Poemas de aventuras, regatas y naufragios en "el Este"
De Umberto Pereira, "el poeta de Punta del Este"
Primera edición: 1993
Julio Grossy, 26-I-1790 - 10-V-1876
Nacimiento
Mil setecientos noventa;
en el veintiséis de enero,
Julio Grossy vino al mundo
entre olivos y viñedos.
Era en la Nueva Liguria
era en la zona de Ovada;
mirando al Mediterráneo,
en el noroeste de Italia.
Estudios y prisión en África
Estudiante genovés,
será piloto de altura,
soldado y agrimensor,
con infinita aventura.
Dominó varios idiomas:
habló italiano y francés,
habló alemán y español,
habló inglés y portugués.
Un lance caballeresco
lo movió para embarcarse;
recorrió el Mediterráneo
en un velero mercante.
Un día -y en pleno crucero-
su barco será abordado
y terminará en el África,
prisionero de un corsario.
En medio de una mezquita,
a la religión cristiana
se les intima abjurar
y adoptar la musulmana.
Con dignidad y altivez,
Julio Grossy no lo acepta;
permanecerá en la fe
que los turcos atropellan.
A los servicios domésticos
de un marino es destinado;
transcurrió así su prisión
que duró más de dos años.
Con un amigo grumete,
una noche se escaparon;
buscando la libertad
hasta amanecer remaron.
Tenía una preciosa brújula
con su caja de marfil;
también un reloj de sol,
para buen rumbo seguir.
Pasada la oscura noche,
un barco que iba a Marsella,
los avista y los recoge
y hasta aquel puerto los lleva.
Soldado de Napoleón y prisión en Alemania
En las fuerzas de Beauharnais,
servirá con Napoleón,
en la campaña de Rusia,
en la ambiciosa invasión.
Está presente en Moscú,
su cuerpo de infantería;
en la triste retirada
y el cruce del Beresina.
Hasta treinta y siete grados
se registran bajo cero;
no es posible describir
la crueldad de aquel invierno.
Trescientos cincuenta mil
soldados habían marchado
y apenas dieciocho mil
son los que están regresando.
Acosan la retirada
el hambre, el frío, la fatiga;
a campesinos polacos
Grossy les debió la vida.
Le dan fricciones de nieve,
alimentos y cuidados,
que le permiten marchar
a unirse con los soldados.
En la batalla de Leipzig
llamada "de las Naciones",
los ejércitos de Francia
perdieron veinte mil hombres.
En medio de esa batalla
Grossy es hecho prisionero;
y hacia el norte de Alemania
lo envían a un aserradero.
Aserrar y picar leña
como trabajo forzado;
terribles noches de frío
sufre con otro soldado.
Perfecciona su alemán;
entiende y se hace entender;
lo que le permitirá
ser profesor de francés.
El propio dueño de casa
requiere para su hija
la enseñanza del soldado
que así cambiará su vida.
Un trato muy comedido
y el afecto de la niña;
un alojamiento digno
y un ambiente de familia.
No logra alivio el amigo;
y un día lo encuentra muerto
de frío en aquel desván,
que compartieron un tiempo.
Piloto mercante y marino de la independencia
Ya pasado Waterloo,
devueltos los prisioneros,
Julio Grossy ha regresado
con un afán marinero.
Se enrolará de inmediato
como piloto mercante
para la línea del Plata:
Montevideo y Buenos Aires.
Contaba que conoció
a Garibaldi en sus viajes;
al héroe de San Antonio
y heraldo de libertades.
Exploraría el polo Sur,
donde cumplió una invernada
y en el año veinticinco,
a la flota de Brown pasa.
Revista por algún tiempo
al mando del Almierante;
por el destino oriental
su suerte quiere jugarse.
Como oficial marinero
del corsario "Lavalleja",
lucha cerca del Buceo
con la flota brasilera.
Colocado el "Lavalleja",
en precaria situación,
lo vuelan y en unos botes
salvan la tripulación.
Y cayeron prisioneros
él y Leonardo Olivera;
son enviados a Dos Cobras;
son, compañeros de celda.
Ciertos días les permiten
los guardianes brasileros,
tomar el sol en la isla
donde viven prisioneros.
Un día está allí un bergantín
inglés, que espera buen viento,
en la costa de Dos Cobras
y Grossy ve el cielo abierto.
En inglés, al Capitán,
habla sin que el guardia note,
que aquél le ofrece dejarle
entre las rocas un bote.
A don Leonardo Olivera,
fue confiado el tratamiento
para eludir a la guardia
y remar hasta el velero.
