Poemas de aventuras, regatas y naufragios en "el Este"
De Umberto Pereira, "el poeta de Punta del Este"
Primera edición: 1993
Contenido
- 1 Julio Grossy, 26-I-1790 - 10-V-1876
- 2 El milagro de Los Andes
- 3 Regata Buenos Aires - Río 1993, triunfo del "Uruguay Natural"
- 4 Prontos para largar - Regata "Whitbread" alrededor del mundo, 1993-94
- 5 Naufragio del negrero "Seahorse", 29-XI-1728
- 6 Naufragio de la "San Rafael", 22-V-1765
- 7 Naufragio de la San José, 7-VII-1794
- 8 Naufragio del "Agamemnon" de Nelson, 15-VI-1805
Julio Grossy, 26-I-1790 - 10-V-1876
Nacimiento
Mil setecientos noventa;
en el veintiséis de enero,
Julio Grossy vino al mundo
entre olivos y viñedos.
Era en la Nueva Liguria
era en la zona de Ovada;
mirando al Mediterráneo,
en el noroeste de Italia.
Estudios y prisión en África
Estudiante genovés,
será piloto de altura,
soldado y agrimensor,
con infinita aventura.
Dominó varios idiomas:
habló italiano y francés,
habló alemán y español,
habló inglés y portugués.
Un lance caballeresco
lo movió para embarcarse;
recorrió el Mediterráneo
en un velero mercante.
Un día -y en pleno crucero-
su barco será abordado
y terminará en el África,
prisionero de un corsario.
En medio de una mezquita,
a la religión cristiana
se les intima abjurar
y adoptar la musulmana.
Con dignidad y altivez,
Julio Grossy no lo acepta;
permanecerá en la fe
que los turcos atropellan.
A los servicios domésticos
de un marino es destinado;
transcurrió así su prisión
que duró más de dos años.
Con un amigo grumete,
una noche se escaparon;
buscando la libertad
hasta amanecer remaron.
Tenía una preciosa brújula
con su caja de marfil;
también un reloj de sol,
para buen rumbo seguir.
Pasada la oscura noche,
un barco que iba a Marsella,
los avista y los recoge
y hasta aquel puerto los lleva.
Soldado de Napoleón y prisión en Alemania
En las fuerzas de Beauharnais,
servirá con Napoleón,
en la campaña de Rusia,
en la ambiciosa invasión.
Está presente en Moscú,
su cuerpo de infantería;
en la triste retirada
y el cruce del Beresina.
Hasta treinta y siete grados
se registran bajo cero;
no es posible describir
la crueldad de aquel invierno.
Trescientos cincuenta mil
soldados habían marchado
y apenas dieciocho mil
son los que están regresando.
Acosan la retirada
el hambre, el frío, la fatiga;
a campesinos polacos
Grossy les debió la vida.
Le dan fricciones de nieve,
alimentos y cuidados,
que le permiten marchar
a unirse con los soldados.
En la batalla de Leipzig
llamada "de las Naciones",
los ejércitos de Francia
perdieron veinte mil hombres.
En medio de esa batalla
Grossy es hecho prisionero;
y hacia el norte de Alemania
lo envían a un aserradero.
Aserrar y picar leña
como trabajo forzado;
terribles noches de frío
sufre con otro soldado.
Perfecciona su alemán;
entiende y se hace entender;
lo que le permitirá
ser profesor de francés.
El propio dueño de casa
requiere para su hija
la enseñanza del soldado
que así cambiará su vida.
Un trato muy comedido
y el afecto de la niña;
un alojamiento digno
y un ambiente de familia.
No logra alivio el amigo;
y un día lo encuentra muerto
de frío en aquel desván,
que compartieron un tiempo.
Piloto mercante y marino de la independencia
Ya pasado Waterloo,
devueltos los prisioneros,
Julio Grossy ha regresado
con un afán marinero.
Se enrolará de inmediato
como piloto mercante
para la línea del Plata:
Montevideo y Buenos Aires.
Contaba que conoció
a Garibaldi en sus viajes;
al héroe de San Antonio
y heraldo de libertades.
Exploraría el polo Sur,
donde cumplió una invernada
y en el año veinticinco,
a la flota de Brown pasa.
Revista por algún tiempo
al mando del Almierante;
por el destino oriental
su suerte quiere jugarse.
Como oficial marinero
del corsario "Lavalleja",
lucha cerca del Buceo
con la flota brasilera.
Colocado el "Lavalleja",
en precaria situación,
lo vuelan y en unos botes
salvan la tripulación.
Y cayeron prisioneros
él y Leonardo Olivera;
son enviados a Dos Cobras;
son, compañeros de celda.
Ciertos días les permiten
los guardianes brasileros,
tomar el sol en la isla
donde viven prisioneros.
Un día está allí un bergantín
inglés, que espera buen viento,
en la costa de Dos Cobras
y Grossy ve el cielo abierto.
En inglés, al Capitán,
habla sin que el guardia note,
que aquél le ofrece dejarle
entre las rocas un bote.
A don Leonardo Olivera,
fue confiado el tratamiento
para eludir a la guardia
y remar hasta el velero.
Un guardia negro dormido
sortean sin contratiempo;
bote al agua y a remar
con la furia del anhelo.
Se alejan, se da la alarma;
tiros de fusil al mar;
están fuera de distancia;
no los pueden alcanzar.
