Diferencia entre revisiones de «Poemas de Infancia Puntaesteña II»

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===Finisterre de infancia===
  
  
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yo creo que una bella infancia
  
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rebelde al liceo arrastré:
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hay un semblante de ensueño
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estampado en mi carné.
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Un día le dije a Collazo:
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- el escudo está muy mal;
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si compra lo necesario
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yo se lo puedo pintar.
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¿Cómo pudo hacerme caso?:
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misterio de educación,
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abrió la jaula a mi sueño,
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dio alas al mi convicción.
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Compró el Director pinceles;
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lija y pintura adquirió;
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me llevé a Punta del Este
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al despintado blasón.
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Lijé la oval hojalata;
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ciego el escudo quedó;
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ante el temerario intento,
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de golpe el miedo surgió.
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El sol, la balanza, el Cerro,
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caballo y buey a pintar,
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laurel y olivo por fuera,
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letrero descomunal.
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Coronando la estructura:
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"Liceo Departamental";
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y: "Enseñanza Secundaria"
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abajo, para cerrar.
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Dibujé un papel; di fondo
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y el miedo se retiró
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poco a poco, ante el esfuerzo
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y al fin se desvaneció.
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la balanza, era balanza;
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el Cerro, cerro lució;
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el caballo, el buey surgieron
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y por supuesto un buen sol.
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Olivo y laurel y lazo,
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las letras, su proporción,
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la equidistancia legible,
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todo, bien se figuró.
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Los esmaltes, los metales,
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piezas, particiones son,
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entonces como un milagro
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para gran satisfacción.
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Se entregó un oficio entero
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ante mi ardiente ambición
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y hasta un inconfeso orgullo
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en el alma me nació.
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Un querer, tan inocente;
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tan presuroso el amor;
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el sueño corporizado
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no cabía en mi corazón.
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Collazo aprobó la obra;
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cuando el escudo se izó,
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yo mismo quedé instalado
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encima del portalón.
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Saqué una fotografía
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trofeo de mi decisión;
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en Román Guerra y Florida,
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mi esfuerzo se perpetuó.
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Y pienso en cuanto a la infancia:
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se debe escuchar su voz;
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si con amor se la llama,
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nos alegra el corazón.
  
  

Revisión actual del 09:49 21 oct 2026


Tapa del volumen de poemas de Umberto Pereira cuyo contenido se reproduce en este capítulo.




De Umberto Pereira, "el poeta de Punta del Este"

Primera edición: 1994


Nacimiento

La mar se hace con espuma,

con olas, ondas y viento;

y se hace con cielo a veces,

cuando se aquieta su espejo.

La mar, movimiento y algas,

peces, mariscos y sueños,

se entrega a la travesía

infiel al llanto del puerto.

Volandera de inmigrantes,

durmiente en nativos viejos;

harina de la esperanza,

pan amargo de los miedos.

La mar tiene su querencia

escondida en nuestro pecho;

y enamora en una Punta

al Este del Universo.

Mar de dos islas, dos faros

y Punta que está en el medio

y hasta un alma de gaviota,

con su continuo aleteo.

Desde el sol resucitado

hasta el astro casi muerto,

medio poema; y por la noche.

luna y estrellas, el resto.

La Punta es una mujer

con un corazón de fuego;

y el agua inventa la espuma

para decirle: te quiero.

Viene paz y claridad

del sol, del mar y del viento;

pero la sed no se apaga

aunque la nutra el silencio.

La mar, llanto milenario;

sonrisa, espuma del tiempo,

en la cresta de las olas,

ilusiona a los cruceros.

Y después de nueve meses,

mi madre vio que era bueno

que este amor saliera niño

y aquí estoy, cuatro de enero.


El boliche

"The Cottage", sería el modelo

que aquel boliche copió:

con dos salones, dos piezas

y cocina y comedor.

Había en el boliche, cuentos,

borrachos y carcajadas;

un mostrador de madera,

gente jugando a las cartas.

Figura de león muy serio

una leyenda lucía:

"Cuando este señor se ría

seguro que se le fía".

Contenían sin fin de yuyos

sendas botellas de caña;

y ferné y vermú y coñac,

caña paraguaya y grapa.

Un desnivel del salón

bajo una puerta; una tabla

corrediza; allí, bebidas,

que la ley no autorizaba.

Y un tonel guardaba el fino

y de allí se trasegaba;

una mesa de billar

y hasta una preciosa báscula.

Su pilar tenía estampados,

signos que me deslumbraban;

coloreados de amarillo

sobre azul se destacaban.

Yo iba después de almorzar;

- Papá: vino; reclamaba.

- ¿Quién vino?, me resondía

y una copita me daba.

Se subían de la vereda,

cinco escalones; la Mansa,

Isla, Puerto y horizonte,

también al boliche entraban.

Boca Chica, Boca Grande,

el Pan de Azúcar, las Ánimas

y ese sol hecho y derecho,

que al fin el agua se traga.

