modestia y muchísimas veces teniendo que comer de manera salteada su ya escasa dieta compuesta ma más de las veces por sopa y pan.

Si Usted vive en el pueblo de San Fernando de Maldonado, sepa que está en la tierra del queridísimo Padre Domingo.

Vivió hasta los 94 años y tuvo su Pascua, fue en su amada ciudad, era Enero de 1993.


Gabriel Freitas




Texto manuscrito del fiel Palo Mesa.


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Historia de Azucena Berrondo



Al Padre Domingo lo conocimos en 1980. A toda la familia nos impactó su luz. Mis hijos, que eran pequeños, decían - vamos a la iglesia papá y mamá a ver a Jesús y al Padre Domingo. Era hermoso verlo en su bici con su vieja sotana y una bolsita de plástico donde llevaba leche, pan o ropa para alguien que la necesitaba.

En 1987 comencé a sentirme muy extraña. Fui al médico, me dijo que era la menopausia. Gracias a Dios yo tenía dos hijos, mujer y varón, y aunque la situación económica no era buena los habíamos criado con lo indispensable para vivir y con mucho amor como debe ser.

El tiempo pasaba y yo seguía sintiéndome extraña. Un día fui a un laboratorio y le digo a la química: Sara, por favor, haceme un análisis, creo que estoy embarazada. Esta se rió mucho y me dice "Esos síntomas son la menopausia, yo también estoy igual y tenemos la misma edad, pero si quieres yo te lo hago". Me lo hizo y se lo dejé pago.

Al otro día la llamo y me dice "Felicitaciones, vas a ser madre por tercera vez". Yo iba a cumplir 42 años... No sabía que pensar, yo quería tener por lo menos cuatro hijos pero al nacer mi segundo hijo en el Hospital de Durazno la partera me dijo "Vos ya sos grande, si tienes otro hijo corres riesgo de vida o el niño va a ser enfermo". Me traumó y me cuidé con métodos legales y que no perjudicaban mi salud. Pero ahora, dentro de 6 meses nacería una personita más.

Fui al médico, me propuso hacerme una punción, en el caso de ser Down me lo sacaban, me pareció un horror, una pesadilla, así que en este mundo podíamos elegir quién vivía y quién no y nos decíamos "seres humanos". Le dije que Dios iba a querer que fuera normal y si no lo era iba a ser mi hijo o hija igual. Fui a la iglesia y le conté al Padre Domingo y me dijo "Yo pienso igual que vos, anda tranquila y cuando esté por nacer vení por acá que yo te voy a dar una bendición".

Así lo hice. Fueron 6 largos meses. Alguna vecina me decía "Usted es egoísta y si nace enfermo le arruina la vida a toda la familia".

Cuando fue a nacer y perdí el tapón de glucosa salí caminando rumbo a la iglesia. El Padre Domingo estaba celebrando misa. Me vio, bajó del altar, me dio una bendición y me dijo "Anda tranquila, vas a tener una preciosa niña, eso sí, apenas nazca yo la voy a ir a bautizar a tu casa." Así fue, pero ¿cómo sabía él que era niña y sana?

Fue mejor parto, con 43 años, con los otros dos anteriores tuve muchas dificultades, no los pude amamantar y eso les creó algunos problemitas. Inti María tomó pecho hasta los 3 años y fue una bendición para toda la familia. Igual a mis otros dos hijos.

Gracias Padre Domingo por el regalo de toda mi hermosa familia porque mientras vivió iba casi a diario a charlar con él, a confesarme, pedirle consejos, y fue antes y ahora quien me ayudaba a resolver cosas simples y complicadas que a todos nos pasan. Pequeños milagros que nos ayudan a comprender y a amar esta vida tan llena de telones que tenemos que ir corriendo para poder ser felices.

Siempre me decía: "Cree en Jesús y María y nada más necesitas para ser feliz".

Gracias Padre Domingo porque yo siento que estás con Jesús y también con nosotros.



Azucena Berrondo



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Relato del Sr. Edilberto Alonso



"Yo estaba cuidando al Padre Domingo de Tacuarembó, una mañana en el Sanatorio Cantegril, y de improviso, él comenzó con convulsiones muy fuerte y levantaba la mano y oraba al cielo. Y estando en esas convulsiones, toqué el timbre llamando a los médicos y enfermeras, quienes demoraron un poco, mientras él seguía peor.

Cuando vinieron me hicieron salir de la sala y estuve por lo menos cerca de una hora esperando. Eran los doctores Iberto Scasso, Acevedo y dos nurses. Después vi llegar a una nurse con un aparato de presión, al parecer eléctrico, porque tenía algunas pinzas. Lo traían en un carrito. Después de ese largo rato al salir dijeron que podía entrar, mientras ellos decían "vamos a llamar a la Parroquia para que se lleven el cuerpo". A una señora que pasaba, le sentí decir ¿"quien es ese rabino que murió"?.

Cuando entré encontré al P. Domingo con una sábana tapando su cuerpo y su cara. Luego lo llamo y no contestó nada. Le hablo por segunda y tercera vez y tampoco me contesta. Después le destapo la cara y veo que movía la mandíbula, o que la piel de la cara tiene un movimiento. Abre los párpados y me dice "¿Tú qué estás haciendo acá, al lado mío?". Yo lo estoy cuidando, le contesté. Él dice "Ah, vos no sabés lo que tiene preparado el Señor para nosotros. Nosotros somos paja que nos lleva el viento. Esto acá no sirve para nada. Tú no sabes lo que nos tiene preparado el Señor.", me volvió a repetir.

Luego me dijo "Bueno hacedme una misericordia, acánzame un pedacito de pan y un vaso de agua". Le alcancé el pan y el vaso de agua. Él como lo bendijo y me dió un pedacito a mí y otro se quedó él. Me dijo "No lo masques". Tomó agua él y también yo. Seguidamente me dijo: "Arrímate" y me sopló con mucha fuerza. Y continuó diciendo "Bueno, mira, me quiero ir a casita lo antes posible. Ya estoy bien." En ese momento entró una señora, que siempre iba a la Iglesia, y él le preguntó "¿A qué viniste?, yo ya me voy a casita."

Entonces yo toco el timbre y llamo a los médicos y me hacen salir nuevamente. Y estuve como media hora en el pasillo esperando. Al salir los médicos, me dijeron que podía entrar y haciéndolo lo encontré bien y orando. Después ingresó la Señora de Santurio que es enfermera, para seguir cuidándolo, en un nuevo turno. Saliendo ambos al corredor, le conté lo sucedido y ella me dijo que el Padre Domingo era muy psicólogo, no dándole importancia. Despidiéndome de ella, me retiré."


