Diferencia entre revisiones de «Zani, Giselda»

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Nacida en Génova en 1909, Giselda Zani fue hija del industrial italiano Pirro Zani y de su esposa Clotilde Maggiolo de Zani, un matrimonio próspero que pudo proveer a su hija de educación refinada y vida social encumbrada. “Para bien o para mal, nunca pudo abandonar la impronta de esa formación”, observa su amigo Carlos Martínez Moreno[1], y esa impresión encuentra asidero al repasar algunas coordenadas de su biografía, tal el catolicismo de su edad madura y la previa militancia política, primero en el partido comunista bajo “formas a veces espectaculares” de acción, y luego en la Agrupación de la Juventud Colorada Dr. Eduardo Blanco Acevedo,  integrando lista junto a Carlos Real de Azúa. En el fragor de esa beligerancia política, Giselda conoció a su futuro marido, de quien tomaría el apellido Welker con el que firmaría en 1930 “La costa despierta”.  
 
Nacida en Génova en 1909, Giselda Zani fue hija del industrial italiano Pirro Zani y de su esposa Clotilde Maggiolo de Zani, un matrimonio próspero que pudo proveer a su hija de educación refinada y vida social encumbrada. “Para bien o para mal, nunca pudo abandonar la impronta de esa formación”, observa su amigo Carlos Martínez Moreno[1], y esa impresión encuentra asidero al repasar algunas coordenadas de su biografía, tal el catolicismo de su edad madura y la previa militancia política, primero en el partido comunista bajo “formas a veces espectaculares” de acción, y luego en la Agrupación de la Juventud Colorada Dr. Eduardo Blanco Acevedo,  integrando lista junto a Carlos Real de Azúa. En el fragor de esa beligerancia política, Giselda conoció a su futuro marido, de quien tomaría el apellido Welker con el que firmaría en 1930 “La costa despierta”.  
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Por lo menos así lo entendió Mario Benedetti en su artículo de Marcha “Combate y fantasía de Giselda Zani”[4], donde acusa recibo del golpe propinado por Zani en el último cuento del volumen, “Los altos pinos”. Allí, uno de los personajes se despacha contra los críticos literarios señalando la presunta corrupción de la que son objeto, o bien, “alguna repugnante adulonería, algún alarmante nepotismo” que condiciona su trabajo. En pleno apogeo de la llamada Generación Crítica, un esbozo de esa magnitud solo podía ser leído como una provocación, a la que Benedetti responde con afable ironía.
 
Por lo menos así lo entendió Mario Benedetti en su artículo de Marcha “Combate y fantasía de Giselda Zani”[4], donde acusa recibo del golpe propinado por Zani en el último cuento del volumen, “Los altos pinos”. Allí, uno de los personajes se despacha contra los críticos literarios señalando la presunta corrupción de la que son objeto, o bien, “alguna repugnante adulonería, algún alarmante nepotismo” que condiciona su trabajo. En pleno apogeo de la llamada Generación Crítica, un esbozo de esa magnitud solo podía ser leído como una provocación, a la que Benedetti responde con afable ironía.
  
 
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Revisión actual del 10:34 29 jul 2022

Giselda Zani.



Giselda Zani


Génova, 1909 - Mendoza, 1975


Poeta, ensayista, periodista






Retrato de Giselda Zani en 1932.


Zani fue pionera de la crítica cinematográfica en la revista Cine Radio Actualidad, y una conferencista y ensayista de calibre cuya erudición fue catalogada por Alberto Zum Felde como la de “una mujer que todo lo ha leído y lo sabe todo”.


Muy temprano se animó con un poemario impregnado de sol y de mar titulado “La costa despierta” (1930), al que seguirían sendos ensayos sobre la pintura del Giotto y de Figari, y un volumen de narrativa fantástica y exquisita, “Por vínculos sutiles”, que le valió el prestigioso premio de la editorial Emecé en 1957. A ello cabe sumar una capacidad como guionista reflejada en dos películas que no fueron, y sin embargo, importan: “Tres historias de cine” y “La ciudad se extiende”.