Todo es una nebulosa

muy hermosa de la infancia,

a la que conservo viva

y en la que el tiempo no pasa.

Que para Punta del Este,

a lo largo, ha sido, nada;

y como ya no se ve,

se ha hecho memoria encantada.


Después del sol

El Pan de Azúcar, la sierra,

sinuosos de añil, apoyan,

empujes de luz del cielo,

con sueño de última hora.

Es después del sol; el cielo

entre lechoso y rosado;

un mar-laguna, sin viento,

pierde su plata callado.

Gorriti luce de verde;

de gris la Punta Ballena

y la luna de amarillo

y el monte de verde tierra.

Aunque sumerge la vida

la triste ausencia del astro,

la orilla igual se sonríe

de blanco; siempre de blanco.


Primer Campeonato Mundial de Fútbol

El Campeonato del Mundo

se juega por la primera vez;

su sede es Montevideo

y el Uruguay lo quiere obtener.

Es mil novecientos treinta

y vamos a jugar la final,

se estrenaba el "Centenario";

jugaba Argentina y Uruguay.

Los argentinos reclaman,

se juegue con su propio balón;

y el sorteo los favorece;

buen presagio les pareció.

Punta del Este está lejos;

muy lejos en la mentalidad

de mis solos siete años,

a los que el fútbol conquistará.

Boliche de Antonio Chiossi,

tiene una gran radio "Awaterkent";

muchos hemos concurrido

a oír al speaker de CX6.

También han llegado "al Este",

cartones con la imagen del field,

cuadriculado y con números

y al juego se lo podrá seguir.

El speaker con frecuencia,

diría en qué "cuadro" estaba el balón

y nosotros, con un lápiz,

iríamos recorriendo la acción.

La angustia del primer tiempo;

y el cuatro a dos y el pito final;

y todo Punta del Este

que por "Gorlero" festejará.

Pistón y violín en ristre

del "Negro" García y Aramís van;

guitarras de Juan Lalinde,

Roberto Quesada y Juan Gastán.

Cuando a lo de Balzarini

al "Tito" fuimos a reclamar

junto con su mandolina,

Domingo, permiso, no le da.

Y es que "Mingo" era argentino;

y su congoja le quitará

el equilibrio preciso,

para dejarlo manifestar.

La Marcha de San Lorenzo

una y mil veces se repitió;

los uruguayos campeones,

fueron el colmo de nuestro honor.

Fíjate tú Cayetano

Silva, carolino de excepción,

cómo volaría tu música,

con tales alas de la emoción.


Susto I

Estuve a punto de ahogarme

una vez; era en la Isla;

me levantó de los pelos

Lorenzo Amerio, ese día.

Es que no sabía nadar

y me caí desde el bote

que a la vuelta de un asado,

iba cargado hasta el tope.

Desde la popa venía

caminando por la borda;

y en equilibrio inestable,

estaba pasando a proa.

Se había levantado viento;

la mar estaba encrespada;

momento de virazón;

el bote se balanceaba.

Me dieron para cambiarme

un traje azul de mezclilla,

en Enrique, en el que "nadaba"

y que a todos movía a risa.

Allá en la popa del "Mero",

de pronto me requería

don Juan para registrarme

en una fotografía.

Al verme con aquel traje

de su intento desistió;

lástima que el documento

de ese modo se perdió.

Pero no se perdió el susto;

desde entonces me acompaña;

y me dice: ten cuidado;

no se juega con el agua.


El repartidor de pan

la Panadería "Plus Ultra"

era de Manuel Moar;

su carro de cuatro ruedas,

un caballo tirará.

Son las ruedas delanteras

más chicas que las de atrás;

el carro tiene pescante

con techo para guiar.

El carro, es una belleza;

pintura multicolor

con letreros laterales

y en la puerta posterior.

Con "Panadería Plus Ultra";

arco semicircular;

"de Manuel Moar", en la base,

pero en trazo horizontal.

Repartos a domicilio

de Pepe Cabrio y a más,

un peoncito clandestino,

sin que lo sepa Moar.

Puede comer el peoncito

"cañoncitos" y tendrá

paga de cinco centésismos

por día, por colaborar.

Llueva o truene, el frío o el fueglo

del sol, son parte del plan;

la tarea es muy divertida

y no se debe faltar.

De vez en cuando, las riendas

le pasa el repartidor;

guiar el carro es una cosa

que acelera la emoción.

Y además del recorrido

de toda la Punta, entrar

y recibir la sonrisa

de los que esperan el pan.

Historia de maravillas;

peón de siete años no más;

y aquellos cinco centésimos

que son el primer jornal.


La mar es una bandera

La mar es como un cerebro

y los peces su memoria;

y los barcos la ilusión

que a cada puerto enamora.

La mar es techo, a mil aguas

inconstantes y los vientos,

le multiplican caídas,

le cambian los vertederos.