Edilberto Alonso


Reportaje por Eleazer Moisés Lazo de León, Diácono Permanente

Nota: Edilberto Alonso Gomendio nació el 21 de Septiembre de 1924, 4ta Sección de Maldonado. Sus padresÑ Justino María Alonso y Elvira Dionicia Gomendio. Casado con Mirta Techera, padre de tres hijos: Graciela, Teresa y Walter. Concurrió a la Escuela Rural Nº 26 en zona rural. Fue agrigultor y trabajó en Canteras de Marelli. Asistió a los cuidados en la enfermedad del Padre Domingo y en los últimos días en el Sanatorio Cantegril.



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Relato de la Sra. Teresa Cairo



"Yo me asisto con la Dra. A. S. Reumatóloga, madre de una niña que sufre una especie de asma grave, que se manifiesta rápidamente y queda en CTI. La madre se internaba en el CTI con ella. Yo me informaba todas las noches y un día me dice que la niña no responde al tratamiento, que está grave. En este caso ya iban como 8 o 9 días de CTI. Le anuncié que además del Rosario, que rezo todas las noches, iba a rezar al Padre Domingo pidiendo por la salud su hija, que se mejorara y recuperara pronto. A la mañana siguiente pregunté y supe que la niña empezó a mejorar muy rápidamente, se recuperó totalmente y ahora está saludable."



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Testimonio: Mary Acosta Dávila recuerda anécdotas



Domingo 22 de Marzo, 2020


La que suscribe, Mary Acosta Dávila, CI: 3.579.598-9, oriental, soltera, nacida en Tacuarembó el 19 de Enero de 1949, relato anécdotas del Padre Domingo de Tacuarembó, para la glorificación del Siervo de Dios.

I

Un día, estando orando en la Catedral a nuestro Señor Jesucristo, entró una paloma gris volando hacia el altar mayor de la Catedral. Se posó en las imágenes sagradas y después recorrió todas las naves del recito, no podía salir. Yo la observé. Se fue al fondo y se quedó muy asustada. Al otro día fui y la encontré en el mismo lugar. Quise bajarla, vino el Padre Domingo y me encontró tratando de bajarla de los ventanales, que no tenían salida. Me hizo bajar diciendo que él la sacaba.

Al otro día lo encontré trepado en las salientes, en el pretil de dónde sacó a la paloma, sana y salva. Me comentó que después tenía que correr las imágenes de Santa Inés en el altar mayor, porque estaban muy en la orilla y se podían caer. Me dijo: “M´hijita, no tengo miedo” y se sonrió.

A los 2 o 3 días regreso de mañana, y lo encuentro caminando por el medio de la nave principal, por la cornisa derecha de la Catedral, como si nada, a tremenda altura, con 80 y pico de años… La cornisa es angosta y tiene un alambre bajo con unos hierros largos a cierta distancia. Siguió caminando despacio, sin mirar para abajo, ante la mirada atónita de algunas personas que venían a orar! No podían creer lo que veían, Dios mío! Solo los ángeles lo sostenían, se ve, porque no paró de caminar hasta llegar donde estaba la imagen de Santa Inés, la corrió más atrás, sin ningún miedo!

A todo esto, estaban abajo con un silencio total, policías, bomberos y sin hacer ningún ruido desplegaron una enorme lona, sostenida por un montón de policías, por si se caía. Comentaban en un susurro admirados que “solo un santo” podía con su edad no marearse y con tanta naturalidad correr las imágenes pesadas y enormes. Bendito sea Dios, alabado sea nuestro Señor Jesucristo! Aleluya!


II

Un día, fui muy angustiada y emocionada, le estaba contando queme había caído de madrugada, con una tremenda tempestad, en una gran cuneta junto a la parada del ómnibus, en el Barrio Villa Delia. Había un transformador de alto voltaje en la esquina y por encima, estaban los cables de teléfono por encima del transformador.

Di la vuelta en la moto y me enganché en unas ramas y cables caídos que me tiraron para atrás y caí con moto y todo enredada en los cables, que eran muchos. Se produjo arriba una explosión y se prendieron los cables con corriente eléctrica.

Le conté que había sido salvada de milagro y él se reía! Me causó estupor. Le pregunté por qué se reía, asombrada, y me dijo: “Ya lo sé, el Padre Pío me lo contó, te salvó la vida. M´hijita, eres una hija del Padre Pío”, me dijo con una gran sonrisa.


El padre Domingo era muy amigo mío, yo lo quería muchísimo, él me dijo que estaba angustiado por todo lo tremendo que se venía para la humanidad. Si no se convertían y pedían perdón, me dijo que grandes catástrofes y todo tipo de pestes; íbamos a sufrir sismos, maremotos, tornados y fuego. Dios mío, perdónanos! Te estamos ofendiendo mucho! Y nuestros pecados son muy grandes y seguimos crucificándote en todo el mundo!



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María Luisa Braga recupera la Vista



Documentación cortesía del Capitán Rodolfo Grolero, archivo del Club de Leones - patacho01@hotmail.com

Transcripción parcial:


María Luisa Braga Cuenca nació el 20 de Julio de 1995 en la ciudad de Montevideo, casada desde el 6 de Mayo de 1993 con Manuel Ricardo Aiscorbe, nacido en Maldonado, domiciliados en Santiago Gadea esquina Sanabria, casa "8 de Enero", Barrio Odizzio, Maldonado, tienen una hija, Sra. Juanita Fernanda Cabrera Braga nacida el 10 de Mayo de 1991 en Montevideo.

2000, Octubre 15 - María Luisa, desde 1985, sufría problemas visuales y, habiendo quedado ciega en Mayo de 2000, consultó con el Dr. Álvaro Berrutti, cirujano oftalmólogo, quien expidió un certificado de la enfermedad que le causó la ceguera. El facultativo certificó que María Luisa es portadora de la enfermedad de Terrien (bilateral) que afecta las córneas provocando la pérdida de la transparencia de las mismas y adelgazamiento en forma irreversible. Es una enfermedad muy poco frecuente, que para solucionarla requiere una cirugía altamente especializada. Se le debe realizar un injerto total córneo escleral que en nuestro medio no se realizan.

2000, Noviembre - Transplante de córnea en Argentina: El Dr. Berrutti, con prestigio profesional a nivel nacional y regional, la siguió atendiendo y gestionó con un colega argentino, el injerto. María Luisa concurrió acompañada de su esposo y su hija. La cirugía se llevó a cabo en el Centro de Cirugía del Dr. Enrique Malbrán, quien le realizó un injerto total córneo escleral, en el ojo izquierdo, sin costo alguno para ellos, siendo pagado por el fondo común de los doctores. En la noche volvió a ver. Al día siguiente regresó Manuel y su hija la acompañó una semana en post operatorio, regresando luego ambas a Maldonado.

2001, Agosto - Un día de fines de Agosto, al levantarse, no veía. A los dos días fue a ver al Dr. Berrutti, que constata la pérdida total de visión, por rechazo al injerto.