Niña mimadísima de un hogar próspero, no le faltó la educación esmerada de la época, ni viajes en barco a Europa, ni el sol y el viento de las vacaciones en el Este todavía virgen de los años treinta y cuarenta. Luego, para ganarse la vida, recorrió redacciones y estudios de radio dejando la estela de un carácter posiblemente no fácil, y animándose incluso, con sonrisa plena en la foto que registra el momento, a entrevistar a José Nasazzi en 1933, un gesto que le depara el mérito seguro de ser la primera mujer en entrevistar a un futbolista en este país.


Se codeó con la intelectualidad de su tiempo, desde Jules Supervielle y Esther de Cáceres a Eduardo Dieste y Enrique Amorim, e incluso fuera de fronteras, tal su correspondencia con cineastas como Luis García Berlanga y Vittorio de Sicca, o con escritores y críticos tales como Beatriz Guido, Guillermo de Torre y Roger Caillois. Alguna que otra fotografía en blanco y negro la registra, incluso, junto a figuras como André Bazin, Jacques Prévert, José Bergamín y al mismísimo Pablo Picasso.


Nada de eso, sin embargo, pareció suficiente para salvar su recuerdo de una bruma espesa de olvido. Nada de eso libró a Giselda Zani de un conjuro que, aunque largo, no eterno.


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Giselda Zani con Andre Bazin, Varese, Italia, 1955.
Giselda Zani con su madre.
Giselda Zani en Estambul, Turquia, en 1955.
Giselda Zani en la Feria del Libro.
Homenaje a Giselda Zani de los criticos cinematograficos espanioles, Madrid 1955.
Postal de Giselda Zani para su padre, 1937.
Dorso de postal de Giselda Zani para su padre, 1937.



Mimada y militante


Nacida en Génova en 1909, Giselda Zani fue hija del industrial italiano Pirro Zani y de su esposa Clotilde Maggiolo de Zani, un matrimonio próspero que pudo proveer a su hija de educación refinada y vida social encumbrada. “Para bien o para mal, nunca pudo abandonar la impronta de esa formación”, observa su amigo Carlos Martínez Moreno[1], y esa impresión encuentra asidero al repasar algunas coordenadas de su biografía, tal el catolicismo de su edad madura y la previa militancia política, primero en el partido comunista bajo “formas a veces espectaculares” de acción, y luego en la Agrupación de la Juventud Colorada Dr. Eduardo Blanco Acevedo, integrando lista junto a Carlos Real de Azúa. En el fragor de esa beligerancia política, Giselda conoció a su futuro marido, de quien tomaría el apellido Welker con el que firmaría en 1930 “La costa despierta”.

“Nada romántica; cerebral ante todo (da conferencias que envidiaría el más docto de los profesores), ha escrito poemas muy finos, cuyo riel corre sobre el filo del álgebra. “La costa despierta” de 1930, los representa”, observa Alberto Zum Felde[2] sobre Zani y su ópera prima. Con epígrafes de Apollinaire y Mallarmé, el volumen rezuma una poesía de sobria sensualidad, impregnada de mar, aroma de pinos y luna, y provisto de una diáfana visualidad, tal estos versos de “Atardecer”:


Alguien detiene la vida en el cielo.

Hay humo rosado en la tarde

Que besa la hierba reptante.

Yo me voy tocando la flauta del camino

Pero algo de mi alma

Ha quedado disperso en la calma del paisaje.


Mucha de esa visualidad es propiciada por sinestesias, como esta que asoma al final de “Canción de amor a la quilla”:


Yo doy brazos de barro para tu herida ardiente

Que rompería mi carne triste

En chorros de sol loco

Y daría gaviotas perdidas y blanquísimas

A mis sienes que tienen el color de los siglos muertos.


También en los versos últimos de “Música”:


Oh mis deseos andariegos

Que se han fatigado!

En el vértigo cósmico

Solo tengo oídos

Para el zumbido de la hora dorada.


Retrato de Giselda Zani en Cantegril, Maldonado, en 1945.
Retrato de Giselda Zani en 1924.


En un cuestionario publicado en Marcha en 1960, Zani se muestra modesta al señalar lo “excesivamente generosos” que fueron muchos poetas locales al recibir su poemario, entre ellos, Jules Supervielle. “Pero rehusé sentirme poetisa consagrada (había demasiadas) y me dediqué a disciplinas menos relucientes: el ensayo sobre temas de arte, en especial artes plásticas”, explica, señalando ese género en el cual, según Zum Felde, habría encontrado su talento mayor despliegue. Libros como “La cárcel del aire” (1938) sobre la pintura del Giottto y Pedro Figari (1944) le granjearon ese puesto de eximia ensayista dejando de lado, quizás, una valía como narradora ya plena en “Por vínculos sutiles “(1958).