La mar imita a la tierra;

mas sus colinas, trashuman;

y son una alfombra mágica,

con torrenteras de espuma.

La mar es constante sueño

sin principio ni final;

camino que siempre empieza

sin saber adónde va.

La mar es una bandera

y flamea como una llama

que nace en el corazón

para alimentar el alma.


El niño y el río

Las aguas del río

largaron amarra,

en el manadero

de cumbres serranas.

La vida del niño;

don, milagro, gracia,

se despierta una mañana.

La vida del niño,

la vida del agua:

dos fuentes distintas

y una sola marcha.

El río va al cielo;

regresa cantando;

el niño se baña

y asciende en su canto.

Dos voces, dos vidas;

marcha, vuelo, canto,

moldes, formas, cuerpos,

en continuo cambio.

El río se ensancha

por inquietas rutas

y ciñe las islas

que brotan en fruta.

El niño es corriente

que acopia cultura;

un río pensante, isla;

tiempo que madura.

Fuentes y corrientes,

voz, igualdad, cambio;

frutos diferentes

de seres hermanos.

En el mar inmenso,

hay ríos que se pierden;

y el niño añejado

se quema en su fiebre.

Dos fuentes distintas

logro discurrir;

dos clases de fruta

y un solo morir.

La vida del niño;

la vida del agua;

son dos manaderos

y una sola gracia.


Susto II

Hacía ya bastante tiempo

que había aprendido a nadar;

y recorría la bahía,

de barco en barco al azar.

Las charlas con los de a bordo,

la delicia de nadar,

medio pez y medio barco,

en nuestra madre: la mar.

Al llegar a cada barco,

descansaba en la cadena;

luego nadaba otro trecho;

por fin, llegaba a la arena.

A dos barcos de la costa

me encontraba descansando;

ya quedaba otra cadena

y hacer el último tramo.

Estando en mitad del trecho

hasta aquí el último barco,

zarpó de su amarrazón

y me dejó sin descanso.

Dije: descanso en la boya;

pero al quererme apoyar

la boya se hundió y el susto

no te lo puedo explicar.

Se esfumó toda mi fuerza;

pensaba que me iba a ahogar

y ya con mi último aliento,

¡auxilio! empecé a gritar.

Aunque cerca de la costa,

invadido por el miedo,

seguro que me habría ahogado,

el mortal desasosiego.

León Scoy, un gran "cellista"

que en "La Cigale" se lucía,

bajito, gordo, francés,

nadaba de maravillas.

Se tiró al agua y nadó

y allí se terminó todo;

le dije: no le haré peso;

y apenas me tomé en su hombro.

Con un brazo me apoyaba

y nadaba con el otro;

así no estorbé su impulso

ni su gesto generoso.

Con unas pocas brazadas

alcanzamos a hacer pie;

León Scoy, mi guardavida:

nunca más te olvidaré.

Me tiré desfallecido

sobre la arena caliente;

de mi lado no se iba

el fantasma de la muerte.


Las "llamadas" en el cielo

La luna está calentando

su lonja en plena tarde estival;

para un corso de "llamadas"

a las estrellas convocará.

No se ven las mamas viejas

ni gramilleros; sólo el tambor

de luna, lonja amarilla,

esmerilada copia del sol.

No se ve al tamborilero

que en este caso es el mismo Dios;

baqueano en templar la luna

para que alcance a dar todo el son.

Y no se ve la fogata;

pero una lonja de ese color,

asegura a quien conoce,

que arde ahí no más, cerca del cordón.

No hay que renunciar al baile

ni al escobero ni al gran chas chas;

las llamadas entre estrellas

son una cosa de imaginar.

No por estar tan lejanas,

sus lonjas pierden la realidad;

como prueba, las estrellas,

si las golpean titilarán.

cuelgan del hombro, los ángeles,

cada uno, su barrica estelar;

como a los negros les sale

del alma "llamada" universal.

Lonjas de luna y estrellas,

ángeles de la noche y chas chas,

orbitan con sus "llamadas"

y el cielo es fiesta de carnaval.


Del agua a la espuma

Hidrógeno con oxígeno

se casaron y ahí está

el agua; nueva familia,

que la vida alumbrará.

Las especies subacuáticas

y su armonía celular,

comienzan en tal sustancia

y a temperatura ideal.

Se vuelve vapor el agua

cuando decide volar;

y al bajar sobre la tierra

de verde la regará.

Y la semilla y el huevo

y el embrión, siempre tendrán,

un entorno de agua amiga,

que al ser lo han de madurar.

Agua es carro de transporte

del alimento esencial;

y a la par, de la basur,

que es preciso eliminar.

Del gran cuenco de los mares

al jagüel elemental,

todos los seres vivientes,

del agua dependerán.

Y del arroyo al océano,

el viento cortejará

al agua que se enamora

y a la espuma procreará.