El bergantín con las velas
a medio izar, leva anclas;
el viento está favorable;
la suerte los acompaña.
El barco va a Buenos Aires;
baja Olivera en Castillos;
sigue Grossy navegando
hasta aquel final destino.
El amor y las Malvinas
En el año veintisiete
al fin alcanzó el amor;
María O´Kervis, irlandesa,
su aventura compartió.
En la Compañía de Pesca
que trabaja en las Malvinas,
se alista y allí marcharon
don Julio y doña María.
Desde el año veintinueve
y hasta el año treinta y dos,
permanecen los esposos
en la inhóspita región.
Juan les nace en Buenos Aires
y Carlos en las Malvinas;
el veintinueve y el treinta
y tendrán muy corta vida.
Marcos nació en Buenos Aires
en el año treinta y dos,
cuando ya están de regreso
de aquel tiempo pescador.
Agrimensor y vecino de Maldonado
Venido a Montevideo,
previo examen, le otorgó
la Comisión Topográfica,
título de agrimensor.
Hace tiempo que Leonardo
lo tironea con sus cartas;
y al fin cumple en Maldonado,
la última y extensa etapa.
En el año treinta y cuatro,
fechado en setiembre cuatro,
de nuestra Punta del Este,
levantará el primer plano.
De la mano de este hombre
de tan peregrina historia,
es la primera medida
de una tierra tan hermosa.
Entre el año treinta y cuatro
y el año cuarenta y cinco,
estando aquí, en Maldonado,
le nacieron cuatro hijos.
Al mayor, Julián Manuel,
le siguió José María;
luego María Antonia y Julio
benjamín de la familia.
Será padrino Leonardo,
cuando Julito les nace;
así que además de amigos,
vinieron a ser compadres.
José María y Julio Grossy
fallecen en la niñez;
sólo casan María Antonia
y luego Julián Manuel.
Desde aquel año treinta y tres,
al año cincuenta y nueve,
ejerció el agrimensor
con un singular relieve.
Trabas de guerras civiles,
inclemencias naturales;
enfrentar hombres y fieras;
sufrimientos incontables.
Medir campos era entonces,
dura y sostenida lucha;
con anteojo de alinear,
con la banquilla y la brújula.
Con la cuerda de cien varas
de cáñamo y las banderas;
con una salud de hierro;
con ejercitadas piernas.
Se pedía un juramento
a todos los operarios;
así peones cadeneros,
como a los abanderados.
Y a los que, con los jalones
y con las largas agujas,
decoran de blanco y rojo
los predios de las mensuras.
Ante Dios y una señal
de la cruz y frente al juez,
juraban todos promesa
de desempeñarse bien.
Con los datos recogidos
y anotados en el campo,
se trataban los polígonos
divididos en triángulos.
Con la suma de parciales
se hallaban las superficies;
en la mayoría de los casos
herencias a dividirse.
Rocha, minas y Florida,
por supuesto, Maldonado,
le deben larga tarea
de deslinde de los campos.
Son seiscientas mil hectáreas
por don Julio mensuradas;
triangulación increíble,
pero que está registrada.
Escuela de Agrimensores
Su escuela de Agrimensura
instalada en Maldonado,
trajo honor a su docencia,
con óptimos resultados.
Recibieron su enseñanza
y luego se titularon:
Jaime Pou, Joanicó (Zoilo),
Noel Calamet, Ramón Santos.
Y Reginaldo Araújo,
Marcos, su hijo y Tomás Barrios,
que atestiguan la eficiencia
del maestro de Maldonado.
Daban en Montevideo,
en el examen final,
la medida del prestigio
de la escuela regional.
Aunque su padre secunda
en la práctica y los cálculos,
en rigor no pudo dar
su final examen Marcos.
Bastaba con su baquía
y el orgullo de don Julio,
para comprender que Marcos,
seguiría su propio rumbo.
Pero contraída en mensuras
una grave enfermedad,
se le adelantó a la prueba
la muerte en Pirarajá.
Don Julio fue un hombre: recto;
severo, disciplinado;
celoso profesional
y vecino conceptuado.
En el siete, siete, siete,
de la hoy calle Ituzaingó,
su cultura enciclopédica,
dejó una huella de honor.
Matemáticas y francés
a Jaime y Julio enseñó;
como maestro de sus nietos
su docencia terminó.
La Comisión Topográfica
lo había llamado a su seno;
pero él se quedó a mirar
el mar y a ordenar recuerdos.
La ancianidad
Cuando el tiempo dijo basta,
don Julio guardó sus sueños;
y viajó con la memoria
por su largo derrotero.
Su atalaya era la plaza
de la Torre del Vigía;
entre él y el horizonte
arena, vientos y vida.
En acto sacramental,
en la Plaza de Recreo,
miraba la inmensidad
y hacía cuentos a su nieto.
Su nieto, Jaime H. Pou,
de la mano de aquel viejo
soldado de Napoleón,
recorría el mundo entero.
En alas de aquella voz,
en vuelos de pensamiento,
iniciados en Liguria
entre olivos y viñedos.
La "Torre de Observación"
le oyó los itinerarios:
Liguria, África, Moscú,
Las Malvinas, Maldonado.
Austria, Alemania, Polonia,
Francia, Río de Janeiro;
Rusia, Suiza, Buenos Aires,
Polo Sur, Montevideo.