2001, Noviembre - A mediados del mes, el testigo de este caso, Rodolfo P. Grolero, socio del Club de Leones, registró en su cuaderno de anotaciones de las tareas de servicio tratadas en las sesiones del Club que: "María Luisa Braga recibió una nueva córnea y tejidos, que vio durante ocho meses y que luego se le transplantará una córnea más joven en la clínica del Dr. Enrique Malbrán. Todo lo que necesita es alojamiento por una semana y los pasajes para dos personas". Este pedido había sido planteado al Presidente de la Institución de Servicio por el Dir. Gral. de Higiene de la Intendencia Municipal de Maldonado, recayendo la tarea en el Comité que atiende a la Vista.

2001, Noviembre 18 - El testigo Rodolfo Grolero visita a María Luisa Braga en su muy modesta vivienda, para conocer su situación económica, anímica y espiritual. Conoce a una persona ciega, optimista respecto a su salud, segura de que volverá a ver, porque la trataba el Dr. Berrutti y porque el Dr. Malbrán la volvería a operar. Nos pidió ayuda para obtener los pasajes para ella y su hija y alojamiento en Buenos Aires. Siendo el testigo, militante católico, ante su contagioso optimismo le pregunta por su fé y al notar su entusiasmo la invita a rezar al Padre Domingo para que interviniera. María Luisa estaba acompañada por su esposo, Manuel, quien se mostró muy interesado, porque había conocido al Padre en su niñez. En los días siguientes Gorlero visitó al Dr. Berrutti, quien corroboró lo mencionado por María Luisa y su esposo, le entregó un comprobante y le dijo que intentarían hacerle otro trasplante en Buenos Aires. Luego fue al Estudio de Ricardo Foto y Video, del Sr. Ricardo Biurrun, otro devoto y amigo del padre Domingo, a retirar una estampa con la foto de éste y la Virgen del Rosario. Luego en la Parroquia Catedral un sacerdote la bendijo y fue a visitar a María Luisa. En su casa les dio la noticia a ella y su esposo de que el Club de Leones de Maldonado se haría cargo de los gastos y le entregó la estampa, que agradeció emocionada colocándola en el aparador de la cocina. El esposo trajo un viejo encendedor Zippo, que le había regalado un oficial de la Armada, que era su jefe, cuando revistaba como marinero en la Armada Nacional. Manuel sabía que Grolero era un oficial retirado de la institución nombrada, que también había estado subordinado al absequiante. Al principio no quiso aceptarlo, pero Manuel insistió con mucho corazón, y para no desairarlo, lo aceptó con la condición de que todos le rezarían al Padre Domingo, y le dice que el yesquero sería colocado al pie de un cuadro al óleo del Padre que está en la sala de su casa sobre una repisa, anunciando que cuando María Luisa volviera a ver lo encendería frente a su tumba, en la Catedral.

2001, Noviembre 22 - Club de Leones Maldonado solicita al club de Leones Maldonado - San Fernando que gestione el alojamiento para dos personas en Buenos Aires.

2001, Noviembre 23 - El testigo adquiere los pasajes en Buquebus para María Luisa Braga y su esposo.

2002, Enero 11 - Grolero, por el Club de Leones, escribe al Gerente de Buquebus solicitando que se dejen abiertos y se cambie el nombre de Manuel Aiscorbe por el de la hija Juanita Cabrera.

2002, Mayo - Un día, al levantarse, María Luisa comienza a ver. Sorprendida llama al Dr. Álvaro Berrutti, quien la invita que vaya a la consulta. En la misma le hace las pruebas y sorprendido llama a su padre, el Dr. Luis E. Berrutti, cirujano oftalmólogo.

2002, Junio 12 - Desde Enero, siguieron los controles esperando un donante. En el mes de Mayo, Grolero llama a María Luisa y ella le cuenta que estaba viendo. Va a visitarla y se encuentra con la gran sorpresa de que era así, tomándolo con calma, en espera de una confirmación de su mejoría. Va a visitar al Dr. Berrutti, quien confirma que tiene un 10% de la visión, es estable y hay que seguir observando. Es así, que Grolero, en el día de la fecha, informa al Club de Leones, anotando en su cuaderno lo siguiente: "María Luisa Braga, sigue esperando transplante. La revisó Berrutti, inexplicable, ahora ve. Me quieren devolver el pasaje, dije que no, esperaremos a fin de año. De cualquier manera, se destine a mejorar su ayuda al ciego, bastón, etc.". Grolero siente que el Padre Domingo estaba actuando.

2002, Octubre - En la segunda semana, probablemente el día 11, Grolero concurre al consultorio a coordinar con el Dr. Berrutti, por otro caso de asistencia de servicio y se encuentra con María Luisa, que iba al control acompañada de Manuel. Mayor es la sorpresa, cuando el Dr. Berrutti le presenta al Dr. Enrique Malbrán. Conversan y ambos confirman su mejoría en la visión, y que no tienen explicación lógica y sonriendo, el Dr. Álvaro Berrutti le dice a Grolero, "suspendemos la operación, ni la tocamos, mejor sigan rezando a Dominguito".


Documento Rodolfo Grolero 01 - Recuperación de la vista de María Luisa Braga. (Click sobre la imagen para agrandar).
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Documento Rodolfo Grolero 02 - Recuperación de la vista de María Luisa Braga. (Click sobre la imagen para agrandar).
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Documento Rodolfo Grolero 03 - Recuperación de la vista de María Luisa Braga. (Click sobre la imagen para agrandar).
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Documento Rodolfo Grolero 04 - Recuperación de la vista de María Luisa Braga. (Click sobre la imagen para agrandar).



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TESTIMONIOS SOBRE LA VIDA Y OBRA DEL PADRE DOMINGO EN CONCORDIA, ARGENTINA



Compilación cortesía de Alejandro Jorge Casañas, Mayo de 2020




A - Testimonio de Elsa Hebe Rossi de Mainez, nacida el 14 de mayo de 1926, identificada con el DNI Nº 5.043.105, esposa de quien fuera en vida Don Elbio José Celestino Mainez, primer presidente de la Junta de Gobierno de Estancia Grande, propietarios del establecimiento ganadero “Los Álamos” en Colonia Yeruá, donde se domicilia. Brinda su testimonio con plena lucidez, a la edad de 92 años, sobre el Padre Fray Domingo de Tacuarembó (Umberto Domingo Orsetti) en relación a su estadía en la ciudad de Concordia.


“Fue el autor, el que dijo de iniciar las obras para agrandar el templo principal, o sea llevar el altar más al oeste, digamos extenderlo más al fondo. Trabajó mucho juntando fondos para ello. Predicaba en la misa y pedía además en particular, pedía limosna, visitando a las personas, a las familias de Concordia. Para juntar esos fondos, y siguiendo el pedido del Padre Domingo, a mi (Elsa Mainez) se me ocurrió juntar oro, para ello junté cuarenta anillos de oro de compromiso, de mis amistades y parientes. Lo recibió otra persona distinta a Domingo, el director de Capuchinos”.