La espuma es breve burbuja;

intermitencia de amor;

eclosión blanca que muere,

dejando espacio a otra flor.


Entre dos luces

Aquella tarde la luna

lucía muy abollada;

y en el corazón tenía

una multitud de manchas.

en su coronilla en cambio

y en el borde, deslumbraba,

con una luz amarilla

en el cielo recortada.

La noche ya estaba cerca

y la luna se elevaba

y con su fuelle, las olas,

entre dos luces soplaban.

Gorriti levó las anclas

y en las sombras navegaba;

la luna, tan luminosa;

la Isla, tan apagada.

Y en una Punta del Este

sin sol, se desdibujaba,

borronéandose, el contorno

de los montes y las casas.

Porque les sentí el murmullo,

sé que las olas estaban

filtrando entre las arenas,

sueños de sábanas blancas.


Los trapos

Las telas que habían tramado

con hilos, su esperanza de unión,

heridas por la tijera

y la costura, entran en función.

En la percha de los cuerpos,

tragicomedias escucharán,

que el agua y jabón se llevan

y en el secreto desaguarán.

Tienen, las ropas tendidas,

una animada conversación

con el viento y con el cielo,

en un discurso multicolor.

Agitados argumentos

que se detienen a acariciar,

la blancura de una nube,

sobre un celeste de eternidad.

Se les seca la garganta

en el frenético parlotear;

les ha subido la fiebre

y se descuelgan a reposar.

Y otra vez: viajan en cuerpos

y algas en agua o banderas son;

y al fin, cada una se olvida

a qué vestido perteneció.


"Cotorrita"

El "Yacht Club Punta del Este"

tenía una chalanita

verde, chiquita, preciosa,

que llamaban "Cotorrita".

Cuando era poca la gente

para navegar a vela

iban en la "Cotorrita"

hasta el "Sloop" que saliera.

Años de los dos "Sloop":

"Zapicán" y "Tabobá";

del patrón Elbio Pereira

marinero de verdad.

Marinero que en el "Helo"

de Baudrón, se consagrara;

"Tito", cuando vino al Club,

ya tenía una larga fama.

La "Cotorrita" cumplió

mucho tiempo su tarea;

pero dejó de ser útil

la pobre chalana vieja.

Estaba par el desguace;

se iba a pique dos por tres;

"hacía agua" por todos lados;

nadie le ponía interés.

Se la pedí al Comodoro;

don Juan me la regaló;

y en el fondo de mi casa

poco a poco se murió.

Pensaba en calafatearla;

nunca la pude arreglar;

aunque en sueños me veía

como dueño de la mar.


Perdido en el bosque

Me había perdido en el bosque

y no podía al camino salir;

y la tarde se apagaba

desorientada con mi sufrir.

Ya sin puntos cardinales,

casi sin luz en mi corazón,

sentía crujir la pinocha,

con sombras de desesperación.

Y aquellos troncos de pinos

que se empeñaban en estrechar,

distintas sendas fallidas,

oscurecidas de soledad.

Sube y baja en una marcha,

quebrando a cada paso un tic tac,

que aumentaba la impaciencia,

donde un segundo era eternidad.

En viaje a ninguna parte

esa agonía, se iluminó:

la voz de unos pescadores

el rumbo opuesto me señaló.

Dejó de ser una sombra

la sumergida idea de salir;

mi corazón extraviado,

acompasado, volvió a latir.


"Nenúfar"

Armando Grandi tenía

bote neumático hermoso;

para la emoción de un niño

andar en él, era el colmo.

Y lo bautizó "Nenúfar"

uniendo dos maravillas:

la de aquel bote increíble,

la de la flor tan bonita.

En Punta del Este nunca,

se había visto un bote así;

un enjambre de muchachos

en él se quería subir.

Me pidió que le pintara

el nombre sobre la popa;

lo pinté y me parecía

haber hecho obra grandiosa.

Fue un orgullo realizar

lo que parecía imposible:

el pintar sobre la goma

y sin embargo; ¡lo hice!

¡Qué lindo que me quedó;

qué nítidas, qué parejas,

qué pulso me descubrí

para delinear las letras!

"Nenúfar" era una flor

flotando sobre las aguas;

y un solemne capitán,

Armando mientras remaba.

El bote inflable era gris

y las letras eran blancas;

y aquella alegría la siento

batiendo dentro del alma.


Tiempo de luz

La mar se transforma en cielo

en la línea de horizonte;

paleta de amanecer,

mezclando platas y cobres.

Agua azul, espuma blanca,

ocre de arena mojada;

arena seca amarilla;

verde festón de las algas.

Con ruido sordo, las olas,

desenvuelven abalorios,

que extienden sobre la costa,

como si fueran tesoros.

Y mi atención les concede valoración delirante;

sumergido en aire fresco,

hago eufórico balance.