Son cuarenta y cuatro años
los que vivió en Maldonado;
murió en el setenta y seis,
en el día diez de mayo.
Era en este Maldonado;
era en tierra americana;
recordó el aceite, el vino
y suspiró por Italia.
Con aprecio general
los vecinos lo rodearon;
honró al suelo de adopción
y al pueblo de Maldonado.
La dimensión de la sangre
La estirpe de María Antonia,
casada con Jaime Pou,
por mi unión con María Carmen,
hasta mis hijos llegó.
María Antonia, Jaime Hilario,
Jaime Ernesto 8agrimensor),
María Carmen, su hija única,
que conmigo se casó.
Y nuestros cuatro varones,
Jaime, Marcelo, Rafael
y Enrique, que hasta don Julio,
remontan este cordel.
Unen mi sangre de Nápoles,
con la del norte de Italia;
y mis herencias gallegas
con herencias catalanas.
Y otras mezclas españolas
con la corriente de Irlanda
y un infinito secreto
que se asoma a sus miradas.
La dimensión de la sangre
dice a la flor de tu hazaña:
por una que luce al sol,
miles quedan soterradas.
Este camino, don Julio,
de aventura vasta y varia,
nos afirma: de los hombres,
lo sabemos todo y nada.
Con la azotera del látigo,
abrías tajos al silencio,
por donde arriar diligencias
tiradas por los boleros.
Cuidabas la diligencia,
los arreos, los caballos;
los bichos luciendo fuertes
y una pintura el rodado.
Estanislao: tú tenías
el código de los diestros;
en las leyes del andar,
nada te negó el secreto.
Ni la arena ni el bañado
ni la hondonada ni el cerro;
ni el barro ni los arroyos
ni las piedras ni el repecho.
Ni la lluvia ni el “peludo”
ni el sol ni el resumidero;
ni los montes ni los fríos
desnudos de los inviernos.
Ni el viento norte caliente
ni el rigor de los pamperos;
ni lagunas desbordantes
de deslumbrados espejos.
Ni los campos escarchados
que levantan con el viento,
esos fríos que se cuelan
hasta el fondo de los huesos.
Tu ciencia de mayoral
la dio la escuela del tiempo;
la sorpresa del camino
y el capricho del terreno.
La huella te trajo el temple
para enfrentar un matrero;
a la víbora o al puma,
los atascos y los vuelcos.
Te fue curtiendo de heladas
el reconocer los vientos
y diagnosticar los males
y aplicarles el remedio.
Un mayoral es un soldado,
es un poeta y es un médico;
psicólogo en soledades,
maestro de gozos y miedos.
Dialoga con los que van
y en dos puntas del terreno,
con el que hace los encargos
y el que recibe el recuerdo.
Con verde de campo y árboles
y azules del firmamento;
y con nubes, diligencias
blancas que andan por el cielo.
La travesía en diligencia
en la fe del pasajero,
abría las alas del viaje
con la ilusión de los vuelos.
Con el deseo de llegar;
con la belleza del sueño;
con la confianza en un hombre
sano por fuera y por dentro.
En los altos de la sierra
se acercaban los matreros
para comer, sin violencia,
junto con los pasajeros.
“Gente que había sido buena
y que se había desgraciado”;
a los que siempre obsequiabas
con yerba, caña y tabaco.
Ocultos “yeitos” del rumbo;
peaje de los viejos tiempos;
convivencia con la sierra;
atajo contra los riesgos.
Llevaste el alma del pago
sobre ruedas a otros pueblos;
amor, amistad, litigio,
desgracias y nacimientos.
Lutos que derraman llanto;
plata que resuelve duelos;
esperanzas que prolongan
la suavidad de los sueños.
Gentes que eran recibidas
con el corazón abierto;
cartas que dan por perdido
lo que no tiene remedio.
Corre con la diligencia
un mundo extraño y complejo,
que los cascos de caballos
desplazan con bamboleos.
Que suena en ejes y ruedas,
que vuela a ras del terreno,
por riendas, látigo y tiro;
por la espuma de los belfos.
Desde el tirón del arranque
hasta llegar al destino,
un mundo que marcha al paso,
trote o galope tendido.
Vasos que dejan la fuerza
remachada contra el suelo;
crines que el viento alborota
y que acarician el cielo.
Dar de beber a las bestias
forma parte de los ritos;
o reponer animales
para seguir el camino.
Ciega ansiedad por el agua
que no niegan los hocicos,
en un beso interminable
a la corriente del río.
Un ovillo de problemas
devanan los pasajeros,
para distraer a las leguas
y enredarlas en los cuentos.
Los temores, las certezas,
las hazañas, los enfermos;
las “gracias” de los gurises,
la memoria de los muertos.
Los amigos bien probados,
los lejanos parentescos,
los negocios, las esperas,
las angustias, los recuerdos.
A bordo se van mezclando
las miradas y los rezos,
las manos que se saludan
y las voces de consuelo.
Se forma una nebulosa
de espacio, camino y tiempo,
donde nada existe y todo
entra en galerías de sueños.
Al dejar la diligencia,
vistiendo sus propios cuerpos,
seguirán estos vaivenes
caminándoles por dentro.
Cargas de cosas y gente
que bajo tu amparo fueron,
mientras eras responsable
de dejarlos en buen puerto.