“Padre Domingo siempre visitaba enfermos y los confortaba, sean de la religión que sean, crean o no” “Y era muy esperada su visita pues reconfortaba y él era muy agradable y simpático”. “Así también visitaba el Hospital Público de Concordia, que estaba alejado de la Iglesia y convento de Capuchinos. A unas veinte o más cuadras” El Hospital de Concordia se llama Hospital Felipe Heras y esta ubicado en calle Entre Ríos Nº 135. Domingo hacía dos cuadras desde Capuchinos por Veles Sarsfield y luego doblaba a su derecha para tomar Entre Ríos, hasta el Hospital.

“De esas visitas al hospital, había una nota graciosa, el concurría, con su flaca estampa en su bicicleta y tomaba la calle principal de Concordia que se sigue llamando Entre Ríos (el Hospital queda en la misma al Sur de la ciudad), pero lo hacía en contramano. Era famoso por venir contramano, la gente le festejaba, era muy simpático. Le gritaban "Padre, va contramano" y él siempre con una sonrisa contestaba "No se aflijan que el de arriba me cuida". “Era un sacerdote que demostraba su sincera vocación en todo momento. Lo veían rezar mucho en la Iglesia”. “Era muy querido y respetado por todos”. “Era muy de confesar. Horas y horas confesando. La gente lo buscaba para confesarse. Escuchaba con mucha atención. Daba muy buenos consejos.”

“Sus Misas eran muy concurridas, se llenaba de gente hasta en la puerta. Por ello buscó agrandarla, ampliarla. Eran Misas, diría normales, que no duraban mucho tiempo. Los sermones eran cortos, pero muy profundos." “Siempre me llamó la atención que era muy prolijo y cuidadoso al limpiar la patena y el cáliz”. “Él siempre repartía estampas del Padre Pío que llegaban directo por correo desde San Giovanni Rotondo. Eran estampas pidiendo la canonización del Padre Pío, con una novena y oración por los enfermos”. “Andaba por todos lados, se lo veía por toda la ciudad, en cualquier lado. No lo veías nunca quieto. No solo estaba en el templo. Era andariego. El Padre tenía mucha llegada a la gente en particular. Muy conocido. Decías Padre Domingo y todos lo conocían y muchos valoraban el hecho de que visitaba enfermos y ancianos cualquiera sea la creencia. Los consolaba.”

“El Padre Domingo era muy humilde, pero muy humilde, con su estampa flaca, siempre de hábito capuchino. Yo digo que hasta en su hábito era humilde, porque más que raído, era de pobreza extremada, miserable."

Testimonio brindado el 14 de Abril de 2018, en el Establecimiento “Los Álamos”, Colonia Yeruá, Estancia Grande, Concordia, Provincia de Entre Ríos. Elsa Hebe Rossi de Mainez


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B - Testimonio de María Magdalena Mainez, DNI Nº 6.426.324, nacida en Concordia el 11 de Julio de 1950, domiciliada en Concordia, calle B. de Irigoyen Nº 133, sobre el Padre DOMINGO DE TACUAREMBO en la ciudad de Concordia.


Era chica tenía 9 o 10 años cuando conocí al Padre Domingo. Recuerdo como se dedicaba a los enfermos y a los moribundos sin importarle de que religión eran. En particular a mi abuelo, que no era practicante, pero solo escuchaba al Padre Domingo, ante quien se confesó antes de morir por el inmenso afecto y confianza que le había despertado.

También lo recuerdo en el MES DE MARIA. Él nos esperaba en los escalones de la Iglesia. Allí jugábamos, a la ronda, estatua, etc., bajo su mirada afectuosa, o conversábamos con él. Nos despertaba una gran simpatía. Concurríamos con flores. Él se vestía con la vestimenta ornamental tradicional, para esta ocasión. La Iglesia siempre estaba impecable, bien arreglada con flores, para nosotros era increíble como estaba. Mi papá le llevaba y mucha gente también las flores de acacia o aromito de jardín, que también traían los vecinos pues florecían en esa época. Fray Crispín de Chajarí era el encargado de arreglar la Iglesia. Se hacían dos filas, una de varones y otra de mujeres. Y así ingresábamos a la Iglesia, en procesión, cada uno con la flor que traíamos de nuestras casas (era época de hortensias y jazmines). El encabezaba muy solemne la procesión cantando “Venid y vamos todos con flores a María…” y depositábamos las flores, cada ramito ante la Virgen, ante la estatua de Nuestra Señora de los Ángeles que en ese entonces estaba al centro del Altar presidiendo la Iglesia, luego el Padre Pedro o Marcos la sacan, la colocan en una capilla lateral y en su lugar ponen un crucifijo con la imagen de Jesús con su cabeza erguida, triunfante. Luego nos sentábamos, de un lado los varones y del otro las mujeres.

Éramos muchos, pero muchos los niños y niñas. Era un ambiente sagrado, el Padre Domingo rezaba con nosotros, nos hablaba desde el púlpito que estaba a la izquierda en una columna, de madera, muy, pero muy sencillo; y luego una bendición inolvidable. La ceremonia era corta, de media o tres cuarto de hora, pero muy profunda. Sus palabras eran sencillas pero muy sentidas y todos le prestábamos atención.¡Cómo esperábamos ese mes de María! Y al final de la ceremonia como en la de las Misas nos bendecía con el Santísimo en un momento de respeto y profunda religiosidad. Él se envolvía en la túnica o capa especial y tomaba con gran unción el Santísimo y nos bendecía con gran veneración y especial cuidado y solemnidad. Y todos parecíamos elevados con él.

En todos los chicos despertaba un fervor muy especial, y éramos muchos que íbamos atraídos por el Padre Domingo y su religiosidad. Yo lo veía como un viejito siempre vestido con su habito y sandalias sin medias. De aspecto muy frágil, flaco, pero muy vivaz, muy inquieto. Trabajaba mucho, lo vi subido al techo de la iglesia, a gran altura, allá arriba mientras se hacía la ampliación a la misma, mientras trabajaban los obreros techistas, conversaba con ellos y los controlaba. Allá arriba se distinguía su habito capuchino arremangado a tanta altura.

Visitaba a las personas ancianas, enfermos, se acercaba a las casas, de pasada, y saludaba y preguntaba cosas de la familia, se interesaba por la gente. Visitaba sin horario. A cualquier hora. Si lo llamaban del hospital, a la hora que sea él iba. Me quedó grabada, aun siendo pequeña, su imagen de buena persona de trato muy amable, afable, agradable y que siempre tenía una palabra calurosa, afectuosa. Acompañaba a os moribundos, como lo hizo con mi abuelo. Con paciencia se sentaba con ellos, aun con los más alejados o no practicantes y les hablaba, los consolaba, los preparaba y los escuchaba con mucha atención. Y ellos se sentían muy cómodos con él, y lo repito, sean o no practicantes, o creyentes. Él les despertaba gran confianza y fe.