Ánimas y Pan de Azúcar,

cielo, monte, arena, mar,

con la luz que crece y crece,

recobran su identidad.

Con un leve movimiento

y oscilación de los palos,

barcos sujetos a un ancla,

sueñan que están navegando.

Aletean las gaviotas

para encender claridades;

a la mar, maragullones,

le remueven los esmaltes.

Están, murallón y muelle,

dormidos como una piedra;

Gorriti en cambio, disfruta

con la brisa mañanera.

Entro en el mar y parece

que el centro del universo,

abriera una flor celeste

para perfumar mi tiempo.

Las ansiedades del vuelo,

matan a la mar de sed;

las turgencias de las olas,

no le caben en la piel.

Desde que el sol se despierta

hasta que reina la luna,

la mar corteja a los hombres,

con un retumbar de espuma.

Punta del Este, es belleza;

el sol, balsámico aliento;

la mar, baño, sal y yodo;

mensaje de amor al viento.


El trigémino

Iban Piroto y Clavijo;

iban Maroche y Lobato;

con rumbo a Montevideo,

con Bonilla, en su Ford "cuatro".

Causó una fe contagiosa

la aplicación al trigémino,

para curar reumatismos;

y todo se quedó en sueños.

Esas violentas descargas

afrontaron con coraje,

sobre un punto tan neurálgico,

con ilusión, los viajantes.

Vinieron mejor... dijeron:

la sugestión era tanta,

tanto era el deseo de cura,

que sonrientes caminaban.

Y todo siguió su curso

cuando pasó un breve tiempo;

la magia se había acabado

y el dolor, volvió a su asiento.

Quedó si, en Punta del Este,

el agitado recuerdo,

de aquella excursión lejana

a buscar santo remedio.


Remar

Remar es fácil; enganchas

cada estorbo en su tolete

y con los remos a bordo,

un almirante te sientes.

Descalzo empujas al bote

afirmándote en la arena

y cuando zafa, en su borda

te sientas y balanceas.

Y vuelcas los pies a bordo,

te paras, luego te sientas

en medio de los dos remos,

para empezar la tarea.

Después empuñas los remos;

las palas echas al mar;

los emparejas y extiendes

los brazos, para remar.

Mira que las palas caigan

verticales y a la vez,

no las hundas demasiado

porque así, no avanzas bien.

no tampoco a flor de agua;

el remo se debe hundir;

y las manos, cuando jalas,

no han de chocar entre si.

Reparte bien en los brazos

la fuerza y al levantar

las palas, un leve giro

a los remos les darás.

Ya sabes: que sea parejo

el impulso; deberás,

hacer un camino recto

y no en forma de zig zag.

Mantén bien acompasado

el ritmo de las remadas;

y en cada descanso escucha

el escurrir de las palas.

Has de voltear la cabeza

de vez en cuando y mirar,

a ver que tienes a proa;

no se cosa de embicar.

Cuando has de virar la proa,

da a un remo, fuerza adelante

y al otro atrás; de manera

que gires con el contraste.

Para arrimarte a otro barco

marcha en línea paralela

y al fin, sólo el remo externo,

con un suave zig zag rema.

Pero si subiste al bote

por el gusto de remar,

disfruta la maravilla

del agua y la inmensidad.

Es lindo remar de noche;

"quebrar" los remos en "fuego",

en tiempo de noctilucas,

entre susurro y silencio.

Rema; te esperan los mundos

de verdad y de belleza;

no le des tregua al crucero;

enfréntate a la marea.

Remos, estelas y fuerza

y el gozo de navegar;

de acariciar al planeta

sobre la piel de la mar.


Matilde Lalanne

Enseñando catequesis

pasa la vida Matilde;

una enorme vocación;

un alma santa y sensible.

Un mirar que a la distancia

parece encontrar a Dios;

Dios traducido en sonrisa,

enseñanza y oración.

Una enseñanza tan clara,

tan firme, segura y limpia;

tan de hermana, tan de madre,

tan de santa, tan de amiga.

Preparabas comuniones

en veranos puntaesteños,

que para honrar a la Virgen

se hacían el dos de febrero.

La familia de Parodi

vivía atrás de la capilla;

me regalaron el traje

que lucí para la misa.

Me puse aquellos championes

y de a trechos me paraba

para mirarles las suelas;

no quería que se ensuciaran.

Iba como con alitas

con la moña puesta al brazo,

a recibir al Señor

con mi libro y mi rosario.

En aquella elevación,

una sensación impar

se paseaba por mi pecho

y por mi espina dorsal.

Después, al son de la música,

reclinarse a comulgar;

hacer un albergue a Dios,

a su muerte y caridad.

Y cantar, creo firmemente

que Tu estás en el altar;

y conviertes cuerpo y sangre,

en un celestial manjar.

Las décadas han pasado

con claridad y borrasca;

pero el pecado, es pecado

y obrar bien es obra santa.

