Angellini, pintor y tenor

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Angellini: presentación y despedida de un tenor Artículo de R. Francisco Mazzoni, Maldonado, Mayo 19 de 1954 Especial para EL DÍA


“Tenor… “¡ma…! ¡tenore!” se llamaba a sí mismo. Y era en realidad, una bellísima voz lírica de extensión extraordinaria y de timbre igual. Sesenta y cuatro años (estamos en 1943) gran abdomen, mejillas rosadas, palabra fácil… Los recuerdos le asoman como los pastos en el agua de las lagunas: parecen ser sólo tres o cuatro tallos dominantes, se tira de ellos y es un colchón inextrincable que asciende con una colonia de animales y hasta con barro del fondo correando por todas partes.

Angellini realiza una mezcla de pintor “la bottega” y tenor exiliado del arte escénico. Creo que algo falló en su vida y en su voluntad y esas circunstancias le hicieron perder el rumbo social. Rotos todos los lazos que desde la niñez se tejen para llevar al hombre en un camino predeterminado, apareció en él esa esencia que forma la parte más pura del alma y concluye por disolver todos los convencionalismos: el deseo de libertad.

Fue un bohemio que vivía con un mendrugo y dos vasos de vino. Ni el vestir ni el dormir eran problemas. Llevaba sus ropas como un cantante “de estima” y cualquier resto de una vechia zinnarra en sus hombros caía con ciertos pliegues de capa noctívaga y caballeresca.

Su lógica (porque cada uno tiene su lógica a pesar de Aristóteles y Stuart Mill) la ponía de acuerdo con sus sentimientos. Era un espectador del mundo y lo veía desfilar ante él, sonriente e irónico; ¿qué otra actitud puede asumirse frente al gran carnaval? Su crítica, suave para la política y la economía, se aceleraba para las costumbres sociales, la falta de obra de los jóvenes y las modas excesivas de las damas, porque ¨La Mosca¨, que aún llevaba adentro, no le dejaba quieto. Como a fin de cuentas, se trata de un contemplativo, poco esfuerzo le costaba conformarse con la realidad, y, mientras la mayoría de los humanos se siente desgraciados ante la lucha por la vida, él sonríe y murmura un: “guarda e passa”.

En los pueblos por donde el acaso le obligaba a cruzar, los comercios se llenaban de letreros fantásticos, escenas interpretativas de los títulos ya fuera El almacén de (un tigre), La churrasquería del (un fogón) o el Club de (un balón) exiguo local de incipientes futbolistas que él agrandaba, poblaba, daba aire y sombra con bosques de palmeras pintados en las paredes.

En esta forma ganaba los centésimos para su vida; sin preocupaciones, alegremente, al aire libre. Pero lo que derrochaba, mientras esgrimía sus pinceles en el andamio, era su voz. De extremo a extremo del pueblo se escuchaban sus agudos de oro que rubricaban los trabajos murales. Y esto hacía popular e inolvidable a Angellini. Porque Maldonado fue siempre de un silencio profundo, medicinal. Aquí hasta los choferes son discretos; no se registran choques en sus calles y las bocinas son brevísimas (únicamente los altavoces se han permitido, hoy, envenenar el ambiente purísimo).

Cuánta diferencia entre estas voces comerciales estallando en músicas contorsionadas y el modulado “impostato” sumándose al silencio – no destruyéndolo – notas que ascendían sin esfuerzo a los agudos más altos. Se gustaba aquel dulce sonido que, por un instante nos daba la paz y el ensueño, porque así era lanzado al viento y nacía empujado por oscuros mandatos de la vida y de la armonía.

Cierta noche en un café del Aiguá, pusieron un disco en el gramófono: “Un di all´azzurro spacio” de Andrea Chenier. Angellini que lo escuchaba no pudo resistir y lo cantó enseguida en un tono más alto. Su timbre simpático iba de una nota a la otra sin quebrar su vibración igual. Se sentía la voz firme que se abandonaba de una pasaje al otro con esa soltura elástica de los trapecistas al lanzarse en el arie para caer en otro aparato que lo espera solitario balanceándose.

No hacía mucho hincapié en colocarse en “tenor”: sencillamente, cantaba. Fue compañero de Oxilia, de Aramburo y del bajo Mansuetto. Los citaba siempre emocionado pero en lugar de desenvolver sus recuerdos que constituían su anecdotario elegante, volvía a sus temas predilectos.

En tono bajo confiaba: - Me llamaron de lo de don Juan Gorlero y me dijo: - “Angellini, tengo mucha gente a comer, ¿quieres hacer un pescado a tu manera? - ¡Cómo no! Corté el pescado. Lo sequé bien. Lo freí. (Media lata de aceite pero ¡qué aceite!). Eché en la cazuela cebolla, pero no un poco, ¡mucha!, tres cabezas de ajo y todo frío lo puse a cocer. La señora se alarmó: - “¿Qué va a hacer con tanta cebolla?” Don Juan la interrumpió: - Yo le encargué a Angellini que haga lo que le parezca. Así que dejémoslo. Seguí agregando ingredientes: una lata de aceitunas, y otras cosas. Y cuando estuvo todo cocido le agregué el pescado frito. Fue otra discusión si debía ser frito o crudo. La dejé un rato para que se impregnara y cuando estuvo todo a punto lo marqué con galleta marina, y, la gran cazuela, marchó al comedor… Un rato después Angellini la vio regresar con gran desánimo: ¡no le habían dejado nada!