Y lo veía pasar por calle Sarmiento, que su mano era distinta a la de ahora, cuando pasaba en bicicleta, una bicicleta pesada, él se afirmaba, se enrollaba la sotana y pedaleaba con fuerza, a pesar de su físico que parecía endeble.

Él usaba toda la simbología de la Iglesia. En las misas que eran en latín también se notaba una gran religiosidad, en las de él concurría mucha gente. Muchos sabíamos de memoria las oraciones en latín, aunque no sabíamos que decíamos sentíamos la religiosidad, lo sagrado, eso es, lo sagrado. En la consagración el Padre Domingo transmitía esa gran religiosidad, él se abstraía. Además, todo era solemne, religioso, santo; su propia figura frágil, sus gestos transmitían solemne sacralidad. Él con su voz o sus silencios que les daba sus tiempos para llegarnos a lo más profundo y para ubicarnos en presencia de Dios, muy solemne, muy sagrado, como esa bendición inolvidable, una gran ceremonia para nosotros los chicos, cómo nos deslumbraba, especialmente en el mes de María, ese hombre con tanta pompa y unción bendiciéndonos con el Santísimo, nos hacía importantes, dignos ante Dios.

Él allí en esas circunstancias era siempre solemne, respetuoso de Dios y nos indicaba respeto y trascendencia más allá de lo humano. Por su aspecto y por sus acciones era como verlo a San Francisco de Asís.


En Concordia a los 5 días del mes de Mayo de 2020.

MARIA MAGDALENA MAINEZ


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C - Testimonio de Luis Mainez


Por especial favor de mi querido pariente Alejandro Jorge Casañas, que con su pedido me permite rememorar mi niñez y disminuir en algo la deuda de gratitud que, en lo personal y como habitante de esta ciudad de Concordia en esa época tengo con el muy querido Padre Domingo, doy testimonio de todo lo que recuerdo de este ser excepcional.

Estuvo siempre en mi vida, y la de los míos: primero a través de las charlas familiares que lo reconocían como un sacrificado, pero siempre alegre, sostén y apoyo de cuanto afligido, triste o desesperado necesitaba de ayuda, comprensión o simplemente un oído atento que lo escuchara, y luego personalmente, principiando 1958, al comenzar a cursar el “Primero Inferior” – como se conocía en esa época al primer grado de la escuela primaria -, en el Colegio regenteado por los Padres Capuchinos de Concordia, importante congregación Franciscana de nuestra ciudad de mitad de siglo.

Forzosamente los recuerdos son borrosos (la mayoría) y algunos muy vívidos, curiosamente. Debería achacar esta peculiaridad al tiempo y a mí mismo, pero prefiero creer que sólo contaré lo que el Padre Domingo quiere que se diga. Lo conocí en persona, como digo, en la escuela donde lo veo moviéndose entre los niños, en las filas formadas, riéndose con alguno, señalando algo a otro, pellizcando mejillas y azotando suavemente al pasar a un distraído con su cíngulo de tres nudos. Todo muy velozmente, siempre en movimiento. Me dejó la imagen de un pequeño –porque no tenía gran estatura- y gentil remolino repartiendo alegría por donde pasaba, muy a la manera de otro integrante de la orden, Fray Crispín de Chajarí, que se le parecía bastante en la levedad en su presencia, la alegría y el trato cariñoso con sus pares y la gente.

No recuerdo enojos, retos o imposiciones en el trato que, como educador, tuvo conmigo pero sí tengo la sensación de firmeza al señalar cosas que consideraba importantes, mucho tacto y ninguna confrontación. Nunca lo vi quieto, cansado o reposando; no transmitía esfuerzo o cansancio en lo que hacía y siempre utilizaba muy bien su tiempo. Estaba constantemente yendo a hacer algo pero no por ello descuidaba lo que estaba atendiendo en ese momento; simplemente no usaba más tiempo del necesario. Más crecido comprendí que tenía muchos compromisos con la gente, cosas que hacer, situaciones que atender, y no podía, y probablemente no quería, darse el lujo de desperdiciarlo.

Su carácter completa y eternamente afable, su andar nervioso y movedizo, su ejecutividad y eficiencia en todo lo que emprendía, su atención total al escuchar lo que cualquiera le decía, su fervor al, por ejemplo, bendecir por pedido algún rosario que le habían llevado, contrastaban en un primer momento con su voz que recuerdo aguda, a veces atiplada, pero se acostumbraba uno ante la suavidad y firmeza que imponía a lo que decía. Tenía una voluntad de hierro y una constancia a toda prueba, como demostró en la ampliación de lo que fue hasta su intervención la Capilla de la Escuela y que luego de su trabajo se transformó en el Templo actual de los Padres Capuchinos. Para ello recaudó fondos arengando con su voz en incontables homilías que derivaban de la explicación del Evangelio del día al pedido de apoyo para la obra, ”porque no veo el día en que podamos tirar abajo esa pared” (señalando el muro final de la capilla, detrás del cual estaba en construcción la ampliación del templo) y visitando personalmente, montado en su bicicleta, a la feligresía para que no quedara todo en buenas intenciones. Y lo logró, como lograba la ayuda para personas necesitadas bicicleteando incansablemente las calles de Concordia, de uno a otro, uniendo voluntades y a veces recursos humildes –porque pedía lo que cada uno podía dar y, entonces, por su intercesión, cada uno daba lo que podía.

La estampa de este Siervo de Dios que guardo en la parte niña de mi corazón, se conforma también de esa bicicleta que he nombrado (de mujer, decíamos los chicos, porque tenía rayos de protección en las ruedas traseras para la sotana –vestido- y porque el travesaño que todo vehículo de varón tiene, de modo que debe montarse, no existía en ésta). Con ella se lo veía por todas las calles de la ciudad, impulsada siempre por sus pies con sandalias –como conviene a un franciscano-, el cabello tonsurado alborotado por el viento, nunca peinado, y la barba, luenga, ambos completamente canos, sonriente la cara, marrón y basto el eterno hábito, y siempre con rumbo a un necesitado, a un enfermo, a un moribundo, a un desconsolado…, a un muerto con sus deudos, que esperaban un rosario, unas palabras y sus bendiciones.

Sus misas, para nada espectaculares, eran muy sentidas. El clima que trasuntaban hacía comprender que eran una parte importante de su vida y las volvía importantes también para el asistente. Apreciaba, y fue el único al que vi agradecerle a Fray Crispín, ya nombrado, la decoración de los altares con palmas que eran la especialidad de este último. Pero no lo recuerdo, y valoro ese costado, apelando a la emoción o al sentimentalismo, ni en ceremonias ni en tratos personales. No permitía que la gente hablara de lo que por ella había hecho. Aceptaba sonriente y con mucha humildad los agradecimientos, pero no la descripción ni el recuerdo de la ayuda.