Matilde: cuánta ternura;

cuánto amor, cuánta eficacia;

todo lo bueno en mi vida,

lo asocio con tu enseñanza.


La alegría

De la orilla al horizonte

el mar se pone a brillar;

y en ese encrespado espejo

el cielo mira su faz.

Tiene un mantillo de seda

sobre los hombros, la mar;

crece el viento y a soplidos,

olas y espuma creará

las olas, contra la costa,

se vienen a desplomar;

y componen y ejecutan

pegadizo ronronear.

Reptando sobre la arena

las trillas quieren borrar,

hechas por plantas descalzas

que buscan felicidad.

El agua espuma se cuaja

en la orillita del mar;

desintegra la blancura

que la arena atrapará.

Lobos, la Punta, Gorriti,

son los barcos donde va

navegando esta alegría

de vivir y de soñar.


Los papas de Hardoy

Desde muy niño a la tierra

un gran amor profesé;

heredado de mi padre

que la trataba tan bien.

Es cierto que me cansaba;

pero qué lindo era veer

los anchos surcos abiertos,

las nuevas plantas crecer.

mi madre estaba orgullosa

de que plantara en mi casa;

y a María Isabel Hardoy

le fue a contar mis hazañas.

María Isabel fue a la quinta:

la vimos impresionada;

y entonces quedó acordado

que a ellos también les plantara.

Con cerco de transparentes

de cinco metros por diez,

la quinta era resguardada

al costado del chalé.

En primavera a dos quintas

mis trabajos dediqué;

con dos tablones de papas

a los Hardoy esperé.

Las cuidé, las escardé,

regué cuando fue preciso;

y el buen tiempo me ayudó;

me miraba en el plantío.

¡Qué alboroto; qué aelgría

mostraron al ver aquello!;

es cierto; no por decir;

pero la quinta, era un sueño.

Siendo un muchacho, era un héroe

sólo por haber plantado;

para mi fue un bello juego

que se convirtió en halago.

Un soberbio cinturón,

gemelos, pisa corbata,

esmaltados a colores,

pagaron aquellas plantas.

Y yo los lucía encantado

y les contaba la historia

de aquel plantío a mis amigos,

no sin cierta vanagloria.

Pero aquello no era un pago;

era más bien un trofeo;

era alegría de hacer algo,

que otros encuentren bien hecho.


Se vino el tiempo

Con el vellón crecido,

la oveja de las aguas,

daría para una esquila

muy abundante y larga.

Le queda grande al cielo

el enorme capote

de nubes, que se arrastra,

por todo el horizonte.

La orquesta de los ruidos

combina: a las gaviotas,

la flauta de los vientos,

las atufadas olas.

Punta del Este ruge;

le barren la cubierta,

unas olas de miedo

que le inundan la tierra.

Al sol se le han pegado

las sábanas; no asoma;

y a mi ya no me queda

ni siquiera la sombra.

Tierra adentro navegan

colonias de gaviotas;

por la gris turbulencia

huyen de esta mala hora.

Se vino el tiempo; el aire,

más que aire, mar parece;

y los humanos somos

atribulados peces.

Todos los elementos

son trágica grandeza

y si no zozobramos,

cantaré esta belleza.


Colarse en el Cine-bar

El Cine-bar del España

será irresistible imantación;

colarse es el gran problema;

debe encontrarse una solución.

Están repletas las mesas

y una a lo menos ocuparán,

los muchachos puntaesteños

que, como puedan, habrán de entrar.

En la plaza del "Gallego"

Sola, sin duda se ubicarán;

que en medio del maremágnum,

muy comprensivo, los servirá.

Se han reunido las monedas

para la escasa consumisión;

de "Bilz" o de "Naranjita"

será el pedido; y eso: una o dos.

Es entonces que el "Gallego"

cierra los ojos; tolerará;

por un mínimo consumo,

máxima guarnición traerá.

Desproporción entre vasos

y las botellas que pedirán;

aceitunas, papas fritas,

maníes, muy pronto se esfumarán.

El conseguir una mesa

los ritmos de música escuchar,

cómicas, "Bilz", vistas fijas,

en las que algunos se encontrarán.

Verano de mil lecturas;

ésta, escondida se añejará,

en el alma de muchachos

que en el balneario se quedarán.


Aire puntaesteño

El aire puntaesteño

sabe a silencio

y a reventazón de olas

en el invierno.

Airecúpula, cielo;

de día, un milagro;

y de noche una iglesia

llena de astros.

Con la Isla de Gorriti

forma un cantero,

para dos bocas de agua,

que hacen el puerto.

Como es un aire mágico

el puntaestño,

le echa al yodo, alegría,

con un salero.

Cuando llega el verno,

aire emigrero,

a las naves de paso

anida en sueños.

Si estás sobre las olas,

es airepuerto;

pero si estás en tierra,

es airevuelo.