Un guardia negro dormido
sortean sin contratiempo;
bote al agua y a remar
con la furia del anhelo.
Se alejan, se da la alarma;
tiros de fusil al mar;
están fuera de distancia;
no los pueden alcanzar.
El bergantín con las velas
a medio izar, leva anclas;
el viento está favorable;
la suerte los acompaña.
El barco va a Buenos Aires;
baja Olivera en Castillos;
sigue Grossy navegando
hasta aquel final destino.
El amor y las Malvinas
En el año veintisiete
al fin alcanzó el amor;
María O´Kervis, irlandesa,
su aventura compartió.
En la Compañía de Pesca
que trabaja en las Malvinas,
se alista y allí marcharon
don Julio y doña María.
Desde el año veintinueve
y hasta el año treinta y dos,
permanecen los esposos
en la inhóspita región.
Juan les nace en Buenos Aires
y Carlos en las Malvinas;
el veintinueve y el treinta
y tendrán muy corta vida.
Marcos nació en Buenos Aires
en el año treinta y dos,
cuando ya están de regreso
de aquel tiempo pescador.
Agrimensor y vecino de Maldonado
Venido a Montevideo,
previo examen, le otorgó
la Comisión Topográfica,
título de agrimensor.
Hace tiempo que Leonardo
lo tironea con sus cartas;
y al fin cumple en Maldonado,
la última y extensa etapa.
En el año treinta y cuatro,
fechado en setiembre cuatro,
de nuestra Punta del Este,
levantará el primer plano.
De la mano de este hombre
de tan peregrina historia,
es la primera medida
de una tierra tan hermosa.
Entre el año treinta y cuatro
y el año cuarenta y cinco,
estando aquí, en Maldonado,
le nacieron cuatro hijos.
Al mayor, Julián Manuel,
le siguió José María;
luego María Antonia y Julio
benjamín de la familia.
Será padrino Leonardo,
cuando Julito les nace;
así que además de amigos,
vinieron a ser compadres.
José María y Julio Grossy
fallecen en la niñez;
sólo casan María Antonia
y luego Julián Manuel.
Desde aquel año treinta y tres,
al año cincuenta y nueve,
ejerció el agrimensor
con un singular relieve.
Trabas de guerras civiles,
inclemencias naturales;
enfrentar hombres y fieras;
sufrimientos incontables.
Medir campos era entonces,
dura y sostenida lucha;
con anteojo de alinear,
con la banquilla y la brújula.
Con la cuerda de cien varas
de cáñamo y las banderas;
con una salud de hierro;
con ejercitadas piernas.
Se pedía un juramento
a todos los operarios;
así peones cadeneros,
como a los abanderados.
Y a los que, con los jalones
y con las largas agujas,
decoran de blanco y rojo
los predios de las mensuras.
Ante Dios y una señal
de la cruz y frente al juez,
juraban todos promesa
de desempeñarse bien.
Con los datos recogidos
y anotados en el campo,
se trataban los polígonos
divididos en triángulos.
Con la suma de parciales
se hallaban las superficies;
en la mayoría de los casos
herencias a dividirse.
Rocha, minas y Florida,
por supuesto, Maldonado,
le deben larga tarea
de deslinde de los campos.
Son seiscientas mil hectáreas
por don Julio mensuradas;
triangulación increíble,
pero que está registrada.
Escuela de Agrimensores
Su escuela de Agrimensura
instalada en Maldonado,
trajo honor a su docencia,
con óptimos resultados.
Recibieron su enseñanza
y luego se titularon:
Jaime Pou, Joanicó (Zoilo),
Noel Calamet, Ramón Santos.
Y Reginaldo Araújo,
Marcos, su hijo y Tomás Barrios,
que atestiguan la eficiencia
del maestro de Maldonado.
Daban en Montevideo,
en el examen final,
la medida del prestigio
de la escuela regional.
Aunque su padre secunda
en la práctica y los cálculos,
en rigor no pudo dar
su final examen Marcos.
Bastaba con su baquía
y el orgullo de don Julio,
para comprender que Marcos,
seguiría su propio rumbo.
Pero contraída en mensuras
una grave enfermedad,
se le adelantó a la prueba
la muerte en Pirarajá.
Don Julio fue un hombre: recto;
severo, disciplinado;
celoso profesional
y vecino conceptuado.
En el siete, siete, siete,
de la hoy calle Ituzaingó,
su cultura enciclopédica,
dejó una huella de honor.
Matemáticas y francés
a Jaime y Julio enseñó;
como maestro de sus nietos
su docencia terminó.