Era simple, directo y sencillo, y muy humano y compañero en el apoyo a los tristes. Lo he visto tomar la mano de alguien apesadumbrado, escucharlo atentamente mientras acariciaba con suavidad esa mano, consolarlo con palabras que se adivinaban tiernas y tersas y despedirlo viéndolo irse con esperanza y alivio en la cara. Lo digo por haberlo presenciado y porque el Padre Domingo me consoló a mis ocho años, cuando también me acompañó, escuchó y habló, junto a mi familia, al cementerio donde sepultamos a mi abuelo paterno, mi pariente más querido. Tal vez se note en el cariño con el que lo evoco, que fue para mí la mejor personificación que tengo del Santo de Asís.

Forzosamente, a mis años, no podía saber de sus obras salvo lo que veía y recuerdo y lo que en casa podía comentarse. Pero su nervio y su sentido del servicio debe haberlo llevado a ejecutar muchas.

Para la gente era un santo, pero no un santo de estampita –por así decir- sino un patrono más cercano, más práctico, admirado y mirado como cercano a Dios. Vivía aconsejando y apoyando, aunque, no tengo registro de la índole de esos consejos y ese apoyo, a punto tal de que, si debiera contar cuáles eran los consejos que yo recibía, no recordaría lo dicho, pero sí el efecto sanador, que de hecho aún conservo. Salvo lo descrito –que entiendo como una gracia muy grande y especial-, no conocí ningún carisma personal evidente salvo su poder de sanar espíritus dolientes.

Se contaba, y aún hoy se recuerda, que una vez fue sorprendido en bilocación (o ubicuidad, como se decía) ya que, a la misma hora que auxiliaba a un enfermo con la Sagrada Extremaunción, estaba celebrando misa en su templo de Capuchinos. Pero, no fui testigo de ello; sólo transmito la conseja que no me sorprende como improbable.

En esa época, aún en la escuela de los Padres Capuchinos –o de la Congregación al público- no se hablaba mucho del Padre Pío. Al punto que personalmente supe del Padre Pío más adelante, en mi juventud, y más por mi familia que por la Orden. Parecía haber una especie de autocensura de origen desconocido, por lo menos para mí.

Dos han sido a mi juicio los Hombres de Dios que convivieron en ese tiempo mío de niño, en mi comunidad. Y los dos han sido muy responsables del inicio de la poca o mucha espiritualidad con que cuento. Ellos son: El Padre Domingo de Tacuarembó y Fray Crispín de Chajarí (junto al Padre Pío de Pietrelcina, mis ángeles Franciscanos más queridos). Lo mejor que he podido, he resumido más sentimientos y sensaciones de hechos comprobables o avatares históricos. Pero puedo afirmar que en mis recuerdos (muy difuminados) los sentimientos, las sensaciones, los climas sí los he conservado porque han formado mi niñez y en ella los del Siervo de Dios Padre Domingo de Tacuarembó ocupan un lugar importante y preferencial, como ya he dicho. Y en esos intangibles, tal vez demasiado sentidos, he basado estos recuerdos.

Gracias a quienes lo han permitido.

LUIS MAINEZ


OBSERVACIONES DEL COMPILADOR: A su vez el Señor Mainez manifiesta que el Padre Domingo inicia las obras de ampliación del Templo y que era su sueño ver demoler la pared que separaba a la nueva obra y que era la antigua pared del altar, pero fue trasladado y le correspondió al Padre. Marcos unos 10 años más tarde demolerla.


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D - Testimonio sobre el Padre Domingo de Tacuarembó de Mario Antonio Pisani


Testimonio de Mario Antonio Pisani, de 68 años de edad, DNI Nº 10.198.690, domiciliado en Concordia, calle Pirovano.


Conocí al Padre Domingo de Tacuarembó, porque sin ser alumno me preparé y tomé la comunión en la Iglesia Nuestra Señora de los Ángeles de los Padres Capuchinos, donde asistí también a los Boy Scouts, que dirigía Fray Crispín Todone de Chajarí, que funcionaban en el mismo, en el edificio del colegio, en el ala que da a calle Güemes a un entrepiso al que se accedía por una escalera que daba a la galería del patio principal del mástil. Las clases de catequesis las daba una señora de apellido Cortesía (o algo así), digamos a la parte práctica, pero el Padre Domingo también nos hablaba, y lo hacía de una forma única, era un genio, como un cuento, como una fábula en la que nos involucraba a nosotros dentro del relato y nos hacía muy llevadero el relato y las ganas de escucharlo.

Después en la Misa de 9 de los domingos. Eran misas en latín, y él hablaba desde el púlpito, su sermón que era muy ameno, no largo, al contrario, pero muy sustancioso, muy atractivo. Corto y muy bueno, te quedaba para siempre. Luego nos daba la bendición con el Santísimo. El en la misa se colocaba ricas vestimentas litúrgicas, tradicionales. Pero en la vida diaria el andaba con sandalias sin medias, y con el habito marrón capuchino, bastante viejito o raído. Era de una gran humildad. Las misas eran muy llevaderas, participabas porque él te atraía, éramos una multitud, todos atraídos por él. En particular los gurises (chicos) lo seguían mucho. Él jugaba con los niños. Los cuales teníamos una gran admiración y cariño por su simpatía y buen trato. Si jugábamos con una pelota de trapo, él lo hacia también, siempre con una gran sonrisa, siempre con palabras muy afectuosas, muy cariñosas y siempre relacionadas con la religión. No solo nos daba catecismos, sino que nos hacía visitar en grupo la Iglesia, el colegio y el convento. Nos contaba el estilo de vida capuchina y como vivía, de una pobreza absoluta, nosotros lo veíamos, nos contaba que comían, nos mostraba la cocina y el comedor. Su celda muy humilde, y dormía casi sin colchón. Su vida era muy sacrificada, la de los capuchinos allí era una vida muy sacrificada, de pobreza, así nos hablaban de San Francisco y nos entusiasmábamos, recorríamos todos juntos, todas las instalaciones, nos mostraba como era la vida de un capuchino, austera, humildísima y entregada a Dios. ¡Era un santo!

Siempre nos hablaba con mucha devoción de San Francisco de Asís y del Padre Pío. Nos iba entusiasmando con anécdotas de la vida de ellos. Nos iba atrapando de a poco. Si hacíamos alguna macana no nos retaba, nos hablaba, e marcaba la falta con firmeza, pero con palabras sabias y tranquilas, nos aconsejaba y nos convencía de arrepentirnos y de obrar bien. Con su palabra suave y moderada, pero a su vez firme y con gran autoridad, valía más que un reto. Inculcaba la caridad con el prójimo, con el humilde, con el enfermo, con todos. Él era la caridad. Él era capaz hasta de regalarte el habito, se despojaba de todo y todos queríamos confesarnos con el Padre Domingo. Él era de confesar mucho. Porque él nos hablaba, nos aconsejaba con gran sabiduría, se preocupaba por la persona, nos hablaba de Dios, del bien y nos daba penitencias moderadas, pero más que nada nos pedía que tratáramos de portarnos bien de agradar a Dios, de ayudar al prójimo, de no volver a cometer errores. Él te convencía siempre en la confesión, en la misa o cuando te hablaba.