El haz y el envés del ser,
son otros mientras va andando;
cambian del agua de estanque
a la ingravidez del pájaro.
Eligen por confesor
al mayoral avezado
y le descargan secretos,
por sentirse más livianos.
Todos los que transportaste
algo te fueron dejando:
o la nube de una pena
o la luz de lo esperado.
O el color de la amistad
o el consejo ponderado;
la claridad de un saber
o la hermosura de un canto.
O el pedido de un auxilio,
que se reclama a un baqueano,
experto en viajar cerquita
del alma de otros cristianos.
Y algo de ti, mayoral,
en la maleta guardaron;
para guiar mejor los tiros
o elegir mejor los vados.
Pudieron haberte puesto
don Estanislao, el bueno;
sencillo, de buen talante,
servicial y jaranero.
Con fe en tu Dios y en tu fuerza,
consciente de tu trabajo;
por buen jefe de familia
apreciado en Maldonado.
Si el viaje es haciendo noche
la posta es un breve sueño,
que nuevos caballos tiran
para consumir el tiempo.
Un día para ir y otro día,
para volver a los pagos;
por la arena, por el abra,
por la playa o por el campo.
Acostumbrado a tutearte
con las nubes en el cielo;
con el canto de los pájaros,
con la luna y el lucero.
Con la huella que trenzaban
las ruedas y el golpeteo,
de los cascos dibujando
arcos en u sobre el suelo.
Acostumbrado a sufrir sudor,
distancia y esfuerzo;
a regular los andares: rápido,
mediano y lerdo.
A contestar con palabras
o responder con silencios;
a estar entre los que van
o amar a los de allá lejos.
A cargar con los colores del mar,
la tierra y el cielo
y los perfumes silvestres:
otros tantos pasajeros.
A cantar una canción
silbar o recitar versos;
a largar la carcajada
para festejar un cuento.
A saludar a la gente
de la vera del camino;
felices de ver pasar
al mayoral y al amigo.
A distinguir los rumores,
ruidos, mugido y trinos;
las estridencias del tero,
la caligrafía del río.
Acostumbrado a poner
sobre lo amargo, lo bello;
y después de tanto andar,
sobre lo malo, lo bueno.
Dijiste que los caminos
tienen lechuzas y cuervos;
y también, como la vida,
amaneceres y teros.
Fuiste Estanislao Tassano,
trabajador, digno y bueno;
un hombre; tan solo un hombre;
nada más y nada menos.
Tu corneta, Estanislao,
nos envuelve en el recuerdo;
porque arriba antes que tú
y se prolonga en el tiempo.
Siempre oiremos tu corneta;
siempre habrá adiós y regreso,
con una vida ejemplar
como la tuya, en el medio.
El milagro de Los Andes
Íbamos a competir
con los hermanos chilenos;
charrúas contra araucanos:
fiesta para los dos pueblos.
Un cálculo equivocado
nos estrelló entre los riscos;
infierno de ayes y sangre
y de hierros retorcidos.
Cobró la muerte sus presas
y a los muertos sepultamos,
con la señal de la cruz
y el corazón destrozado.
El ave de la garganta
naufragaba en el silencio;
un silencio duro y frío,
áspero, violento, terco.
Dios lo llevó; sabe Dios
que el cielo tenían ganado;
¡qué desolada es la nieve
cuando se pierde un hermano!
Sorda y borracha, la muerte
tendía sus cercos de garras:
soledad, grietas, abismo,
vendaval, alud, nevada.
Y eran inmensos: la ausencia,
la noche, el dolor; inmensos
el minuto y el cansancio;
la sed, el hambre y el viento.
En la cumbre de los Andes
perdíamos el pasado,
los colores de las flores
la sonrisa de los labios.
La familia, los amigos,
nuestro Uruguay adorado,
el bien que había que sembrar:
amor, esperanza y canto.
Solía vestir la muerte
blando capote plomizo,
que aprieta brazos y piernas,
con un murmullo asesino.
Llamaba con bronca urgencia
o voces de terciopelo;
con el filo de un silbido
o nubes de falso ensueño.
Cegaban el sol, la nieve,
la fiebre de las heridas;
sólo Dios era promesa
para la fe peregrina.
Clavados en una cruz
entre el abismo y el cielo,
surgió la grave pregunta
como un instante supremo.
Y Dios nos habló por fin,
cara a cara para hacernos,
mensajeros de la vida
y testigos de lo eterno.
Y nos dijo que su carne
y su sangre nuestros muertos,
desde su paz ofrecían
con amor, como sustento.
Con esas hostias sagradas
hicimos la comunicón,
por renacer a la vida;
para acercarnos a Dios.
Éramos un largo llanto
por todo el mundo llorado
y el coraje en un refugio
en medio de los picachos.
No advertían nuestro llamado
sobrevolando montañas;
y la baquía del arriero,
la despistó la borrasca.
Con honda fe nuestros padres,
buscando siempre, buscando,
subieron setenta días
otros setenta calvarios.
La montaña es infinita;
y el hombre parece un sueño;
consumimos la memoria,
el llanto, el rezo, el ingenio.
La angustia todo lo agota;
todo lo traga el silencio;
y todo lo muerde el frío:
furioso, implacable, artero.
Repartimos las tareas,
el reavivarnos el ánimo,
el apostar a volver;
¡calibramos hasta el llanto!