La Comisión Topográfica
lo había llamado a su seno;
pero él se quedó a mirar
el mar y a ordenar recuerdos.
La ancianidad
Cuando el tiempo dijo basta,
don Julio guardó sus sueños;
y viajó con la memoria
por su largo derrotero.
Su atalaya era la plaza
de la Torre del Vigía;
entre él y el horizonte
arena, vientos y vida.
En acto sacramental,
en la Plaza de Recreo,
miraba la inmensidad
y hacía cuentos a su nieto.
Su nieto, Jaime H. Pou,
de la mano de aquel viejo
soldado de Napoleón,
recorría el mundo entero.
En alas de aquella voz,
en vuelos de pensamiento,
iniciados en Liguria
entre olivos y viñedos.
La "Torre de Observación"
le oyó los itinerarios:
Liguria, África, Moscú,
Las Malvinas, Maldonado.
Austria, Alemania, Polonia,
Francia, Río de Janeiro;
Rusia, Suiza, Buenos Aires,
Polo Sur, Montevideo.
Son cuarenta y cuatro años
los que vivió en Maldonado;
murió en el setenta y seis,
en el día diez de mayo.
Era en este Maldonado;
era en tierra americana;
recordó el aceite, el vino
y suspiró por Italia.
Con aprecio general
los vecinos lo rodearon;
honró al suelo de adopción
y al pueblo de Maldonado.
La dimensión de la sangre
La estirpe de María Antonia,
casada con Jaime Pou,
por mi unión con María Carmen,
hasta mis hijos llegó.
María Antonia, Jaime Hilario,
Jaime Ernesto 8agrimensor),
María Carmen, su hija única,
que conmigo se casó.
Y nuestros cuatro varones,
Jaime, Marcelo, Rafael
y Enrique, que hasta don Julio,
remontan este cordel.
Unen mi sangre de Nápoles,
con la del norte de Italia;
y mis herencias gallegas
con herencias catalanas.
Y otras mezclas españolas
con la corriente de Irlanda
y un infinito secreto
que se asoma a sus miradas.
La dimensión de la sangre
dice a la flor de tu hazaña:
por una que luce al sol,
miles quedan soterradas.
Este camino, don Julio,
de aventura vasta y varia,
nos afirma: de los hombres,
lo sabemos todo y nada.
Estanislao Tassano; la diligencia, 7-V-1866 - 1-VI-1951
Con la azotera del látigo,
abrías tajos al silencio,
por donde arriar diligencias
tiradas por los boleros.
Cuidabas la diligencia,
los arreos, los caballos;
los bichos luciendo fuertes
y una pintura el rodado.
Estanislao: tú tenías
el código de los diestros;
en las leyes del andar,
nada te negó el secreto.
Ni la arena ni el bañado
ni la hondonada ni el cerro;
ni el barro ni los arroyos
ni las piedras ni el repecho.
Ni la lluvia ni el “peludo”
ni el sol ni el resumidero;
ni los montes ni los fríos
desnudos de los inviernos.
Ni el viento norte caliente
ni el rigor de los pamperos;
ni lagunas desbordantes
de deslumbrados espejos.
Ni los campos escarchados
que levantan con el viento,
esos fríos que se cuelan
hasta el fondo de los huesos.
Tu ciencia de mayoral
la dio la escuela del tiempo;
la sorpresa del camino
y el capricho del terreno.
La huella te trajo el temple
para enfrentar un matrero;
a la víbora o al puma,
los atascos y los vuelcos.
Te fue curtiendo de heladas
el reconocer los vientos
y diagnosticar los males
y aplicarles el remedio.
Un mayoral es un soldado,
es un poeta y es un médico;
psicólogo en soledades,
maestro de gozos y miedos.
Dialoga con los que van
y en dos puntas del terreno,
con el que hace los encargos
y el que recibe el recuerdo.
Con verde de campo y árboles
y azules del firmamento;
y con nubes, diligencias
blancas que andan por el cielo.
La travesía en diligencia
en la fe del pasajero,
abría las alas del viaje
con la ilusión de los vuelos.
Con el deseo de llegar;
con la belleza del sueño;
con la confianza en un hombre
sano por fuera y por dentro.
En los altos de la sierra
se acercaban los matreros
para comer, sin violencia,
junto con los pasajeros.
“Gente que había sido buena
y que se había desgraciado”;
a los que siempre obsequiabas
con yerba, caña y tabaco.
Ocultos “yeitos” del rumbo;
peaje de los viejos tiempos;
convivencia con la sierra;
atajo contra los riesgos.
Llevaste el alma del pago
sobre ruedas a otros pueblos;
amor, amistad, litigio,
desgracias y nacimientos.