Él andaba en una bicicleta, que si mal no recuerdo era de color amarillo. Era de mujer porque de esa manera no se le enredaba el habito en los rayos de las ruedas y podía subirse y bajarse cómodamente. La del hombre con un hierro recto entre él apoya manubrio y el asiento. En la de mujer este hierro se curvaba hasta tocar el hierro donde tenía los pedales y las rueda trasera, el guardabarros y el eje tenía unas cuerdas que formaban como una red o protección para que el habito no se le enredara en los rayos de la rueda. Era de freno a varillas. Se ve que era pesada, pero el pedaleaba muy firme y andaba por todos lados, lo encontrabas por todos lados, a cualquier hora y con su hábito. También estaba el Padre Alejandro que tenía una bici moto. A él lo llamaban, lo solicitaban por los auxilios de la Iglesia y el salía en su bicicleta, repito, no importaba la hora, él estaba al servicio de la gente.

Él me dio la primera comunión, y me presentó al Padre Pío de Pietrelcina. Nunca jamás me olvidé de Padre Domingo, aun hoy lo extraño y lo recuerdo con muchísimo afecto.

Lo llamaban a cualquier hora por una persona enferma o que se estaba muriendo y el salía enseguida. Había pocas calles pavimentadas, incluso 25 de Mayo de la manzana de Capuchinos era de tierra, arenales, y el pedaleaba igual. Con fuerza. Y visitaba a todos sean o no católicos, sean o no practicantes. Hablaba y escuchaba mucho a la gente. Lo quería todo el mundo. Jamás escuche a nadie hablar mal de él o una sola queja, al contrario era devoción que tenían con él. La gurisada (los niños) lo seguían como cachorritos. Era increíble, como atraía por su forma de ser y siempre nos conducía a la religión. Él era pura religiosidad. El tenía una apertura a todo el mundo. No todos los frailes tenían ese carácter, él era especial. Todos lo querían. Transmitía paz. Eso es. Transmitía paz.

El siempre pedía y juntaba plata para la iglesia. ¡No se salvaba nadie!

Cuando nos enteramos que se lo llevaban de Concordia, sufrimos mucho. Nunca jamás lo vimos de mal humor, al contrario y siempre nos contaba historias religiosas, todo de religión. Él hablaba pausado, sumamente tranquilo. Pura dulzura. Era menudo, era flaquito no más de un metro sesenta, o sea como decimos “petiso”, muy delgado, pelo canoso, una gran barba, nos parecía un viejito, pero con una gran fuerza, con una gran vitalidad, y así andariego, andaba por todos lados. Tranquilo, él era tranquilo, pero de andar rápido. Hablaba con todo el mundo, conocía a todo el mundo y sus historias y todos los conocían. Inolvidable su forma de enseñar En entraba a todos lados, a todos los hogares llevando su palabra de consuelo, pero siempre su religiosidad. Llevaba a Dios. Él era el amor personificado.


Concordia, 5 de Mayo de 2020

MARIO ANTONIO PISANI



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E - Testimonio de Juan Vicente Ponce sobre el Padre Domingo de Tacuarembó


1 – Conocí al Padre Domingo María de Tacuarembo en el año 1959, posterior a la gran creciente del río Uruguay de ese año, cuando los Padres Capuchinos se hicieron cargo de la reconstrucción de la Capilla de ese entonces de la Gruta de Lourdes. El Padre Martín María de Bs. As. se hizo cargo de esa tarea y se pasaba todo el día en la Capilla. Él era el Director de la Congregación Mariana de Jóvenes de los Padres Capuchinos, de las dos ramas masculina y femenina y me invitó a ir a Capuchinos a participar de esa Congregación. Seria Junio - Julio de ese año cuando conocí al Padre Domingo.

2- El Padre Domingo fue un tiempo confesor mío, después que lo desplazaron hacia el Convento de Santa María de los Ángeles de la Capital Federal al Padre Martín, que era mi confesor. Participaba yo de una experiencia de los Capuchinos que la llamaban Seminario abierto, en el que trabajábamos y a la noche estudiábamos, lo que serian las materias de primer año me imagino, y Domingo era el Director.

3- Era un cura de una paciencia infinita. El conducía también la Congregación de las Hermanas Terciarias de Capuchinos, muchas mujeres de edad bastante avanzada y él las contenía a todas y ellas lo adoraban.

4- Domingo era de apariencia frágil, pequeño, pero los que lo conocíamos y frecuentábamos, conocimos que era de una firmeza inclaudicable, como quien tiene claro su objetivo, tal vez su destino. Cuando nos reprochaba algo, mostraba un carácter fuerte.

5- Cuando se dirigía a nosotros, en la reuniones, tenia una forma convincente de expresarse; en las confesiones era suave, no lo recuerdo nunca gritando y sí su carcajada, que evocaba campanitas. Era un cura alegre.

6 – Lo que conocí yo: Domingo era el Capellán del Hospital Felipe Heras en esa época en que Martín estaba trabajando en la reconstrucción en Lourdes y además era el Director de Convento. No recuerdo si también era el Director del Colegio, que era exclusivo para varones con internado. También funcionaba en esos años el Club de Basquetbol Capuchinos, competíamos en la liga de Concordia. Tengo el recuerdo de Domingo en algunas noches verlo sentado en la tribuna del mismo, porque era indudable que el Club funcionaba con la autorización de Domingo. Teníamos muy buenas instalaciones de vestuarios con agua hasta caliente que no todos los clubes tenían. Era todo azulejado con mas de 15 duchas individuales de primera calidad y eso seguro que autorizado por el Director del Convento.

7 – Yo no fui alumno del Colegio. No tengo idea que papel jugaba en el Colegio en sí, sí que su presencia era permanente en el mismo. Recuerdo que allí nació el Coro Estable de Concordia que lo dirigía el Padre Alejando María de Rosario y que lo autorizó Domingo, coro que tiene una larga trayectoria en todo el País. Y lo integrábamos, al principio, muchachos y chicas de Capuchinos hasta que comenzó a ampliarse. Ensayábamos en el comedor de los curas y Domingo infinitas veces se sentaba a escuchar los mismos. Se ve que le agradaba el arte.

8 – Con el templo, trabajo en la continuación de la nave en donde está actualmente el altar, con un constructor italiano que, según recuerdo, era muy amigo de Domingo. La ampliación es la que está actualmente hacia el oeste del templo. También Domingo era medio constructor y no le mezquinaba a la cuchara de albañil.-

9 – Salvo que era el Capellán del Hospital Heras, que era el único en esos años, no recuerdo otra actividad de él. Salvo las que llevaba a cabo en el Convento del que era el Director. Pero yo no conocí, no quiere decir que no realizaba otras actividades.