"Malacara"

Rindo homenaje a a mano

que domara a mi caballo;

potro arisco si los hubo

y después, animal manso.

Manso para el maturrango;

brioso para el de a caballo;

al sentarse cada cual,

sabía como llevarlo.

Para el torpe era un petizo;

tranco lerdo y desgarbado;

caracoleaba sin pausa

si lo montaba un baqueano.

Con la tensión de la rienda,

se le escapaban las manos;

levantaba la cabeza

y costaba sujetarlo.

Y me padre me lo dio

sin dolor, por de a caballo;

porque alimentó su orgullo

mi manera de montarlo.

El supo a su patroncito

complacerlo y respetarlo;

y mirarlo con amor

con su mirar almendrado.

Yo me sentí muy feliz

sobre sus cruces trotando;

o en el galope tendido

que no conoció el cansancio.

Por eso vino el romance

con que te estoy cepillando

y esta ración de recuerdo

"Malacara" bienamado.


La bombilla

Luis era agente viajero;

recorría el Litoral

y para mi, una bombilla,

mi madre le hizo comprar.

En el Salto, donde Artigas

cruzara la libertad,

bombilla de plata y oro

mi hermano me elegirá.

Muchos mates se han turnado;

pero la bombilla va

en el medio de mi amargo,

ya para siempre jamás.

Todo el licor de una selva

debe haber pasado ya,

por ese tubo de plata

renovando bienestar.

Y se juntan: tu, el encargo,

Luis y la bombilla y dan,

una vertiente de vida,

en mi boca al succionar.

Se junta todo mi tiempo

con mi infancia, al preparar

un mate; y muchos recuerdos

me vuelven a amamantar.

Es un regalo tan sabio

y tan sencillo, que estás

conmigo, tomando mate

y es una felicidad.

Gracias; mil gracias mamita;

bombilla y mate serán

tu permanente presencia;

la esencia de tu bondad.


Nada más

la miel del sol se derrama;

es un arroyo en medio del mar

y penetra mis recuerdos

y el corazón me viene a endulzar.

Veo que la Isla de Gorriti

se está empolvando para salir;

su vestido verde tiembla,

mientras se mira en el cielo añil.

Le dan masajes las olas

y una escorada brisa del sur,

se agacha para besarla

con desenfado de juventud.

Punta del Este la observa

y "amaina" ya sus velas de luz:

la mayor y la mesana;

navega a foque por mi inquietud.

Queda un palillo de nube

al horizonte, que no podrá

sostener al sol que se hunde,

muerto de sueño bajo la mar.

Y me ha inundado en caricias,

la irresistible mar, su chas chas;

y el "sloop" de mi memoria

fiel y feliz, la navegará.

Punta del Este, Gorriti,

mi infancia, espuma de mar;

cielo, sol, viento, murmullo,

de olas: amor, amor nada más.


Elisa Montañés

Elisa, la lavandera,

con mi madre trabajó;

en aquel taller tan bello

que convoca mi emoción.

Enjuta como un suspiro;

nerviosa como un ciclón;

¡cómo apuñaba la ropa;

qué fuerza, qué decisión!

Elisa con Juan Piroto

habían hecho su casal;

fueron pronto varios críos

y los dos a trabajar.

Piroto, picapedrero;

Elisa, la voluntad;

fiel, tesonera, admirable

mujer de nunca aflojar.

Al lavar, el mate dulce

de tanto en tanto tomó,

que alguna de mis hermanas

a la pileta llevó.

Al mediodía, la comida

con nosotros compartió;

- "¿Le sirvo otro poco, Elisa?"

- "No; gracias; ya me ancanzó."

- "Ya me ancazó doña Luisa",

en mi infancia quedará;

y en mi corazón, cariño,

que ella supo conquistar.

Venir e irse por la costa

a Maldonado, al hogar;

tiempo del ocaso y al alba;

dormir... y muy poco más.


Marinero de Gorlero

Puedo escuchar aquel grito:

"¡marinero de Gorlero!";

salía de la "Covadonga";

llegaba de "Mero tercero".

Gritaba Amador Fernández,

hombre curtido y risueño;

y producía en la bahía

un extraño encantamiento.

Yo desde el bote lustraba

el nombre: Mero IIIº,

en la popa de aquel barco

precioso dieciocho metros.

Sonaba un pito don Juan;

desde el barco yo salía

a buscarlo, en el chinchorro,

hasta embicar en la orilla.

Él me quería como a un hijo

y yo le correspondía;

si me dejen en el Cielo,

a bordo lo llevaría.

A bordo dormía la siesta

don Juan en el veraneo;

sólo el chas chas de las olas

se atrevía con su sueño.

Nos hablábamos por señas

dando lugar al silencio;

de pronto, como un chasquido:

"¡marinero de Gorlero!"

Ha transcurrido una vida,

que me dejó un pensamiento:

¡qué bien se siente un grumete,

si le gritan: marinero!