De inclinación fantástica, los relatos de ese libro bien le merecerían a Zani un lugar entre los “raros” de la literatura uruguaya, a la par de sus casi coetáneos Felisberto Hernández y Armonía Somers. Sin embargo, ni siquiera en esa compilación pionera de Ángel Rama, “Aquí. Cien años de raros”, asoma su nombre.


Para la investigadora Laura Fumagalli en su estudio “Transgresión y castigo en la obra de Giselda Zani”[3], su lugar resulta “tal vez modesto en exceso” en nuestro canon literario, lo cual podría relacionarse con una sanción posible vinculada a su condición de género, pero también, a la propia naturaleza fantástica de sus cuentos en un contexto, quizás, más proclive a valorar el realismo en la literatura.


Por otro lado, a diferencia de los frecuentes condimentos de escándalo que rodearon casos locales como el de Delmira Agustini o de Armonía Somers, los temas de Zani, su discurso, irrumpe con sosiego de mar en calma. “Carente de un tono provocador, su prosa discreta y elegante elude los excesos verbales y discurre en un nivel de corrección impecable” observa Fumagalli, y basta recorrer las páginas de “Por vínculos sutiles” para aseverar esa afirmación y para tomar nota de la ausencia de provocación a nivel de temática erótica, sí, pero no en otras lides.


Por lo menos así lo entendió Mario Benedetti en su artículo de Marcha “Combate y fantasía de Giselda Zani”[4], donde acusa recibo del golpe propinado por Zani en el último cuento del volumen, “Los altos pinos”. Allí, uno de los personajes se despacha contra los críticos literarios señalando la presunta corrupción de la que son objeto, o bien, “alguna repugnante adulonería, algún alarmante nepotismo” que condiciona su trabajo. En pleno apogeo de la llamada Generación Crítica, un esbozo de esa magnitud solo podía ser leído como una provocación, a la que Benedetti responde con afable ironía.

Giselda Zani con Pablo Picasso en Francia, 1952.
Giselda Zani con su nieto Carlos Irrazábal Welker y Pablo Picasso, en Francia, 1952.

Siete cuentos


Con su título evocador de “Las Flores del Mal” (“Plus encor que la vie la mort nous tient souvent par des liens subtils”), “Por vínculos sutiles” transita, en palabras de Zani, “una única preocupación favorita”, a saber, “la del misterio en que se sitúan los indecisos límites de la vida y la muerte“.[5] Y la muerte ciertamente, con sus distintos ropajes, ronda estas historias donde, según A. Sergio Visca[6], “la realidad adquiere el rostro de lo fantástico, y lo fantástico la consistencia de lo real”.


Narrado con una “inexpugnable lentitud germana” que bien lo confundiría con cualquier inédito de Toman Mann, tal como señala Benedetti, el primer cuento del volumen fue inspirado, según su autora, en “una glicina de la vieja quinta de Castro, que se convirtió en un mortífero jazminero en la Alemania de la época romántica”. Es así como “Verano” se centra en la amistad entre Daniel Lebenstein, un joven profesor de origen judío, y Gustavo von Rotenburg, su discípulo de cuna germana y nobiliaria. Con parsimonioso discurrir, la autora recrea un clima enrarecido, ponzoñoso, que se cierne sobre los amigos, llevando al lector hasta descolocarlo con un desenlace tan inesperado como letal.


Lo fantástico asoma hacia el final, aunque no sólo en ese fantasma que vaga por allí apenas percibido por la sensibilidad de un niño, sino también en la presencia inquietante de una criatura bien propia de este mundo, un jazminero de belleza desbordante que invade una de las habitaciones y oficia, finalmente, de fragante ataúd.


