Poemas de aventuras, regatas y naufragios en "el Este"

De Banco de Historias Locales - BHL
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De Umberto Pereira, "el poeta de Punta del Este"

Primera edición: 1993


Julio Grossy, 26-I-1790 - 10-V-1876



Nacimiento

Mil setecientos noventa;

en el veintiséis de enero,

Julio Grossy vino al mundo

entre olivos y viñedos.

Era en la Nueva Liguria

era en la zona de Ovada;

mirando al Mediterráneo,

en el noroeste de Italia.



Estudios y prisión en África

Estudiante genovés,

será piloto de altura,

soldado y agrimensor,

con infinita aventura.

Dominó varios idiomas:

habló italiano y francés,

habló alemán y español,

habló inglés y portugués.

Un lance caballeresco

lo movió para embarcarse;

recorrió el Mediterráneo

en un velero mercante.

Un día -y en pleno crucero-

su barco será abordado

y terminará en el África,

prisionero de un corsario.

En medio de una mezquita,

a la religión cristiana

se les intima abjurar

y adoptar la musulmana.

Con dignidad y altivez,

Julio Grossy no lo acepta;

permanecerá en la fe

que los turcos atropellan.

A los servicios domésticos

de un marino es destinado;

transcurrió así su prisión

que duró más de dos años.

Con un amigo grumete,

una noche se escaparon;

buscando la libertad

hasta amanecer remaron.

Tenía una preciosa brújula

con su caja de marfil;

también un reloj de sol,

para buen rumbo seguir.

Pasada la oscura noche,

un barco que iba a Marsella,

los avista y los recoge

y hasta aquel puerto los lleva.



Soldado de Napoleón y prisión en Alemania

En las fuerzas de Beauharnais,

servirá con Napoleón,

en la campaña de Rusia,

en la ambiciosa invasión.

Está presente en Moscú,

su cuerpo de infantería;

en la triste retirada

y el cruce del Beresina.

Hasta treinta y siete grados

se registran bajo cero;

no es posible describir

la crueldad de aquel invierno.

Trescientos cincuenta mil

soldados habían marchado

y apenas dieciocho mil

son los que están regresando.

Acosan la retirada

el hambre, el frío, la fatiga;

a campesinos polacos

Grossy les debió la vida.

Le dan fricciones de nieve,

alimentos y cuidados,

que le permiten marchar

a unirse con los soldados.

En la batalla de Leipzig

llamada "de las Naciones",

los ejércitos de Francia

perdieron veinte mil hombres.

En medio de esa batalla

Grossy es hecho prisionero;

y hacia el norte de Alemania

lo envían a un aserradero.

Aserrar y picar leña

como trabajo forzado;

terribles noches de frío

sufre con otro soldado.

Perfecciona su alemán;

entiende y se hace entender;

lo que le permitirá

ser profesor de francés.

El propio dueño de casa

requiere para su hija

la enseñanza del soldado

que así cambiará su vida.

Un trato muy comedido

y el afecto de la niña;

un alojamiento digno

y un ambiente de familia.

No logra alivio el amigo;

y un día lo encuentra muerto

de frío en aquel desván,

que compartieron un tiempo.



Piloto mercante y marino de la independencia

Ya pasado Waterloo,

devueltos los prisioneros,

Julio Grossy ha regresado

con un afán marinero.

Se enrolará de inmediato

como piloto mercante

para la línea del Plata:

Montevideo y Buenos Aires.

Contaba que conoció

a Garibaldi en sus viajes;

al héroe de San Antonio

y heraldo de libertades.

Exploraría el polo Sur,

donde cumplió una invernada

y en el año veinticinco,

a la flota de Brown pasa.

Revista por algún tiempo

al mando del Almierante;

por el destino oriental

su suerte quiere jugarse.

Como oficial marinero

del corsario "Lavalleja",

lucha cerca del Buceo

con la flota brasilera.

Colocado el "Lavalleja",

en precaria situación,

lo vuelan y en unos botes

salvan la tripulación.

Y cayeron prisioneros

él y Leonardo Olivera;

son enviados a Dos Cobras;

son, compañeros de celda.

Ciertos días les permiten

los guardianes brasileros,

tomar el sol en la isla

donde viven prisioneros.

Un día está allí un bergantín

inglés, que espera buen viento,

en la costa de Dos Cobras

y Grossy ve el cielo abierto.