Padre Urbano

Yo lo imaginaba a Dios

adentro del padre Urbano;

atrás de su barba negra

brillando en sus ojos sabios.

Por eso pensé que Dios,

si bien había de ser serio,

en el fondo era un muchacho

calmo, pero muy risueño.

Más tarde le vi mil caras

y colores y semblantes;

desde el más niño al más viejo;

con los más diversos trajes.

pero en Urbano, tenía

una clara inteligencia

y podía expresar la hondura,

con una sonrisa ingenua.

Era un hombre grande y pulcro,

con su sotana impecable;

con atlética figura,

pero de ademanes graves.

Por varios años actué

de exclusivo monaguillo,

orgulloso de ayudar

al padre en el santo oficio.

Sentí que mi alma subía

cuando la cuerda jalaba;

y que se volvía badajo

que hacía cantar la campana.

Pensaba que era yo mismo

el que volaba en el aire,

convertido en un sonido

potente, mediano y suave.

Consideré que era un arte

el encendido de velas,

asistir la comunión

y recoger la colecta.

Tuve gran preocupación

al tocar la campanilla,

por lograr sonido acorde

al momento de la misa.

Formaba Urbano una ojiva

de paz al juntar las manos;

contrastando con la cruz

de pulgares encimados.

Con tono vibrante y claro

salía su voz de tenor;

y un saber y fe profundos,

daban luz a su sermón.

Su latín era un arroyo

cantarín en mis oídos;

graduaba las inflexiones

con maravilloso ritmo.

Y cuando concluía el oficio,

después del "prosi", atendía

a sus buenos feligreses,

dentro de la Sacristía.

Luego quedaban los niños

y él, un niño se volvía;

era un juego el catecismo,

el cuento, el canto, la rifa.

Extraía del armonio

música sacra y profana;

y un pájaro deslumbrado

en nuestras voces volaba.

La máquina "Pathé baby"

tartamudeaba Chaplines

y que nunca terminara

deseaban los chiquilines.

Pero las cintas terminan

con esa palabra: "Fin";

válvula que desataba

griterío agudo y feliz.

Manejando aquel Ford "cuatro",

legaba de Maldonado;

al regresar me alcanzaba

y yo venía manejando.

Manejando, es un decir;

él en cambios y pedales;

pero yo estaba encantado

de conducir el volante.

Después se hizo el padre Urbano

misionero en Patagonia;

lo volví a ver muy anciano

sin razón y sin memoria.

Traía una barba muy blanca

pero advertí que era el mismo,

cuando lo abracé le dije:

yo soy aquel monaguillo.


Patria

Patria querida, Punta,

donde nació esta vida

hija de Luisa.

Cielo bendito, copa,

para beber infancias

que nunca acaban.

Rompientes en las rocas,

aireviento, aguaespuma,

farol de luna.

Horizonte de barcos,

sol de los veraneos,

captor de pueblos.

Olor de sal magnética,

burbujita de yodo,

niña, te adoro.


Finisterre de infancia

yo creo que una bella infancia

rebelde al liceo arrastré:

hay un semblante de ensueño

estampado en mi carné.

Un día le dije a Collazo:

- el escudo está muy mal;

si compra lo necesario

yo se lo puedo pintar.

¿Cómo pudo hacerme caso?:

misterio de educación,

abrió la jaula a mi sueño,

dio alas al mi convicción.

Compró el Director pinceles;

lija y pintura adquirió;

me llevé a Punta del Este

al despintado blasón.

Lijé la oval hojalata;

ciego el escudo quedó;

ante el temerario intento,

de golpe el miedo surgió.

El sol, la balanza, el Cerro,

caballo y buey a pintar,

laurel y olivo por fuera,

letrero descomunal.

Coronando la estructura:

"Liceo Departamental";

y: "Enseñanza Secundaria"

abajo, para cerrar.

Dibujé un papel; di fondo

y el miedo se retiró

poco a poco, ante el esfuerzo

y al fin se desvaneció.

la balanza, era balanza;

el Cerro, cerro lució;

el caballo, el buey surgieron

y por supuesto un buen sol.

Olivo y laurel y lazo,

las letras, su proporción,

la equidistancia legible,

todo, bien se figuró.

Los esmaltes, los metales,

piezas, particiones son,

entonces como un milagro

para gran satisfacción.

Se entregó un oficio entero

ante mi ardiente ambición

y hasta un inconfeso orgullo

en el alma me nació.

Un querer, tan inocente;

tan presuroso el amor;

el sueño corporizado

no cabía en mi corazón.

Collazo aprobó la obra;

cuando el escudo se izó,

yo mismo quedé instalado

encima del portalón.

Saqué una fotografía

trofeo de mi decisión;

en Román Guerra y Florida,

mi esfuerzo se perpetuó.

Y pienso en cuanto a la infancia:

se debe escuchar su voz;

si con amor se la llama,

nos alegra el corazón.













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