Pero si lo fantástico en “Verano” asoma apenas, no así en “Soliloquio de Kaalftar”, un texto que con nuevo acierto Benedetti emparenta a Zani con Borges. Breve y vertiginoso, el texto celebra ese gesto tan borgeano de la historia apócrifa de una raza primigenia, sabia y extinguida. Cada frase importa, es información imprescindible para comprender el drama y la naturaleza de esa criatura caída en desgracia, ahora exhibida tras las rejas como una atracción de circo fascinante y peligrosa. Línea a línea el lector va reconociendo en el devenir de esa “raza” sobrenatural, otra muy real, muy de este mundo, la misma que inspiró a Zani durante “un momento de piedad experimentado en el zoológico de Villa Dolores”.


El tercer cuento del volumen, “La casa de la calle Socorro”, juega con referencias bien locales: un viaje en ómnibus que pasa por la esquina de Ejido, la Plaza Independencia, las campanadas de la Catedral, la avenida 18 de Julio.


Pero a medida que Cristina, la protagonista, se apresta a la búsqueda de esa casa cuyo anuncio de alquiler ve en el periódico, sus pasos la internan en una zona desconocida de la ciudad. Ve allí una casa de fachada elegante y precioso jardín custodiada por dos fieles sirvientes. Ya en su interior se deja arrobar en la contemplación de los bellos objetos, del lujo sobrio de esas casas del pasado criollo y patricio. Pero al momento del regreso, el solo detalle de un nombre, la confusión que lleva al mayordomo a llamar a Cristina como su bisabuela, trastoca algún mecanismo invisible, arrojando de nuevo a la visitante a su realidad. O quizás no. Quizás la experiencia no fue más que una alucinación, una duda que Cristina comparte con la protagonista de “Luz de limbo”, el cuento que Zani prefirió del conjunto según, confesara en Marcha.


Allí, acompañada por sus tres tías, una joven decide pasar sus vacaciones un poco más lejos de ese Punta del Este que ya no es el mismo de su infancia, ese “del silencio y las vastas extensiones, el de las casas noruegas de madera blanqueada, de los chalecitos de chapa ondulada barnizados brillantemente, todos ellos implantados en jardincillos donde sólo crecían los malvones, las hortensias azules, los tamarindos siempre obedientes al gran viento”. Las mujeres se lamentan entonces de la baja del “nacional” impuesta por Perón que afecta la llegada de sus amigos argentinos, y el reemplazo de los mismos por “extranjeros de gutural acento y expresiones demasiado intensas, venidos en busca de colocación de capitales desde una Europa incendiada por la guerra o huyendo de posibles campos de concentración”.


Escrito en 1956, los ecos de la Segunda Guerra parecen todavía poderosos, se cuelan en la ficción e inspiran escenarios de pesadilla, tal el que se percibe en “Persona desplazada”, el más kafkiano de estos cuentos. Allí, un individuo vaga sin memoria por las calles de una ciudad atestada de extranjeros de rostro angustiado, recién llegados con sus magras pertenencias y sus extraños dialectos.


“En una plaza poblada de árboles desnudos, junto a un estanque algo neblinoso, unos niños que llevaban brazales numerados –siempre vigilados por guardianas como las que había visto más temprano- se entregaban a algunos juegos, algo menos silenciosos”, observa el narrador y es imposible no evocar allí alguna postal oscura de un campo de refugiados o un guetto. “La esperanza de que en algún lugar doloroso del mundo actual se produjera una segunda venida otra vez redentora” fue, según Zani, el leit motiv de este cuento en el que, tal como sostiene Martínez Moreno, puede leerse en clave intertextual la leyenda de ese Judío Errante que sólo descansará con la nueva llegada del Redentor.


El último cuento del volumen, “Los altos pinos”, se anima con una fantasía científica: la posibilidad de guardar, en los ojos de los muertos, una imagen estampada allí por alguna reacción del cerebro. Tal imagen no sería “necesariamente” la última, explica el médico defensor de la teoría, sino algo que “por su fuerza obsesiva sea visto, en el último momento de su existencia, como si se le impusiera desde el exterior”. Una muerte no resuelta, un crimen perfecto y los celos profesionales entre dos científicos dan sustancia a esta historia de congresos en el Cantegril Country de “C…” y de pinares bajo la lluvia, cuya lectura en clave de relato policial ya lo sugiere la referencia de Alan Poe en el epígrafe.


Contra el mensaje


Quizás por esa misma curiosidad que la llevó a explorar en temas diversos, desde el cine a la pintura o la literatura, “Por vínculos sutiles” fue el único libro de narrativa publicado por Giselda. “Lo que pasa es que soy muy perezosa para escribir”, explica la escritora en el cuestionario de Marcha.