10 – Su bicicleta era su vehículo predilecto para trasladarse. Aunque también, seguro que donada, el Convento tenia una bicimoto que si no me equivoco era una Siambretta, pero esa la usaban los otros curas, Alejandro, Vito y Martín, aunque algunas veces se lo vio a Fray Crispin también, Cuando Domingo encaraba la subida de calle Sarmiento, que en esa época corría de sur a norte, la subía en zig-zag, porque, según decía él, era mas liviano.

11 – Con la Congregación Mariana comenzamos la construcción de la Capilla de Lourdes -en la que puso al frente al Padre Martín- que luego se transformó en la Parroquia de Itati, no recuerdo si en ese lugar en el que está ahora, pero sí que nosotros íbamos todos los domingos después de la Misa de las 8 de la mañana a enseñar el Catecismo hasta que los chicos tomaban la primera Comunión. Al año siguiente se comenzaba otra vez. Recuerdo que hacíamos campañas para recolectar ropa, alimentos no perecederos que almacenábamos al lado de la Sacristía, y seguro que Domingo controlaba todo porque Fray Crispín nos controlaba y nos ayudaba a preparar los paquetes para entregar y después le informaba a él.

12- Domingo era un motivador de los fieles. Su manera tan humilde pero a la vez firme de conducir el Convento te hacia sentir que estabas en “buenas manos”.

13 - Domingo nunca tenía problemas de horarios ni días para visitar a sus enfermos, confesarlos y llevarle la sagrada comunión.

14 - Debo reconocer que le “disparábamos” a ayudar las misas de Domingo porque eran, para nosotros jóvenes, interminables. Era indudable para nosotros que Domingo entraba en trance cuando celebraba y veía y conversaba con Jesús y con el Padre. Se olvidaba que estaba celebrando y que estaban los fieles. Y cuando llegaba el momento de la Consagración, se poseía totalmente y cuando elevaba el Cuerpo y la Sangre de Jesús era impresionante, a mí, a la distancia en el tiempo, era como que un halo de luz lo envolvía. Esa es la impresión que me quedo de aquellos años y que me parece aún verlo.

17- No recuerdo que alguna vez halla tratado mal a la gente que concurría al Convento, ni haber escuchado nunca algún reproche en contra de Domingo.

18 – Salvo nosotros, los jóvenes que en esos años militábamos en Capuchinos y le disparábamos a la disciplina necesaria, creo que la inmensa mayoría de la gente que conocía a Domingo, lo creía un santo. Nosotros estábamos en la Congregación, por lo tanto, nos exigía un mejor comportamiento frente a la sociedad, pero él era bondadoso, cordial y siempre tenia una sonrisa a flor de labios.

20 – Siempre lo conocí con el hábito de capuchinos. Era sencillo y cuando estaba trabajando en algo manual, se ponía uno medio raído, que lo tenia manchado de pintura, cal y otros elementos. Siempre fue sencillo para andar.

23 – Con respecto al Padre Pío, lo que tengo como un recuerdo es que estaba yo en la cabina telefónica que se ubicaba al principio de un largo pasillo que culminaba en la puerta de acceso al Templo, frente a la sacristía, frente a la entrada al templo estaba Pío con dos o mas frailes, pero fue muy fugaz porque no sabia que era Pío sino que después me comentaron que era él, y lo que me parece que se comentó, fue que estuvo poquitos días y que estaba castigado el Padre Pío. En aquel tiempo, no le dí importancia a ese hecho y por eso es un recuerdo muy borroso.

24 – Domingo tenia fama de santo. Nunca conocí si tenia dotes de sanador ni nada por el estilo. Si que era muy querido en la Comunidad.

Juan Vicente Ponce


NOTAS DEL COMPILADOR CON RELACIÓN A ESTE TESTIMONIO:


OBSERVACIÓN 1, CON RESPECTO AL PUNTO 23 - PADRE PÍO

Dadas las características del tema se le repreguntó si no se podía tratar de otro Pío. En esa época había dos capuchinos uno en Corrientes y otro en Buenos Aires que se llamaban Pío. Pío de Rosario (nació el 9/7/1909 y fallece el 1/8/73) y Pío de Oricaín (nació el 18 de Octubre de 1879 y fallece el 28 de Octubre de 1963), a lo que manifestó que había sido el Padre Querubín Giménez quien le manifestó que era el Padre Pio de Pietrelcina, pero que Querubín era un hombre muy particular. En esas circunstancia el menor, no guardó mayores recuerdos mas que ver ese fraile anciano, a la lejanía y acompañado de otros frailes y lo que se acordaba era de la observación y advertencia del padre Querubín. Ello fue acompañado de su hermano.


OBSERVACIÓN 2, ALGUNOS APUNTES TOMADOS POR EL COMPILADOR de la conversación telefónica con el señor Ponce previa a su testimonio por escrito:

El Padre Domingo subía la cuesta de calle Sarmiento que (circulación era de sur a norte) porque iba a la capilla del Hospital donde era capellán. LA capilla era para todo público con misas muy concurridas por él. La misa era a las 6 y se quedaba hasta las ocho y media que volvía luego de visitar enfermos. Siempre iba y volvía en su bicicleta. El tenía una bicicleta amarilla de mujer para poder subir y andar con el habito, que se lo enrollaba en el cíngulo. Además las rueda trasera tenía protección de piolas para que no se le enrede el habito. Las subidas las subía haciendo eses, zigzagueando. Yo le pregunté ¿por qué? Y me respondió que era para hacer menos esfuerzo. "Nosotros teníamos una Confederación Mariana de Jóvenes” que dirigía el P. Martín María de Buenos Aires, que era un fraile muy joven. Teníamos algunos discos de pasta. Si en la portaba había una mujer, en ese entonces de pollera, venia el P. Domingo con un papel blanco y calladito se lo pegaba con goma de pegar.

Era un Santo en su forma de vida. Era bueno, muy bueno, un pedazo de pan. A veces bendecía con el Santísimo, en esa época no era frecuente. Pero lo hacía con una gran ceremonia, él se transformaba. Sentías que allí estaba Jesús. Cuando estaba en el Altar dando Misa sentías su respeto y adoración que le prodigaba a ese lugar. Miraba la Hostia como contemplando, como viendo a Jesús allí. A las 5 de la mañana el daba la primer misa de los domingos en Capuchinos.

Nunca me voy a olvidar el silencio, el respeto del Padre Domingo, parecía que se iluminaba. Sentías como el adoraba al Santísimo Sacramento. Era un Santo. Una vez se dijo que mientras Domingo estaba en Concordia, Padre Pío estaba como escondido por unos pocos días. Yo lo vi… era muy parecido. Yo y mi hermano lo vimos, al costadito del Altar, donde estaban los frailes.


Compilación de testimonios cortesía de Alejandro Jorge Casañas, Mayo de 2020


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