Y vimos que aquel dolor
era luz y no castigo;
había que hacer la esperanza:
salvarnos nosotros mismos.
Nando y Roberto cargaron
la mochila de la hazaña
y un compás para hacer rumbo,
entre la vida y la nada.
La mochila venía llena
con hambre, con frío, con llanto,
con silencio de las cumbres
y desventura en el llano.
Bajaron gritos de vida
sobre sus cuatro zapatos;
la muerte se desmayaba
mirando pasar los bravos.
Diez días de caminar
en un precipicio helado;
y por el desierto, Dios,
abriendo huella al milagro.
Dolor de huesos; fatiga;
lo insoportable del sueño;
trepar, bajar, arrastrarse,
mitad vivos, mitad muertos.
Son setenta días de angustia
contra diez días de cansancio:
caminando, caminando,
caminando, caminando.
La mochila venía llena
con la ilusión de la vida,
enfrentándose a la muerte,
que hasta la gloria mancilla.
Cuando de pronto lo blanco
se vuelve verde; el milagro,
puede olfatearse en el aire,
en el ganado, en el árbol.
En el río que salvaje,
resuena estruendoso canto
y hasta en un bendito arriero
que se ve del otro lado.
"Vengo desde aquel avión
-escribe Nando, ya exhausto-
que se cayó en las montañas;
estamos desorientados.
Tengo aquí un amigo herido
y catorce en el avión;
no podemos caminar:
ayúdennos: ¡por favor!
Ata a una piedra el mensaje,
febril y desesperado;
lo lanza sobre las aguas
y cae, rendido en el pasto.
¡Ay Catalán, Catalán:
tu nombre fue una campana
que se oyó por todo el mundo
renovando la esperanza!
Una gracia sin igual
hizo de ti el mensajero
de la luz en la tiniebla,
de las almas sin consuelo.
Nada te detuvo, nada,
arriero bienamado,
hasta entregar el mensaje
que rescató a los hermanos.
¡Ay Catalán, Catalán:
en ti cabe el Chile entero;
las mil formas de su ayuda,
su estrella de amor fraterno!
La tragedia es alegría
cuando regresa el amado
que llorábamos por muerto
y aparece sano y salvo.
Alabado sea el Señor;
todos estamos salvados:
los que volaron al cielo,
y los que en la cumbre penamos.
Y: "Más cerca ¡oh Dios! de ti",
pusimos por santo y seña,
sobre la cruz que vigila,
el precio de la tragedia.
Más cerca quiere decir:
las ofensas perdonamos;
saciar el hambre y la sed,
dar abrigo al desamparo.
Levantar a los que caen,
orar por los descarriados;
correr a ofrecer ayuda
y liberar al esclavo.
Que el frío, no sea de muerte;
que la nieve, no sea olvido;
y que sea celeste el cielo
como en la montaña, limpio.
Quiere decir que el camino
lleve al arriero seguro
del amor; y que en la paz
formemos un nuevo mundo.
Jugarnos hasta reunir
lucha, mensaje y abrazo:
caminando, caminando,
caminando, caminando.
Cargar con Nando y Roberto,
la mochila de la hazaña
y un compás para hacer rumbo,
entre la vida y la nada.
Regata Buenos Aires - Río 1993, triunfo del "Uruguay Natural"
De la nave de Juan Díaz,
al "Uruguay Natural"
con el Capitán Vanzini,
¡cuánta aventura en el mar!
De Buenos Aires a Río,
seis días y medio serán,
para competencia oceánica,
de fama internacional.
Año de mil novecientos
noventa y tres; correrán,
la edición que internviene
el "Uruguay Natural".
Está abordo Casariego,
Carlos Rico, Sebastián
Raña, Knuppel y Ansorena;
los dos Pellistri, allí van.
Suárez y Schewe y Salustio,
componen el dicho scratch;
don Jaunsolo, Gómez, Porta,
el equipo integrarán.
Sosa, Robaina y Miezzera,
la nómina cerrarán;
verán siete amaneceres
hasta la meta final.
Son dieciocho marineros
y una sola voluntad;
y han tirado por la borda,
lo que no ayude a ganar.
Disciplina, sacrificio,
capacitación real,
excelencia y equilibrio,
hay que dar de sí en el mar.
Cuestión de barco y de práctica,
palo, quilla y aparejo;
y un afinado timón
y alegrías y muchos miedos.
Todos navegando un sueño:
"Cinta Azul", que ha de lograr,
quien pactó con rumbo y viento
con mayor habilidad.
Y el "Uruguay" al fin vence;
pero no es lo principal;
lo es la destreza, el empeño
que se ha dejado en el mar.
El sloop, ha respondido;
y "es el más lindo", dirá,
Vanzani, un enamorado
de este bote magistral.
Regreso a Punta del Este,
con una diana triunfal;
desde la ofrenda a la gloria,
la hazaña se hace inmortal.
Cartujos dentro del barco;
reciedumbre, donación;
la música de las olas
y el viento en el corazón.
Prontos para largar - Regata "Whitbread" alrededor del mundo, 1993-94
Es: "último desafío",
eslogan de la "Whitbread";
desafío final, espacio
y tiempo que hay que vencer.
Vuelta al mundo en un velero;
Mares del Sur, a enfrentar
y competencia en regata
para más dificultad.
Mil novecientos noventa
y tres; en esta edición,
compite un barco uruguayo
en primera intevención.