“El trabajo, a veces realizado en condiciones difíciles, por la subsistencia, o la enfermedad, puede haber retardado algún proceso: impedido, no”, reconoce. Pero perezosa o no, la escritora se llevó en 1957 el premio de la editorial Emecé, la misma que poco antes había publicado a Borges, Bioy Casares y Sábato.


Durante el acto de premiación, Giselda se extiende sobre uno de los puntos medulares de su pensamiento, ese combate acérrimo contra la preponderancia del “mensaje” en la obra. Lo suyo, en sus palabras, es “una voluntad de resistencia a varias codas que detesto en algunas obras literarias: el nativismo propuesto, el seudo-sociologismo, el complejo colectivo que hace que muchos escritores se crean obligados a escribir obras políticas, cuando, en realidad, lo que hay que hacer es literatura. Literatura, que puede ser política, que puede ser sociológica, que puede arraigar en lo nativo – y si no que lo diga Don Segundo Sombra - cuando su contenido se impone desde dentro, y no por fórmula aceptada “a priori”, por moda, o por simple enfermedad.”


De esa beligerancia también tomó nota Benedetti en su artículo de Marcha señalando que “otro de los rasgos combativos de “Por vínculos sutiles” es que testimonia y pormenoriza una muy respetable convicción de la autora: que siempre que se pueda escribir en una dimensión universal, no hay por qué atender al presente y a la realidad locales”.


Esa misma pugna por la independencia de la obra respecto a preocupaciones externas es trasladada a la reflexión sobre el cine, un oficio que Giselda ejerció muy prontamente en Cine Radio Actualidad bajo el pseudónimo de Marialde, compartiendo páginas junto a Arturo Despouey y a un todavía imberbe Homero Alsina Thevenet. Luego vendrían Marcha, La Mañana, El Diario, Film, y tantas otras publicaciones masivas o restringidas que dan la pauta de una intensa actividad periodística. Y no sólo en medios impresos, tal como testimonia una foto de 1933 junto a José Nasazzi durante una entrevista realizada por Zani para Radio Sport.


Esa fue “la primera vez que se realizaron notas en la zona de camarines y la primera oportunidad en que una mujer periodista participó en una transmisión de fútbol”, observa Joel Rosenberg en “Un grito de gol”.


En los tempranos 50’, entonces, la firma de Zani estampa artículos de la revista Film en notas retrospectivas sobre la obra de cineastas como Norman McLaren o sobre los festivales cinematográficos de Cannes y de Venencia, donde tuvo oportunidad de asistir como integrante del jurado internacional. Algunas fotos que testimonian esas andanzas la muestran junto a figuras como André Bazin y Nikolai Charkassov. A su vez, son numerosas las fotografías que Zani pareció haber tomado de colegas o amigos ilustres, desde Alain Resnais en la ciudad de Bacharach en 1951 a Esther de Cáceres durante un viaje a Bolivia, sumado a instantáneas que, bajo el sol del Este, registran a José Bergamín, Rafael Alberti o Roger Caillois.


Valiosa, por otro lado, resulta la correspondencia de Giselda con cineastas de prestigio, tal un par de notas extendidas por Vittorio de Sica que refieren a la exhibición de Umberto D en el festival de Punta del Este, algún escueto telegrama de Jean Renoir, o cartas más extensas que denotan ya un vínculo de amistad con el español García Berlanga. En una de sus cartas, este último delata la curiosidad de un guión escrito por Giselda titulado Tres historias de cine: “Hablé con Maeso de tu guión pero nuestra productora está un poco “congelada” por no disponer de los medios económicos que esperábamos conseguir cuando tú estuviste aquí. A causa de ello yo firmé contrato, para dirigir una película, con Ariel. Propuse Historias de cine pero en la productora no quieren saber nada de películas en Sketches. Por tanto rodaré El Milagro, guión en el que trabajo ahora con Colina.”