En inglés, al Capitán,

habla sin que el guardia note,

que aquél le ofrece dejarle

entre las rocas un bote.

A don Leonardo Olivera,

fue confiado el tratamiento

para eludir a la guardia

y remar hasta el velero.

Un guardia negro dormido

sortean sin contratiempo;

bote al agua y a remar

con la furia del anhelo.

Se alejan, se da la alarma;

tiros de fusil al mar;

están fuera de distancia;

no los pueden alcanzar.

El bergantín con las velas

a medio izar, leva anclas;

el viento está favorable;

la suerte los acompaña.

El barco va a Buenos Aires;

baja Olivera en Castillos;

sigue Grossy navegando

hasta aquel final destino.



El amor y las Malvinas

En el año veintisiete

al fin alcanzó el amor;

María O´Kervis, irlandesa,

su aventura compartió.

En la Compañía de Pesca

que trabaja en las Malvinas,

se alista y allí marcharon

don Julio y doña María.

Desde el año veintinueve

y hasta el año treinta y dos,

permanecen los esposos

en la inhóspita región.

Juan les nace en Buenos Aires

y Carlos en las Malvinas;

el veintinueve y el treinta

y tendrán muy corta vida.

Marcos nació en Buenos Aires

en el año treinta y dos,

cuando ya están de regreso

de aquel tiempo pescador.



Agrimensor y vecino de Maldonado

Venido a Montevideo,

previo examen, le otorgó

la Comisión Topográfica,

título de agrimensor.

Hace tiempo que Leonardo

lo tironea con sus cartas;

y al fin cumple en Maldonado,

la última y extensa etapa.

En el año treinta y cuatro,

fechado en setiembre cuatro,

de nuestra Punta del Este,

levantará el primer plano.

De la mano de este hombre

de tan peregrina historia,

es la primera medida

de una tierra tan hermosa.

Entre el año treinta y cuatro

y el año cuarenta y cinco,

estando aquí, en Maldonado,

le nacieron cuatro hijos.

Al mayor, Julián Manuel,

le siguió José María;

luego María Antonia y Julio

benjamín de la familia.

Será padrino Leonardo,

cuando Julito les nace;

así que además de amigos,

vinieron a ser compadres.

José María y Julio Grossy

fallecen en la niñez;

sólo casan María Antonia

y luego Julián Manuel.

Desde aquel año treinta y tres,

al año cincuenta y nueve,

ejerció el agrimensor

con un singular relieve.

Trabas de guerras civiles,

inclemencias naturales;

enfrentar hombres y fieras;

sufrimientos incontables.

Medir campos era entonces,

dura y sostenida lucha;

con anteojo de alinear,

con la banquilla y la brújula.

Con la cuerda de cien varas

de cáñamo y las banderas;

con una salud de hierro;

con ejercitadas piernas.

Se pedía un juramento

a todos los operarios;

así peones cadeneros,

como a los abanderados.

Y a los que, con los jalones

y con las largas agujas,

decoran de blanco y rojo

los predios de las mensuras.

Ante Dios y una señal

de la cruz y frente al juez,

juraban todos promesa

de desempeñarse bien.

Con los datos recogidos

y anotados en el campo,

se trataban los polígonos

divididos en triángulos.

Con la suma de parciales

se hallaban las superficies;

en la mayoría de los casos

herencias a dividirse.

Rocha, minas y Florida,

por supuesto, Maldonado,

le deben larga tarea

de deslinde de los campos.

Son seiscientas mil hectáreas

por don Julio mensuradas;

triangulación increíble,

pero que está registrada.



Escuela de Agrimensores

Su escuela de Agrimensura

instalada en Maldonado,

trajo honor a su docencia,

con óptimos resultados.

Recibieron su enseñanza

y luego se titularon:

Jaime Pou, Joanicó (Zoilo),

Noel Calamet, Ramón Santos.

Y Reginaldo Araújo,

Marcos, su hijo y Tomás Barrios,

que atestiguan la eficiencia

del maestro de Maldonado.

Daban en Montevideo,

en el examen final,

la medida del prestigio

de la escuela regional.

Aunque su padre secunda

en la práctica y los cálculos,

en rigor no pudo dar

su final examen Marcos.

Bastaba con su baquía

y el orgullo de don Julio,

para comprender que Marcos,

seguiría su propio rumbo.