“Porque a mi, agregaba, me gusta comer y beber bien. En Maroñas, allí me buscaban para hacer los capeletis. Y el doctor García en el Aiguá, me dijo más de una vez – “Tengo invitados, Angellini; venga a hacer capeletis”. En aquella época, sí, que había buena gente. Corrían las libras esterlinas. Cualquiera tenía una libra. Cuántas veces en el Salto yo pedía: “La bendición padrino” y no me dejaban ir sin dos o tres libras. Hoy ¡ni un vintén! (y agregaba como pensando hondo)… ¡ni una papa…! ¡ni una verdura!

En una ocasión fui a la carnicería de Maldonado. Este Clavijito es loco. El día que está bien le da cualquier cosa; pero si está mal… ni un hueso le da. Ayer le dije: - ¿Me vende un pedazo de estos chinchulines para un asadito? ¡Por un real me dio como un kilo! Y un bife de ternera. Me fui a casa y en el cerco hice una parrilla. El olor, ¡qué olor! hizo que se asomara uno ¡qué sé yo quién era! Comisionista, viajero, ¡qué sé yo! y me dijo: - ¿No me convida? – Cómo no, ¡amigo! se fue a lo de Clavijo y trajo dos docenas de chorizos. En seguida cayó otro que trajo… éramos no sé cuántos y comimos todos hasta cansarse. ¡Qué asado, amigo! Como en aquellos tiempos que Piria vendía los terrenos en Maroñas por un centésimo el metro. Entonces daba gusto, pero ahora…

Y cuando así suspira Angellini bien se ve al inadaptado que ha sentido escapar no la época de Piria sino que debió nacer para compañero incondicional de Rossini. ¡Qué dúos de caneloni y capeleti con la tercera menor de cazuelas, decorados con gorros blancos; grupetos y fiorituras, se habrían escuchado entre estos artistas en la célebre cocina del maestro inmortal!

Pasaron algunos años desde esta época y cierta mañana escucho su voz en el zaguán de mi casa: - ¡Perdóneme! ¡Perdoná! Pero estos muchachos son del Sodre y los traje para que les oigas la voz. ¡No me vaya a echar!

Con estas mezclas de personas me hablaba Angellini no sabiendo cómo tratarme. En parte sentía que yo no podía familiarizarme con él, y el tuteo era un exceso, pero su naturaleza le avisaba que era inútil disimular con quien estaba en un mismo plano de emoción estética permanente.

Durante dos horas estuvimos, quebrando romanzas y deshaciendo autores del siglo pasado. Pasaban serenatas, se estiraban calderones, se gruñían los recitados y se volvía a las clásicas romanzas del barítono y del tenor. Las voces jóvenes eran poderosas y de gran “tesitura”. El barítono daba un la y un sí bemol que producían vértigo. Parecía que a esa altura iban a saltar las cuerdas vocales.

Pero era una voz privilegiada de gran extensión de bajos profundos, de pastos registro medio. Angellini se entusiasmaba: “- Vamos un dúo”, decía. Su voz en decadencia apenas alcanzaba al barítono en extensión pero su placer de cantar era más grande que todo cuanto es posible imaginar. La vida bohemia le había salvado su arte y su emoción. El alcohol le aturdía lo suficiente para no saber qué años cumplía y su corazón generoso que le hacía ver la humanidad por el lado de las injusticias, le llevaba a la necesidad de ser fraternal.

Los demás no veían esto cuando Angellini cantaba. Le escuchaban dar sus notas, aún claras, y le seguían en el esfuerzo por demostrar que había sido un tenor, “ma un tenore” que podía competir con Aramburu y ser escuchado con Oxilia.

Revolvía su bastón – improvisado por una caña de castilla que por mango llevaba una bola de hilo de carrete, pero un tipo de bastón como los elegantes de su época – y hacía peligrar las lámparas eléctricas y los indumentos de los interlocutores con sus amenazas de batuta girando en el aire. Porque él se sentía tanto en el coro como en la primera parte. Una copa de buen vino que se sirviera en un descanso, le dio la sensación de plena bohemia. Ya no se acordó dónde estaba. Fracasó en “Celeste Aída” y, de pronto, inició el “Sogno” de Manón en forma inesperada. Los jóvenes cantantes se miraron. Aquello no estaba en sus medios.

Angellini tenía “algo más” que una voz. Volvieron a repetir la romaza. La misma impresión: que era un cantante superior que se olvidaba de algunas frases pero que decía con una expresión extraordinaria. De pronto alguien habló de Mefistófeles y de “Giunto sull paso extremo”. Fue así que oímos con una emoción muy difícil de repetir el dulcísimo canto de despedida. ¡Pobre Angellini! Era él mismo cantándose a sí mismo, sin un error, con una voz que subía intensificándose, impregnada de un acento desgarrador y volvía a morir en un suspiro lejano. Angellini había resucitado en ese registro medio sedoso, como Aramburo, como Gigli, y nos daba lo que aún había en él de inmarchitable: todo su amor por el canto era una despedida que parecía haber sido escrita para este bohemio a quien la vida no podía inquietar – porque estaba hecha como todos los místicos de pura esencia generosa – y que iríamos a encontrar en alguna mañana debajo de la cama, helado, sin un agravio para nadie, con la boca abierta por haber dicho y dado un sí natural a la muerte que vino a buscarlo de improviso.


Maldonado, Mayo 19 de 1954 (Especial para EL DÍA)