Veinticinco de setiembre;
la regata largará
desde el Puerto de Southampton,
de rancia historia de mar.
Mil novecientos ochenta
y nueve; y echan al mar
barco finlandés, que ahora,
se convirtió en oriental.
Su casco es una belleza;
hecho en carbono y Kevlar;
veinticinco toneladas
es lo que vino a pesar.
Son veinticuatro sesenta
de eslora; y la manga dio
en su panza, como máximo,
los cinco noventa y dos.
Serán tres noventa y ocho,
su calado; y la perilla,
del palo, a treinta y un metros,
de la cubierta se ubica.
Una docena de metros,
la botavara tendrá;
y los sesenta centímetros,
el diámetro alcanzará.
Veinticinco toneladas
de peso y la dicha eslora;
quinientos metros cuadrados
de vela, los vientos soplan.
A la ficha señalada
se le deberá agregar,
que en sus sólo cuatro años,
una "Whitbread" contará.
Fue cuando no era uruguayo,
en la "Whitbread" anterior;
por problemas con la quilla,
la carrera abandonó.
Una gran regata oceánica,
como oriental, ya ganó:
fue la Buenos Aires - Río,
que en febrero culminó.
Por medio millón de dólares,
el "Uruguay Natural",
fue oriental y esta regata,
insumirá un millón más.
Por el sur del paralelo
cuarenta, navegarán;
los "Cuarenta bramadores",
a cien kilómetros van.
Tan largo palo, tan breve
manga y eslora y el mar,
tan grande, que una docena
y un tercio, van a enfrentar.
Con sus quince tripulantes,
más Vanzini, Capitán,
desean dar la vuelta al mundo
y además, quieren ganar.
Aunque sin rutas parece,
mil caminos tiene el mar;
y uno de todos, el óptimo,
al que es preciso encontrar.
Vanzini, mientras se adiestran,
predice lo que vendrá;
que expondrá la resistencia
a una prueba excepcional.
Gran peligro, gran penuria,
se tendrán que soportar;
con un temple a toda prueba
se los deberá enfrentar.
Barco estrecho y peligroso;
cualquiera puede ir al mar;
y el retorno es muy difícil
aún con el "traje especial".
Con olas de doce metros,
un hombre es nada en el mar;
buscarlo, si se cayera,
casi imposible será.
Por eso, un arnés y un cable
unido a la corredera
y hasta un emisor de luz,
al traje especial se agregan.
De la enorme botavara,
un golpe, puede matar;
y aun cuando ello no ocurriera,
los huesos puede quebrar.
Chocar montañas de hielo,
chocar ballenas, podrán;
y hasta treinta y siete días
sin puertos, hay que pasar.
Un enemigo infaltable
ha de ser la tempestad,
multiplicando violencia,
en cada golpe de mar.
No es raro, si cae el palo,
que también pueda matar;
frío, accidentes, viento, agua,
todo el tiempo agredirán.
Rugir del viento en las velas,
ruido del casco al golpear
una y mil veces las olas,
con su amenaza mortal.
Y para entonces, los cables,
un seno van a formar;
allí ensayarán los vientos,
música de nunca más.
La tormenta opaca el cielo
de día y de noche y habrá,
en las maniobras a ciegas,
peligro de hacerlas mal.
Las olas barren la barca
sacudida; y además,
por los cincuenta kilómetros
el barco caminará.
Entre la vida y la muerte
el trecho se achicará;
el fin anda tan cercano,
que se lo puede tocar.
Mojados hasta los tuétanos,
toda la fuerza podrá
gastarse; en quince minutos,
un timonel, no da más.
Las guardias, cuidar las máquinas,
todo hay que cronometrar;
el barco no ha de ofrecerles
ninguna comodidad.
Sólo cuchetas de lona;
mesas y sillas, no hay;
el peso, es un enemigo
y se debe controlar.
No se puede llevar médico
que al barco recargará;
marineros paramédicos
se usarán en su lugar.
A los quebrados y enfermos,
será preciso cuidar,
con los primeros auxilios
que esos tres hombres darán.
En el tiempo a la intemperie
frío, lluvia, viento y nieve hay;
maltrato a huesos y músculos
el bamboleo aplicará.
Mojaduras, humedades,
mala comida y enfriar
el cuerpo al último extremo,
serán la cruda verdad.
En la cucheta de lona
y empapados, "descansar";
con dolor, fatiga y frío,
que hasta el sueño ahuyentará.
Y de una vigilia máxima
a un mal dormir pasarán
gran parte de la regata,
aporreados por el mar.
La condición sicológica
Vanzini detallará,
que a prueba, tan rigurosa,
les permitirá enfrentar.
Convivencia, acorralada;
la dimensión esencial
para los dieciséis hombres,
será saberse aceptar.
Las minucias son problemas
en el fiero batallar;
las pequeñeces molestan,
agrandando su entidad.
Que ni el olor de los otros,
su modo de caminar,
de comer o dormir cuenten;
que cuente sólo, avanzar.
Lo que viene de los otros
o del viento o de la mar,
deberán absorber, siempre;
cualquier cosa remediar.
Dar: el valor y el esfuerzo;
maniobrar con perfección;
con orden, con disciplina
y extremar autocontrol.
Advertencias que se llevan,
hasta el límite mayor;
ubicando al tripulante
para la navegación.