Lutos que derraman llanto;
plata que resuelve duelos;
esperanzas que prolongan
la suavidad de los sueños.
Gentes que eran recibidas
con el corazón abierto;
cartas que dan por perdido
lo que no tiene remedio.
Corre con la diligencia
un mundo extraño y complejo,
que los cascos de caballos
desplazan con bamboleos.
Que suena en ejes y ruedas,
que vuela a ras del terreno,
por riendas, látigo y tiro;
por la espuma de los belfos.
Desde el tirón del arranque
hasta llegar al destino,
un mundo que marcha al paso,
trote o galope tendido.
Vasos que dejan la fuerza
remachada contra el suelo;
crines que el viento alborota
y que acarician el cielo.
Dar de beber a las bestias
forma parte de los ritos;
o reponer animales
para seguir el camino.
Ciega ansiedad por el agua
que no niegan los hocicos,
en un beso interminable
a la corriente del río.
Un ovillo de problemas
devanan los pasajeros,
para distraer a las leguas
y enredarlas en los cuentos.
Los temores, las certezas,
las hazañas, los enfermos;
las “gracias” de los gurises,
la memoria de los muertos.
Los amigos bien probados,
los lejanos parentescos,
los negocios, las esperas,
las angustias, los recuerdos.
A bordo se van mezclando
las miradas y los rezos,
las manos que se saludan
y las voces de consuelo.
Se forma una nebulosa
de espacio, camino y tiempo,
donde nada existe y todo
entra en galerías de sueños.
Al dejar la diligencia,
vistiendo sus propios cuerpos,
seguirán estos vaivenes
caminándoles por dentro.
Cargas de cosas y gente
que bajo tu amparo fueron,
mientras eras responsable
de dejarlos en buen puerto.
El haz y el envés del ser,
son otros mientras va andando;
cambian del agua de estanque
a la ingravidez del pájaro.
Eligen por confesor
al mayoral avezado
y le descargan secretos,
por sentirse más livianos.
Todos los que transportaste
algo te fueron dejando:
o la nube de una pena
o la luz de lo esperado.
O el color de la amistad
o el consejo ponderado;
la claridad de un saber
o la hermosura de un canto.
O el pedido de un auxilio,
que se reclama a un baqueano,
experto en viajar cerquita
del alma de otros cristianos.
Y algo de ti, mayoral,
en la maleta guardaron;
para guiar mejor los tiros
o elegir mejor los vados.
Pudieron haberte puesto
don Estanislao, el bueno;
sencillo, de buen talante,
servicial y jaranero.
Con fe en tu Dios y en tu fuerza,
consciente de tu trabajo;
por buen jefe de familia
apreciado en Maldonado.
Si el viaje es haciendo noche
la posta es un breve sueño,
que nuevos caballos tiran
para consumir el tiempo.
Un día para ir y otro día,
para volver a los pagos;
por la arena, por el abra,
por la playa o por el campo.
Acostumbrado a tutearte
con las nubes en el cielo;
con el canto de los pájaros,
con la luna y el lucero.
Con la huella que trenzaban
las ruedas y el golpeteo,
de los cascos dibujando
arcos en u sobre el suelo.
Acostumbrado a sufrir sudor,
distancia y esfuerzo;
a regular los andares: rápido,
mediano y lerdo.
A contestar con palabras
o responder con silencios;
a estar entre los que van
o amar a los de allá lejos.
A cargar con los colores del mar,
la tierra y el cielo
y los perfumes silvestres:
otros tantos pasajeros.
A cantar una canción
silbar o recitar versos;
a largar la carcajada
para festejar un cuento.
A saludar a la gente
de la vera del camino;
felices de ver pasar
al mayoral y al amigo.
A distinguir los rumores,
ruidos, mugido y trinos;
las estridencias del tero,
la caligrafía del río.
Acostumbrado a poner
sobre lo amargo, lo bello;
y después de tanto andar,
sobre lo malo, lo bueno.
Dijiste que los caminos
tienen lechuzas y cuervos;
y también, como la vida,
amaneceres y teros.
Fuiste Estanislao Tassano,
trabajador, digno y bueno;
un hombre; tan solo un hombre;
nada más y nada menos.
Tu corneta, Estanislao,
nos envuelve en el recuerdo;
porque arriba antes que tú
y se prolonga en el tiempo.
Siempre oiremos tu corneta;
siempre habrá adiós y regreso,
con una vida ejemplar
como la tuya, en el medio.
Visitar el archivo de Chichí Pou
Volver al archivo de Umberto Pereira