Pero contraída en mensuras

una grave enfermedad,

se le adelantó a la prueba

la muerte en Pirarajá.

Don Julio fue un hombre: recto;

severo, disciplinado;

celoso profesional

y vecino conceptuado.

En el siete, siete, siete,

de la hoy calle Ituzaingó,

su cultura enciclopédica,

dejó una huella de honor.

Matemáticas y francés

a Jaime y Julio enseñó;

como maestro de sus nietos

su docencia terminó.

La Comisión Topográfica

lo había llamado a su seno;

pero él se quedó a mirar

el mar y a ordenar recuerdos.



La ancianidad

Cuando el tiempo dijo basta,

don Julio guardó sus sueños;

y viajó con la memoria

por su largo derrotero.

Su atalaya era la plaza

de la Torre del Vigía;

entre él y el horizonte

arena, vientos y vida.

En acto sacramental,

en la Plaza de Recreo,

miraba la inmensidad

y hacía cuentos a su nieto.

Su nieto, Jaime H. Pou,

de la mano de aquel viejo

soldado de Napoleón,

recorría el mundo entero.

En alas de aquella voz,

en vuelos de pensamiento,

iniciados en Liguria

entre olivos y viñedos.

La "Torre de Observación"

le oyó los itinerarios:

Liguria, África, Moscú,

Las Malvinas, Maldonado.

Austria, Alemania, Polonia,

Francia, Río de Janeiro;

Rusia, Suiza, Buenos Aires,

Polo Sur, Montevideo.

Son cuarenta y cuatro años

los que vivió en Maldonado;

murió en el setenta y seis,

en el día diez de mayo.

Era en este Maldonado;

era en tierra americana;

recordó el aceite, el vino

y suspiró por Italia.

Con aprecio general

los vecinos lo rodearon;

honró al suelo de adopción

y al pueblo de Maldonado.



La dimensión de la sangre

La estirpe de María Antonia,

casada con Jaime Pou,

por mi unión con María Carmen,

hasta mis hijos llegó.

María Antonia, Jaime Hilario,

Jaime Ernesto 8agrimensor),

María Carmen, su hija única,

que conmigo se casó.

Y nuestros cuatro varones,

Jaime, Marcelo, Rafael

y Enrique, que hasta don Julio,

remontan este cordel.

Unen mi sangre de Nápoles,

con la del norte de Italia;

y mis herencias gallegas

con herencias catalanas.

Y otras mezclas españolas

con la corriente de Irlanda

y un infinito secreto

que se asoma a sus miradas.

La dimensión de la sangre

dice a la flor de tu hazaña:

por una que luce al sol,

miles quedan soterradas.

Este camino, don Julio,

de aventura vasta y varia,

nos afirma: de los hombres,

lo sabemos todo y nada.


Estanislao Tassano; la diligencia, 7-V-1866 - 1-VI-1951



Con la azotera del látigo,

abrías tajos al silencio,

por donde arriar diligencias

tiradas por los boleros.

Cuidabas la diligencia,

los arreos, los caballos;

los bichos luciendo fuertes

y una pintura el rodado.

Estanislao: tú tenías

el código de los diestros;

en las leyes del andar,

nada te negó el secreto.

Ni la arena ni el bañado

ni la hondonada ni el cerro;

ni el barro ni los arroyos

ni las piedras ni el repecho.

Ni la lluvia ni el “peludo”

ni el sol ni el resumidero;

ni los montes ni los fríos

desnudos de los inviernos.

Ni el viento norte caliente

ni el rigor de los pamperos;

ni lagunas desbordantes

de deslumbrados espejos.

Ni los campos escarchados

que levantan con el viento,

esos fríos que se cuelan

hasta el fondo de los huesos.

Tu ciencia de mayoral

la dio la escuela del tiempo;

la sorpresa del camino

y el capricho del terreno.

La huella te trajo el temple

para enfrentar un matrero;

a la víbora o al puma,

los atascos y los vuelcos.

Te fue curtiendo de heladas

el reconocer los vientos

y diagnosticar los males

y aplicarles el remedio.

Un mayoral es un soldado,

es un poeta y es un médico;

psicólogo en soledades,

maestro de gozos y miedos.

Dialoga con los que van

y en dos puntas del terreno,

con el que hace los encargos

y el que recibe el recuerdo.