El que acepte lo que agrede,
de otros hombres y del mar,
del barco insignificante,
un marinero será.
Por marineros de altura,
ese Sur los graduará;
no hallarán otro jurado
con mayor autoridad.
La carrera va a largarse;
y el "Uruguay Natural",
que sabe lo que le espera,
lo pretende superar.
Una distancia y un tiempo,
largo, muy largo en el mar;
y demostrarse a sí mismo
que ha de llegarse al final.
Son trescientos y más días
que este baile hay que aguantar;
un límite que estos hombres,
por gloria quieren cambiar.
Naufragio del negrero "Seahorse", 29-XI-1728
Un barco cuyo destino
natural es navegar,
contra tal naturaleza,
yace en el fondo del mar.
Aquí en esta Candelaria,
la luz nos puede engañar:
ella esconde un cementerio
de frecuente naufragar.
El barco "Seahorse" recuerda
turbia historia si las hay:
negros de África traía,
privados de libertad.
Y después que en Buenos Aires
dejara negros esclavos,
cargó oro y plata en Colonia
y de noche ha navegado.
Regresaba lleno de oro y plata de contrabando;
setenta y cinco mil onzas
se dijo que había cargado.
la "South Sea and Fischer Company",
inglesa empresa negrera,
priva de la libertad
y luego contrabandea.
Veintinueve de setiembre;
naciendo la primavera,
pero los destinos trágicos
no saben nada de fechas.
Mil setecientos veintiocho;
son las once de la noche;
y se ahogará el Capitán
con otros veintidós hombres.
La oscuridad absoluta
y las rocas de Gorriti,
con agitada rompiente
para un sorpresivo embique.
Y en ese fondo, en Gorriti,
el "Seahorse" cumple su pena;
la sempiterna rompiente
desde esa noche lo vela.
Naufragio de la "San Rafael", 22-V-1765
Año de mil setecientos
sesenta y cinco; naufraga
en el veintidós de mayo,
una preciosa fragata.
Y San Rafael es su nombres;
ahí no más; como a una cuadra;
pero unas olas de miedo
del pampero, la azotaban.
El veintinueve de enero,
de Cádiz había zarpado;
el destino, Buenos Aires,
ahora se ha visto frustrado.
Su capitán, don Francisco
López, tarnsporta una carga
de muchas ropas y frutos
y además, bombas y balas.
Unos pliegos oficiales
al Capitán se confían;
y a más, de corresondencia,
dos cajones conducía.
Trae capellán, dos pilotos,
un pilotín, escribano,
un contramaestre, un guardián
y también, un cirujano.
Carpintero, calafate,
condestable, despensero,
un sangrador y en maniobra,
usa nueve marineros.
Suma dieciocho grumetes,
cuatro pajes, cocinero
para la tripulación,
mayordomo, repostero.
Dos cocineros de cámara,
un capitán de gallinas
y diez mozos dependientes
para la repostería.
Sesenta y una personas
forman la tripulación
y dieciséis pasajeros
denunciados, embarcó.
Y nada menos que veinte
de polizontes, venían;
mal común en esos viajes
que unían a España y Las Indias.
La costa en que naufragó,
de levante, frente a Lobos,
del pueblo de Maldonado
estará a unos seis kilómetros.
Con un riesgo más que grande,
algunos ganan la playa;
y hay dos que pierden la vida
al intentar tal hazaña.
El teniente Coronel
Lucas Infante, comanda
el Cuerpo de los Dragones
y el salvataje prepara.
en informes a Cevallos
Lucas Infante relata,
los trabajos de rescate
de la gente y de la carga.
los dragones, los vecinos,
van a bajar a la playa;
los que ya ganaron tierra
quejumbrosos se encontraban.
Por el riesgo que han corrido,
por la lucha superados,
casi muertos del esfuerzo,
se les observa extenuados.
Al fin de muchos empeños,
se salvó a los demás náufragos,
que aun permanecían a bordo,
brindándoseles cuidados.
A sus bienes materiales
en ese momento olvidan;
besan la tierra, agradecen
con extremos de alegría.
Ciertos marineros tiran
al mar sus baúles y cajas,
que las olas les empujan
y recogen en la playa.
Pero se han quedado a bordo
todas las bombas y balas,
el registro del navío,
todo el resto de la carga.
Muy difícil su rescate;
el barco está lleno de agua,
con aquella tempestad
que no da lugar a nada.
Dos cajoncitos de pliegos
oficiales sí se salvan,
debido a que el Capitán
en propias manos los baja.
El naufragio llenó al pueblo
de interminables lamentos;
pero van llegando a tierra
gran parte de los efectos.
El Capitán don Francisco
López, le escribe a Cevallos,
mostrándole gratitud
por lo que lohan auxiliado.
Piensa rescatar la carga
cuando amaine el temporal;
y a los dragones en guardia
dos del barco agregará.
Como a parte de la carga
la podría arrastrar la mar,
esa guardia permanente,
día y noche vigilará.
hay, con todo, un episodio
famoso de una diadema;
aderezo de diamantes
que un ladrón escamotea.
Y en Maldonado, un pulpero,
Antonio Cortés, la compra;
aunque se corren run runes
que le hacen perder la joya.
Bruno Muñoz que oficial
real era en Montevideo,
la alhaja recuperó
en un verbal forcejeo.