Ese no fue el único intento de Zani con la escritura cinematográfica, ya que entre sus papeles también se atesora una adaptación de Barrio, novela de 1937 de Adolfo Montiel Ballesteros titulada “La ciudad se extiende”. En sus cartas, Berlanga también se lamenta no poder comprar ese Figari ofrecido por la escritora, un gesto que denota los problemas económicos que rondaron la vida de la autora. Al parecer, en tiempos difíciles, Giselda “dilapidó” su patrimonio vendiendo inmuebles y demás objetos e instalando en el horizonte la posibilidad de ingresar al mundo laboral de las redacciones y los estudios radiales. Más tarde, ya disuelto su breve matrimonio, ingresaría como funcionaria de la Oficina Nacional de Turismo y del cuerpo diplomático uruguayo en el exterior. Al parecer, según recuerda Martínez Moreno, su gestión en Paraguay durante la dictadura de Stroessner sufrió un revés que le hizo abandonar su cargo, siendo difícil de allí en más ubicar su paradero hasta la noticia de su muerte en Mendoza.


Cuestión de temperamento


“Rebelde, indócil, categórica, conflictiva, su paso por las redacciones de los diarios dejó en mayor medida el recuerdo de sus equívocos con la gente, que el de su indudable talento”, recuerda Martínez Moreno, y atribuye a esa puesta en escena petulante y airada, el cerco de silencio que aun muchos años antes de su muerte se cernió sobre Giselda. Es sintomático en ese sentido, el testimonio de Miguel Carbajal en su artículo “La bravura de Giselda Zani”, donde recuerda el talante de la escritora en un programa de CX6 de los años sesenta: “No sólo no respetó el libreto sino que lo trituró. Contradijo mis opiniones, convirtió el diálogo en un monólogo para su exclusivo lucimiento, no se ajustó a los tiempos pactados (si no fuera el Sodre la hubieran sacado del aire a la fuerza”.


Pero lejos de esos desmanes, un vistazo a la correspondencia entre Giselda y su amiga Esther de Cáceres, a quien dedicó su ensayo” De la poesía de Esther de Cáceres” en 1945, revelan una calidez ajena a toda leyenda negra. Dirigidas a su “querida Giselda”, “Gise” o “Gisita”, estas líneas exhiben esas palabras sólo reservadas para los afectos genuinos. Por ejemplo, éstas: “Querida Giselda, no sabes cuánto te recuerdo siempre. Es singular lo siguiente: cuando estoy angustiada lo primero que se me ocurre es rezar y recordarte. Gracias por ser así y acompañarme tanto. Tengo mucha hambre de conversar contigo”. Bajo esa forma cariñosa, entonces, algunos pasajes de estas notas dan cuenta del catolicismo que unió a ambas escritoras, el mismo que les hizo interesar por el pensamiento de Jacques Maritain, y que también compartieron con Eduardo Dieste y su culto de “un catolicismo de acento intelectual, libre de beatería y de gazmoñería”, al decir de Real de Azúa [7].


Por lo demás, y al momento de la despedida, estas líneas saludan también, invariablemente, a Antonio Pradeiro, alguien importante en la vida de Giselda, hombre culto y estudioso de la obra de Bartolomé Hidalgo, cuya proximidad también es testimoniada en las fotos que los captura entre amigos.


Al momento de cerrar estos apuntes parece inevitable dejarse llevar por una sensación cabal de tarea no finalizada. Queda entonces lo dicho, lo explorado, y la convicción de que, haber tomado contacto con la obra de Giselda Zani es también echar luz, en una mínima porción, sobre un pasado cultural siempre en construcción. Un pasado que, afortunadamente, sigue desentrañando sus tesoros.




Ángeles Blanco, Junio de 2012



NOTAS:

[1] En Narrativa hispanoamericana 1816-1981. Historia y antología, de Ángel Flores. Siglo XXI Editores, 1985.

[2] Zum Felde, Alberto: Proceso intelectual del Uruguay, Montevideo, Ed. del Nuevo Mundo, 1967.

[3] Jitrik, Noé, Atípicos en la literatura latinoamericana, en: http://www.robertexto.com/archivo19/atipicos_experimen.htm

[5] Zani, Giselda en “Documentos”. Archivo literario, Biblioteca Nacional.

[6] Visca. A. Sergio. Antología del cuento uruguayo contemporáneo. Letras Nacionales, Universidad de la República, Montevideo, 1962.

[7] Real de Azúa, Carlos, Antología del ensayo uruguayo contemporáneo. Universidad de la República, Montevideo, 1964.






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