Con verde de campo y árboles

y azules del firmamento;

y con nubes, diligencias

blancas que andan por el cielo.

La travesía en diligencia

en la fe del pasajero,

abría las alas del viaje

con la ilusión de los vuelos.

Con el deseo de llegar;

con la belleza del sueño;

con la confianza en un hombre

sano por fuera y por dentro.

En los altos de la sierra

se acercaban los matreros

para comer, sin violencia,

junto con los pasajeros.

“Gente que había sido buena

y que se había desgraciado”;

a los que siempre obsequiabas

con yerba, caña y tabaco.

Ocultos “yeitos” del rumbo;

peaje de los viejos tiempos;

convivencia con la sierra;

atajo contra los riesgos.

Llevaste el alma del pago

sobre ruedas a otros pueblos;

amor, amistad, litigio,

desgracias y nacimientos.

Lutos que derraman llanto;

plata que resuelve duelos;

esperanzas que prolongan

la suavidad de los sueños.

Gentes que eran recibidas

con el corazón abierto;

cartas que dan por perdido

lo que no tiene remedio.

Corre con la diligencia

un mundo extraño y complejo,

que los cascos de caballos

desplazan con bamboleos.

Que suena en ejes y ruedas,

que vuela a ras del terreno,

por riendas, látigo y tiro;

por la espuma de los belfos.

Desde el tirón del arranque

hasta llegar al destino,

un mundo que marcha al paso,

trote o galope tendido.

Vasos que dejan la fuerza

remachada contra el suelo;

crines que el viento alborota

y que acarician el cielo.

Dar de beber a las bestias

forma parte de los ritos;

o reponer animales

para seguir el camino.

Ciega ansiedad por el agua

que no niegan los hocicos,

en un beso interminable

a la corriente del río.

Un ovillo de problemas

devanan los pasajeros,

para distraer a las leguas

y enredarlas en los cuentos.

Los temores, las certezas,

las hazañas, los enfermos;

las “gracias” de los gurises,

la memoria de los muertos.

Los amigos bien probados,

los lejanos parentescos,

los negocios, las esperas,

las angustias, los recuerdos.

A bordo se van mezclando

las miradas y los rezos,

las manos que se saludan

y las voces de consuelo.

Se forma una nebulosa

de espacio, camino y tiempo,

donde nada existe y todo

entra en galerías de sueños.

Al dejar la diligencia,

vistiendo sus propios cuerpos,

seguirán estos vaivenes

caminándoles por dentro.

Cargas de cosas y gente

que bajo tu amparo fueron,

mientras eras responsable

de dejarlos en buen puerto.

El haz y el envés del ser,

son otros mientras va andando;

cambian del agua de estanque

a la ingravidez del pájaro.

Eligen por confesor

al mayoral avezado

y le descargan secretos,

por sentirse más livianos.

Todos los que transportaste

algo te fueron dejando:

o la nube de una pena

o la luz de lo esperado.

O el color de la amistad

o el consejo ponderado;

la claridad de un saber

o la hermosura de un canto.

O el pedido de un auxilio,

que se reclama a un baqueano,

experto en viajar cerquita

del alma de otros cristianos.

Y algo de ti, mayoral,

en la maleta guardaron;

para guiar mejor los tiros

o elegir mejor los vados.

Pudieron haberte puesto

don Estanislao, el bueno;

sencillo, de buen talante,

servicial y jaranero.

Con fe en tu Dios y en tu fuerza,

consciente de tu trabajo;

por buen jefe de familia

apreciado en Maldonado.

Si el viaje es haciendo noche

la posta es un breve sueño,

que nuevos caballos tiran

para consumir el tiempo.

Un día para ir y otro día,

para volver a los pagos;

por la arena, por el abra,

por la playa o por el campo.

Acostumbrado a tutearte

con las nubes en el cielo;

con el canto de los pájaros,

con la luna y el lucero.

Con la huella que trenzaban

las ruedas y el golpeteo,

de los cascos dibujando

arcos en u sobre el suelo.

Acostumbrado a sufrir sudor,

distancia y esfuerzo;

a regular los andares: rápido,

mediano y lerdo.

A contestar con palabras

o responder con silencios;

a estar entre los que van

o amar a los de allá lejos.

A cargar con los colores del mar,

la tierra y el cielo

y los perfumes silvestres:

otros tantos pasajeros.