Negó el hecho don Antonio
pero don Lucas, lo apremia
y pasado un largo rato,
aquella alhaja le entrega.
Y un problema religioso
se asocia con el naufragio;
el comandante y el cura
se encuentran muy distanciados.
El cura de Maldonado,
llamado Mathías Cabral,
no se entiende con Infante
y al pueblo abandonará.
Y José Eusebio Galeano,
del "San Rafael", Capellán,
durante agosto y setiembre,
dicho cura suplirá.
Por poco menos de un año
siguen bajando la carga;
para hacerlo, hasta once buzos
en un momento trabajan.
de Real Hacienda, alguacil,
del comercio, diputados,
controlan operaciones
hasta mediados de marzo.
Por embarcar tanta arena,
se quedan bombas y balas
y algo de carga civil,
para siempre soterradas.
El salvataje, ya inútil,
no da ningún resultado;
hay mucha "reventazón"
de la mar, justo en el barco.
Y al barco por ese entonces
se declara abandonado;
y se dará por perdido
lo que no se ha rescatado.
Los vecinos de San Carlos
como los de Maldonado,
piden poder recoger
los restos de aquel naufragio.
Se les verá mucho tiempo
en los días de temporal,
esperar desde la playa,
lo que ha de enviarles el mar.
Rafael, en hebreo, se sabe,
es: medicina de Dios;
y la playa del naufragio
tan bello nombre tomó.
Si la fragata se pierde,
su nombre, se salvará
en la playa que se vuelve,
medicina universal.
Naufragio de la San José, 7-VII-1794
Mil setecientos noventa
y cuatro, de invierno crudo,
de temporales de viento
y unas lluvias de diluvio.
Playa de San Rafael;
naufragio de una fragata,
en medio de un temporal:
"viento, terrazón y agua".
El seis de marzo zarpó
desde la ciudad de Málaga;
Capitán, José Soler,
la enfiló a la mar atlántica.
Veintidós hombres a bordo
y considerable carga;
con rumbo a Montevideo
la fragata navegaba.
La cargan pipas de vino
fardos de otras mercancías;
nada les hizo pensar
la suerte que correrían.
En este siete de julio,
entre la noche y el alba,
con unas olas feroces
no hay modo de gobernarla.
Aunque el nombre es "San José",
por "La Liebre" se la llama;
cuando cruje en el embique
son las seis de la mañana.
Está varada a estribor
y casi toda anegada;
cinco hombres sufren a bordo
y el resto sobre la playa.
Todos con mucho quebranto;
tres de ellos, agonizaban;
con la quilla hacia la mar
las olas baten la barca.
Se cuenta hasta Maldonado
legua y media de distancia;
Mingo allí, en un calabozo
paga una condena larga.
Domingo Villaroel
este preso de llamaba;
cuatro años tenía purgados
y seis años le faltaban.
Blandengue que revistara
con Antonio Olavarría,
Capitán, que en esta plaza
sirvió con su compañía.
Un chacarero en la costa,
testigo de la tragedia,
le avisa a Pérez del Puerto
a las diez, la mala nueva.
Y reunirá don Rafael
la tropa, los presidiarios,
vecinos voluntariosos,
carretas, caballos, lazos.
Azotados por la arena,
los de la playa gemían;
y se les dio pan y vino
como primera medida.
No era posible hacer fuego
debido al agua y al viento;
así que su propio abrigo
les dan los del salvamento.
Cinco hombres están a bordo
clamando por ser salvados;
los jinetes van al mar
con un tiempo endemoniado.
Varios intentos fallidos
hechos a fuerza de lazo;
hasta que a tres de los hombres
se logra poner a salvo.
Serán las tres de la tarde
cuando se mandan al pueblo,
los que han sido rescatados
para mejor atenderlos.
Con la mar enfurecida
y el viento que no da tregua
se consumen los intentos
de sacar a los que esperan.
Juan de Mármol, dependiente
de Rentas, es nadador;
y también Juan de Mendoza
un vecino auxiliador.
Salud y vida en peligro
pusieron en la emergencia;
un verdadero torneo
de coraje el que se juegan.
Alguien le dice a del Puerto
que también Mingo nadaba;
y es así que don Rafael
le va a pedir una hazaña.
Le pide que pase a bordo
para sujetar un lazo;
a ver si de esa manera
rescatan los desdichados.
le va a ofrecer recompensas;
entre ellas, una especial:
la de pedir al Virrey
que lo ponga en libertad.
En medio de aquellas furias
Mingo hace varias entradas;
pasado de frío y cansancio
sube al fin a la fragata.
Pero un gran golpe de mar
lo tira de la cubierta;
casi no contaba el cuento
cuando regresó a la arena.
Por la vida de los náufragos,
por la propia libertad,
por la confianza en sus fuerzas,
insiste con terco afán.
Es muy entrada la noche
cuando se marcha del Puerto;
por buscar breve descanso,
vuelve al pueblo medio muerto.
La custodia y demás gentes
reciben sus mandamientos,
para usar las coyunturas
que permitan salvamento.
Y consigue Villaroel
a la una de la mañana,
con el riesgo de su vida
salvar los dos que quedaban.
No es posible detallar
la alegría de los presentes;
la de todos no alcanzaba
a igualar la del blandengue.
Naufragio del "Agamemnon" de Nelson, 15-VI-1805
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