A cantar una canción

silbar o recitar versos;

a largar la carcajada

para festejar un cuento.

A saludar a la gente

de la vera del camino;

felices de ver pasar

al mayoral y al amigo.

A distinguir los rumores,

ruidos, mugido y trinos;

las estridencias del tero,

la caligrafía del río.

Acostumbrado a poner

sobre lo amargo, lo bello;

y después de tanto andar,

sobre lo malo, lo bueno.

Dijiste que los caminos

tienen lechuzas y cuervos;

y también, como la vida,

amaneceres y teros.

Fuiste Estanislao Tassano,

trabajador, digno y bueno;

un hombre; tan solo un hombre;

nada más y nada menos.

Tu corneta, Estanislao,

nos envuelve en el recuerdo;

porque arriba antes que tú

y se prolonga en el tiempo.

Siempre oiremos tu corneta;

siempre habrá adiós y regreso,

con una vida ejemplar

como la tuya, en el medio.





El milagro de Los Andes, 13-X-1972 - 23-XII-1972



Íbamos a competir

con los hermanos chilenos;

charrúas contra araucanos:

fiesta para los dos pueblos.

Un cálculo equivocado

nos estrelló entre los riscos;

infierno de ayes y sangre

y de hierros retorcidos.

Cobró la muerte sus presas

y a los muertos sepultamos,

con la señal de la cruz

y el corazón destrozado.

El ave de la garganta

naufragaba en el silencio;

un silencio duro y frío,

áspero, violento, terco.

Dios lo llevó; sabe Dios

que el cielo tenían ganado;

¡qué desolada es la nieve

cuando se pierde un hermano!

Sorda y borracha, la muerte

tendía sus cercos de garras:

soledad, grietas, abismo,

vendaval, alud, nevada.

Y eran inmensos: la ausencia,

la noche, el dolor; inmensos

el minuto y el cansancio;

la sed, el hambre y el viento.

En la cumbre de los Andes

perdíamos el pasado,

los colores de las flores

la sonrisa de los labios.

La familia, los amigos,

nuestro Uruguay adorado,

el bien que había que sembrar:

amor, esperanza y canto.

Solía vestir la muerte

blando capote plomizo,

que aprieta brazos y piernas,

con un murmullo asesino.

Llamaba con bronca urgencia

o voces de terciopelo;

con el filo de un silbido

o nubes de falso ensueño.

Cegaban el sol, la nieve,

la fiebre de las heridas;

sólo Dios era promesa

para la fe peregrina.

Clavados en una cruz

entre el abismo y el cielo,

surgió la grave pregunta

como un instante supremo.

Y Dios nos habló por fin,

cara a cara para hacernos,

mensajeros de la vida

y testigos de lo eterno.

Y nos dijo que su carne

y su sangre nuestros muertos,

desde su paz ofrecían

con amor, como sustento.

Con esas hostias sagradas

hicimos la comunicón,

por renacer a la vida;

para acercarnos a Dios.

Éramos un largo llanto

por todo el mundo llorado

y el coraje en un refugio

en medio de los picachos.

No advertían nuestro llamado

sobrevolando montañas;

y la baquía del arriero,

la despistó la borrasca.

Con honda fe nuestros padres,

buscando siempre, buscando,

subieron setenta días

otros setenta calvarios.

La montaña es infinita;

y el hombre parece un sueño;

consumimos la memoria,

el llanto, el rezo, el ingenio.

La angustia todo lo agota;

todo lo traga el silencio;

y todo lo muerde el frío:

furioso, implacable, artero.

Repartimos las tareas,

el reavivarnos el ánimo,

el apostar a volver;

¡calibramos hasta el llanto!

Y vimos que aquel dolor

era luz y no castigo;

había que hacer la esperanza:

salvarnos nosotros mismos.

Nando y Roberto cargaron

la mochila de la hazaña

y un compás para hacer rumbo,

entre la vida y la nada.

La mochila venía llena

con hambre, con frío, con llanto,

con silencio de las cumbres

y desventura en el llano.

Bajaron gritos de vida

sobre sus cuatro zapatos;

la muerte se desmayaba

mirando pasar los bravos.

Diez días de caminar

en un precipicio helado;

y por el desierto, Dios,

abriendo huella al milagro.

Dolor de huesos; fatiga;

lo insoportable del sueño;

trepar, bajar, arrastrarse,

mitad vivos, mitad muertos.

Son setenta días de angustia

contra diez días de cansancio:

caminando, caminando,

caminando, caminando.

La mochila venía llena

con la ilusión de la vida,

enfrentándose a la muerte,

que hasta la gloria mancilla.

Cuando de pronto lo blanco

se vuelve verde; el milagro,

puede olfatearse en el aire,

en el ganado, en el árbol.

En el río que salvaje,

resuena estruendoso canto

y hasta en un bendito arriero

que se ve del otro lado.

"Vengo desde aquel avión

-escribe Nando, ya exhausto-

que se cayó en las montañas;

estamos desorientados.

Tengo aquí un amigo herido

y catorce en el avión;

no podemos caminar:

ayúdennos: ¡por favor!

Ata a una piedra el mensaje,

febril y desesperado;

lo lanza sobre las aguas

y cae, rendido en el pasto.

¡Ay Catalán, Catalán:

tu nombre fue una campana

que se oyó por todo el mundo

renovando la esperanza!

Una gracia sin igual

hizo de ti el mensajero

de la luz en la tiniebla,

de las almas sin consuelo.

Nada te detuvo, nada,

arriero bienamado,

hasta entregar el mensaje

que rescató a los hermanos.

¡Ay Catalán, Catalán:

en ti cabe el Chile entero;

las mil formas de su ayuda,

su estrella de amor fraterno!

La tragedia es alegría

cuando regresa el amado

que llorábamos por muerto

y aparece sano y salvo.

Alabado sea el Señor;

todos estamos salvados:

los que volaron al cielo,

y los que en la cumbre penamos.

Y: "Más cerca ¡oh Dios! de ti",

pusimos por santo y seña,

sobre la cruz que vigila,

el precio de la tragedia.

Más cerca quiere decir:

las ofensas perdonamos;

saciar el hambre y la sed,

dar abrigo al desamparo.

Levantar a los que caen,

orar por los descarriados;

correr a ofrecer ayuda

y liberar al esclavo.

Que el frío, no sea de muerte;

que la nieve, no sea olvido;

y que sea celeste el cielo

como en la montaña, limpio.

Quiere decir que el camino

lleve al arriero seguro

del amor; y que en la paz

formemos un nuevo mundo.

Jugarnos hasta reunir

lucha, mensaje y abrazo:

caminando, caminando,

caminando, caminando.

Cargar con Nando y Roberto,

la mochila de la hazaña

y un compás para hacer rumbo,

entre la vida y la nada.





Regata Buenos Aires - Río 1993, triunfo del "Uruguay Natural"




De la nave de Juan Díaz,

al "Uruguay Natural"

con el Capitán Vanzini,

¡cuánta aventura en el mar!

De Buenos Aires a Río,

seis días y medio serán,

para competencia oceánica,

de fama internacional.

Año de mil novecientos

noventa y tres; correrán,

la edición que internviene

el "Uruguay Natural".

Está abordo Casariego,

Carlos Rico, Sebastián

Raña, Knuppel y Ansorena;

los dos Pellistri, allí van.

Suárez y Schewe y Salustio,

componen el dicho scratch;

don Jaunsolo, Gómez, Porta,

el equipo integrarán.

Sosa, Robaina y Miezzera,

la nómina cerrarán;

verán siete amaneceres

hasta la meta final.

Son dieciocho marineros

y una sola voluntad;

y han tirado por la borda,

lo que no ayude a ganar.

Disciplina, sacrificio,

capacitación real,

excelencia y equilibrio,

hay que dar de sí en el mar.

Cuestión de barco y de práctica,

palo, quilla y aparejo;

y un afinado timón

y alegrías y muchos miedos.

Todos navegando un sueño:

"Cinta Azul", que ha de lograr,

quien pactó con rumbo y viento

con mayor habilidad.

Y el "Uruguay" al fin vence;

pero no es lo principal;

lo es la destreza, el empeño

que se ha dejado en el mar.

El sloop, ha respondido;

y "es el más lindo", dirá,

Vanzani, un enamorado

de este bote magistral.

Regreso a Punta del Este,

con una diana triunfal;

desde la ofrenda a la gloria,

la hazaña se hace inmortal.

Cartujos dentro del barco;

reciedumbre, donación;

la música de las olas

y el viento en el corazón.












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